Desconocía que llevara tiempo ingresado en una clínica de San Sebastián. Nunca hubiera imaginado tal concurso de circunstancias para el adiós de Pepe Oneto. Bonita ciudad, empero, para despedir una vida tan fascinante como la suya.

La última vez que le vi acababa de convertirse en un jovial abuelo y llevaba tiempo sin fumar. Fue en un almuerzo en El Pescador, con Pablo Sebastián, el editor del primer diario digital, República, donde Pepe escribía una crónica política diaria desde hacía años.

Después de la comida, bajamos Lista hasta Castellana, donde cogió un taxi. Como era costumbre entre nosotros, hablamos de lo mal que estaba todo y de lo peor que se iba a poner. Era lo que quedaba de una relación de amistad intensa, entre dos escépticos, hipocondríacos, afectos al sentido común y al cartesianismo inevitable.

En la tarde de Madrid, que prorroga el veranillo de San Martín mientras han ido llegando las condolencias dolientes de quienes supieron de nuestro afecto, he querido recordar las risas incontenibles en Roma Taylor, aquella sastrería de Taipéi (Taiwán), donde gracias al sacrificio nocturno de media docena de sastres, nos confeccionaban trajes exprés y camisas, ya se sabe, atrevidas en su caso, en 24 horas, prueba incluida.

Estaba siempre dispuesto al despliegue de un humor sagaz, ácido e inteligente. Siempre pendiente del detalle, a pesar de las lentillas, presumido él, y dispuesto a sacar punta a todo lo que su gran intuición iba descubriendo.

Aquel viaje a la “verdadera China”, de lo que nuestros anfitriones pretendían convencernos, fue un tiempo en que Pepe conjugaba con intensidad la combinación de su personalidad más admirada: sentido del humor, talento, ingenio, intuición, agudeza. Todo ello, arropado por una virtud cardinal: era una excelente persona, escondida detrás de ese ingenio surrealista, capaz de desconcertar a un jefe de gobierno.

Ese aspecto de moderno adelantado, con flequillo, camisa de f lores y pantalón con paramecios, le sirvió para acreditarse como un dandy del periodismo. Justamente lo que, recordaba Antxon Sarasqueta, había puesto de moda a comienzos de los años setenta del pasado siglo Tom Wolfe, con su obra ‘The New Journalism’, el nuevo periodismo, donde la calidad y la fuerza narrativa dominan la historia, cualquiera que esta sea.

“Era una excelente persona, escondida detrás de ese ingenio surrealista, capaz de desconcertar a un jefe de gobierno.”

Pepe Oneto, inmerso de hoz y coz en el proceso del cambio político español, con un género innovador reconocible y un sentido crítico irremediable, se convirtió en uno de los grandes narradores de la transición española.

Ese estilo inconfundible, plasmado en portadas, artículos y línea editorial de Cambio 16 y Tiempo, las dos revistas de las que fue director, resulta útil para entender lo que estaba pasando y lo que podían deparar los acontecimientos que se iban sucediendo en tiempos de efervescencia política.

Vivimos con mucha intensidad aquellos tiempos en que su biosfera giraba alrededor de la portada y el artículo semanal. Los viernes, antes del cierre, comentábamos los últimos f lecos de la actualidad. En el ajetreo de O’Donnell, le acompañaban Pedro Páramo, Manolo Soriano, Nativel Preciado, Marisa Perales, Queca Campillo y tantos otros periodistas de raza, protagonistas de una época que no volverá.

No renunció a los convites sociales, nunca desertó de sus raíces gaditanas, viajó –por la filosa- a lo largo y ancho del mundo, cuando sacaba tiempo para comprar sus atrevidas modelos, descubrió a tiempo la huella satelital de la radio y la televisión y pasó a ser un invitado obligado para una tertulia o una entrevista.

Junto a Pilar Urbano y Pedro Altares en el plató nº 2 de TVE, queriendo sacar el debate del tedio y queriendo poner en apuros al candidato socialista, le hizo, con ese sentido común que le acicalaba, la pregunta de la campaña: “Pero entonces, ¿qué es el cambio? A lo que Felipe González respondió: “¿El cambio? Algo muy sencillo: que España funcione”. Salió airoso: diez millones de votos.

Era un polemista al que le gustaba preceder a los hechos, su vitalidad, menguante pero siempre dispuesta, ponía a prueba un ingenio portentoso que inquietaba al interlocutor, aunque, a renglón seguido, tirando de empatía, lo tranquilizase. Tenía una visión de las cosas original y dispareja así que cuando venían mal dadas el silencio suponía para él el grado más elevado del disgusto.

En tiempos en que todavía fumaba sin cuartel, solía acompañar un menú sobrio, pongamos una tortilla francesa, con whiskies de malta, lo que activaba su curiosidad cáustica, pero sus interlocutores (siempre transversales) sabían que nunca iba a traicionar un secreto. Esto le convirtió en alguien fiable para el desahogo, ese recurso tan español.

El traje a rayas que me hicieron aquella docena de sastres chinos armados con alfileres fue objeto de sus bromas durante años, pues le hacía mucha gracia –según repetía– lo mal que me sentaba. Esa ironía sureña, marca de la casa, era como sacaba punta a aquello que llamaba su atención y lo convertía en filón para servirlo en la bandeja de un humor sagaz, ácido e inteligente como era el suyo.

En la síntesis de casi medio siglo, he recordado aquel Carnaval de finales de los 70, con chirigotas en la Tacita de Plata, comidas a vientre perdido en la Venta de Vargas y despesque (retirada de los peces que, de forma natural, acceden a los esteros donde han engordado con algas, pequeños crustáceos y otros peces pequeños).

En su circunscripción vital de las salinas de San Fernando, Pepe, junto a Paloma, su copiloto de la vida, oficiaba de anfitrión y entre ostiones, platijas y camarones, nos agrupó con Jesús Quintero (el Loco de la Colina), el Carpojo (Juan Antonio García Díez, diputado por Cádiz), Carlos Abella, escritor, Antonio Morillo, boticario de Vejer de la Frontera, y otros amigos con los que se sentía en su salsa.

Andaluz militante, nunca fue náufrago en la Corte, tenía amigos en los palacios y en los bajos fondos, conocía la geografía de la vida y mantenía el buen criterio para calar a los aduladores y a los fermentados, aunque tomase algunos riesgos con amistades peligrosas. Lo hacía para proteger, con mimo, sus fuentes de información. Nunca fue un insensato. Más bien, lo contrario, prudente y conservador con las cuestiones importantes de la vida

Fue nuestro Tom Wolfe, escritor y periodista, sin tropezar en el tentador protagonismo de la hoguera de las vanidades. Ya le estamos echando de menos.

Artículo publicado el 9 de octubre de 2019 en Diario de Cádiz.