En la explanada frente a la cárcel de Lledoners, las familias independentistas se dieron cita para animar a los encausados que llevan un año en prisión preventiva, por intentar, en vano, la independencia.

Desde el estaribel montado al efecto, el president Torra (T) teatralizó, con rabia, la ruptura con el gobierno de España, mediante un anuncio al presidente Sánchez (S): “nosotros, el pueblo de Catalunya, le retiramos el apoyo y no votaremos los presupuestos”. Una vez más alguien habla en nombre de un pueblo sin que sepamos bien qué pueblo ni con qué permiso.

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Su ira reflejaba la melancolía de una relación que parece llegar a su fin pocos meses después de iniciarse. Quedaba atrás el paseo distendido por los jardines de Moncloa, en el arranque de un verano prometedor, cuando S le mostró la fuente en la que los fines de semana Antonio Machado se citaba, a escondidas, con Guiomar, su último amor. También mostraba contención ante las invariables provocaciones verbales de quien ostenta la representación ordinaria del Estado, que no del pueblo, en Cataluña.

Ahora, el hombre apasionado ha perdido su arrogancia al quedar al descubierto que no deja de ser más que un favorito sin poderes. La reacción furiosa se debe a que le sabe a poco la reducción de la petición de pena por parte de la Abogacía del Estado, que ha seguido, según parece, el soplo de sus superiores. Esto ha comportado un delicado desgaste para este Cuerpo de élite, que, desde el punto de vista de los intereses que está llamado a defender, tendría que haberse limitado a acusar por malversación, sin invadir el territorio de la Fiscalía. La calificación jurídica de sedición parecería responder más a cuestiones de oportunidad política que de precisión jurídica.

Los encausados se sienten agraviados porque no se han desmontado las acusaciones y se enojan al comprobar que la Fiscalía va por libre y sigue, erre que erre, con la cantinela de la Sala Segunda, la rebelión. Según ellos mismos dicen, lo que les lleva al limbo y echa por tierra el principal y, de momento, único apoyo del Ejecutivo para sacar adelante los Presupuestos pactados con los populistas, esas cuentas con buenas dosis de ‘wishful thinking’, que han alentado esperanzas.

Este desamor no estaba en el guión pues ya se habían encargado de repetir que “más vale lo malo conocido…” que la posibilidad de que una eventual mayoría, resultado de unas nuevas elecciones, pudiera aplicar el 155 durante unos cuantos años.

Queda aún partido, pero quizás estemos al borde de la desinflamación, iniciada por un gobierno que, legítimamente empeñado en distanciarse del ensimismamiento del anterior, ha apostado por un diálogo arrancado, sin anestesia, a quienes no querían más que hablar del cómo y cuándo de la república catalana. En esta ocasión, bajo el formato de referéndum de autodeterminación.

¿El precio? La deslocalización de los encausados, acercándolos a casa; la reprobación, tras dos intentos, al jefe del Estado; las baladronadas diarias; las exigencias inauditas…la caraba.

Mientras tanto T, que entra en cólera sin esfuerzo si bien hay en él sedimentos de autenticidad, va dejando débitos a sus espaldas, a pesar de que sus obsesiones le impiden aceptar que la suya es una historia condenada a plazo.

Por su desahogo, su carácter en ocasiones desabrido y su facilidad para fabular, S recordaría a algunos galanes de la picaresca española si no fuera por su permanente aspiración a ascender, característica del “tipo que se fabrica a sí mismo”, tan bien ejemplificado en el personaje de “El gran Gatsby”, de Scott Fitzgerald.

El caso es que las relaciones han pasado a ser insostenibles, pues al candor contenido del Gabinete se ha sumado la frustración nacionalista. El tiempo dejará a unos como falsarios y otros como víctimas, en función de quién se atreva con la historia, pero el aroma es el de estar asistiendo a las últimas horas de una relación impostada.

Ni rebaja drástica de las penas ni aprobación de los presupuestos. Match nul (empate). La apuesta de unos, autogobierno, y la de otros, autodeterminación -vía referéndum- han decaído entre el ramaje de una copiosa incertidumbre, que anega la realidad política, social y económica de todo el país.

La apuesta de unos, autogobierno, y la de otros, autodeterminación -vía referéndum- han decaído entre el ramaje de una copiosa incertidumbre

Resulta difícil conocer de manera más fidedigna los pensamientos más ocultos de los personajes, aquello que no se atreven a reconocer conscientemente. Sin embargo, la inmensa mayoría de los ciudadanos no están con esa agenda asumida por los políticos, pese a que siempre hay gente, por harta que esté, dispuesta a secundar llamamientos.

Sin mayoría para aprobar los Presupuestos, al jefe del Gobierno le quedarían dos opciones. Volver a prorrogarlos o disolver las Cámaras y convocar elecciones. En ambas hipótesis y teniendo en cuenta el infortunio que viene acompañando al Gabinete, se alejaría el señuelo de la indulgencia y con ello, las esperanzas que se habrían ido cociendo a fuego lento.

Este menú no puede ser eterno, máxime cuando aun no hay fecha para la vista oral, en la que es previsible afloren datos, hasta ahora ocultos tras la tablazón del secreto del sumario, que podrían servir para apuntalar evidencias y sorprender a unos y otros. Algo de eso deben de intuir o saber los fiscales que no cejan en su apoyo a la epopeya del juez instructor.

En la espera de una decisión espinosa y pendientes de lo que queda por pasar, permanezcan atentos, cansados lectores. Si algo no lo remedia, y recordando a Marsé, estas podrían ser las últimas tardes con T.

Artículo publicado en La Vanguardia.