En la incesante controversia que sigue generando el “procés”, hay una batalla por el relato que fueron ganando quienes supieron entender y manejar la fuerza de la palabra, porque el lenguaje no es inofensivo.

En la otra banda, una incomparecencia prolongada apremiaría a concentrar la atención en lo que podríamos llamar el vademécum del juicio, que ya ha cumplido veintisiete sesiones. Como en cualquier breviario, hay que desgranar algunas de las nociones o informaciones, fundamentales para entender lo que está ocurriendo en el Convento de las Salesas Reales.

Empezando por el complejo universo del orden público, nos encontramos con un cerro de abreviaturas -una de las dolencias de nuestro tiempo- tales como: la Brimo (Antidisturbios); las ARRO (Áreas Regionales de Recursos Operativos); el CECOR (centro de coordinación); el complejo Egara (sede central de la policía autonómica); el plan Ágora (estrategia para que la consulta ilegal del 1-O pudiera salir adelante); la Clave 21 (consistente en evitar, el día de marras, usar la radio del cuerpo y transmitir las informaciones por teléfono móvil); prefectura (cúpula de la policía catalana); major (jefe de los ‘Mossos’); binomios (pareja de policías) y coordinador del dispositivo (nombrado por el gobierno español para coordinar a las tres policías en acción: Policía Nacional, policía autonómica y Guardia Civil).

En este derroche de expresiones, más o menos cabalísticas, el argot procesal se estira y, mientras que, por una parte, privilegia expresiones como: ese punto de efervescencia; un uso proporcional de la fuerza; una actuación lo más quirúrgica posible o el control de las masas, por otra se atraviesa el desamparo gubernativo; un error de cadena mecánica o los seguimientos, como fórmula de espionaje.

Más espaciadas, pero sin demora, aparecen enunciados como: el acelerador del procés (el 20 de septiembre de 2017); las células oscuras (puntos sombríos en la actuación policial); el gestor de eventos; situaciones de alta incandescencia; un escenario de multipantallas (el 20S hubo actuaciones en el CTTI, en las consejerías de Economía, Exteriores, Gobernación, en Sabadell, Terrassa, etc.); la resistencia activa (táctica de protesta relacionada con la desobediencia civil, que propugna el logro de un cambio político, sin necesidad de emplear la violencia); la resistencia organizada (dedicada a oponerse a un invasor); una altísima densidad de comunicaciones (equivale a decir: lo que me quiere informar no es lo bastante importante para que quede registrado en la sala); escenarios conflictivos; la primera barrera (gente que trataba de impedir la entrada, para ganar tiempo, esconder papeletas y urnas y retrasaba la salida de los agentes); aplicación de una técnica de estrangulamiento (en este caso, utilizada para defensa personal); la fuerza menos lesiva (utilización de la porra); la “trampa del fairy” (uso de lavavajillas para provocar caídas); la liberación de estrés; dar pinchazos o un puntazo vertical u horizontal.

Un temblor recorre el lenguaje cuando un agente raso suelta a quemarropa: no me gusta hacer ucronías (género literario que se caracteriza porque algún acontecimiento sucedió de forma diferente a como ocurrió en realidad, por ejemplo, los vencidos de determinada guerra serían los vencedores). O cuando oímos que el clima de polarización llevaba a una situación crítica; el contacto de unas piezas con otras fue lo que provocó las imágenes que todos tenemos en la retina y la actitud de los “mossos” envalentonó a los ciudadanos. O cuando un defensor se gana un rapapolvo del árbitro por preguntar sobre la etiología de los insultos.

El léxico va entrando en combustión y se acelera hasta mutarse en un lenguaje cada vez más crítico: el dispositivo fue quebrado por el coordinador; la magistrada pedía cosas sensiblemente diferentes que el fiscal; insultaban tanto en catalán como en castellano; un dispositivo inadecuado e ineficaz y la ocupación de los colegios como actividad de preparación del referéndum.

Y bordeando el “quid de la cuestión”, metidos ya en el acarreo de razones para probar la existencia, o no, de violencia, los relatos se van haciendo cada vez más explícitos, lo que aprieta el conflicto entre defensas y acusaciones, con un árbitro que tiene que actuar entre la insolencia, a veces dolosa, y el virtuosismo del enjuiciamiento criminal.

Así se van despachando los ditirambos en las Salesas: ‘mientras decían somos gente pacífica, solo queremos votar, nos llamaban: asesinos, hijos de puta, fuerzas represoras…”; uno de los agentes recibió un golpe con una urna, en la cabeza; la gente se tiraba al suelo por propia iniciativa y desde allí nos daban patadas y al unísono, som gent de pau; fascistas, cabrones, maricones…

Este vademécum no se puede cerrar sin unos gramos de sentimientos humanitarios: en el cuerpo de “Mossos” -excelentes profesionales- había muchos compañeros que hubieran deseado colaborar con nosotros; mucha gente tenía esperanzas depositadas en poder votar; ese no es el proceder de la Guardia Civil; un “mosso” se convirtió en manifestante, poniéndose con los brazos en cruz, diciendo ‘dejadlos votar’ y se había evaporado, en horas, el sentido de respeto a la autoridad.

El imperio de la palabra se manifiesta con una riqueza expresiva no exenta de rigor y, a veces, con una audacia medida para hacer saltar en una u otra dirección los resortes del juicio. Esta observación viene al pelo con respecto a la declaración de tres jefes de la policía autonómica que han ajustado cuentas con el huido de la justicia y han expuesto, con claridad, el temor a la violencia desatada que algunos partidarios de la secesión se han guardado en la recámara.

De las intencionadas declaraciones de los mandos de la policía autonómica ante el Supremo, refiriendo los avisos al gobierno catalán -si se mantenía la votación ilegal- del riesgo de violencia entre votantes y fuerzas de seguridad del Estado, cabe deducir que el objeto de la solemnidad del referéndum no habría sido que los catalanes votaran sino buscar, con empeño, un teatro de careo con el Estado que avalara la proclamación de la independencia a ojos vista de la comunidad internacional.

Y es que hay indicios de que al president errante no le hubiera pillado de sorpresa la irrupción de violencia. Por eso dijo, y en las paredes de las Salesas ha quedado estampado, que: “Si se daba una ‘situación límite’, el día del referéndum declararía la independencia”. Esas intenciones ocultas han venido a desnudar un falso pacifismo, impugnando una de las presuntas señas de identidad del secesionismo insurrecto.

Recordando a Ferlosio, “la furia durará hasta que la tarde se haga mansa”.

Articulo publicado el 7 y 8 de Abril de 2019 en La Nueva España, Información, Faro de Vigo y Diario de Mallorca