Nos ha dejado Bartolomé Homar Solivellas, víctima de una enfermedad que no dio tregua para despedirnos.

Son Danús, la posesión situada en Alaró, al pie de los Puigs de la Serra de Tramuntana, hubiera sido el escenario ideal de una película de Bernardo Bertolucci. Albergaba un casal sin excesivas pretensiones, rebosante de pedigree y con el aire trascendental que tuvo tiempo atrás.

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Cuando por Todos los Santos, se despidió de su enclave alaroner, no pudo contener las lágrimas, pensando que podría ser la última vez en su hábitat natural. Había pasado los últimos seis meses entre naranjos esplendentes, pérgolas de bignonias Madame Galen, balancines acompasados por el  viento y perezosas bicicletas recostadas en bancos de piedra.

Natural de Alaró, cosecha del 31, huérfano de padre desde los 8 años, en su adolescencia le tocó gestionar el patrimonio familiar. El colegio Montesión de Palma, fue la forja de una rigurosa educación jesuítica, lo que no fue óbice para adoptar el código pagés, pana y camisa de cuadros, casual elegant, del que solo le vi claudicar cuando se ponía la corbata con ocasión de las bodas de sus hijos.

Rebelde y cortés, con andares tranquilos y talante conciliador que puso a prueba cuando logró el acuerdo histórico entre la Comunidad de Regantes y el Ayuntamiento de Alaró, que llevó la paz a la Font de Ses Artigues que, desde la época musulmana, suministra agua al pueblo.

Declinaba en latín el nombre de las plantas, sin pestañear, distinguía las variedades de árboles y arbustos y conocía los tratamientos con los que combatir plagas y enfermedades del jardín.

Conocedor del mundo vitivinícola, otra de sus pasiones, completó conocimientos estudiando Enología en Burdeos. De vuelta a casa, montó con su hermano Bernardino una empresa familiar, Vins d’Or, que se saldó con un azaroso final. Gourmet y enólogo, explicaba en las degustaciones de vinos, cómo catarlo y disfrutaba esparciendo sabias consejas: “este vino tiene retrogusto, los taninos confirman la correcta madurez de las uvas o este Chardonnay no es bueno…

El apurado desenlace alteró la vida de sus fundadores, que cambiaron el ancho de vía de sus recorridos y refugios vitales.

En Ses Cabanasses, el cazador era feliz, respirando aire puro, caminando por bardisses, tanques y pinares, en busca de perdices, tordos y becadas y enseñando a los suyos a ser prudentes y respetuosos con la naturaleza y cómo moverse por un vedado.

Mallorquín disfrutón de matanzas, con cerdos cebados en casa, el sosiego del alma le embelesaba explicando a la familia cuando “tocaban higos secos y cuando bellotas”. O con las caracoladas familiares, cuando llovía en septiembre y salían de noche, por la montaña, a recoger caracoles.

Con ocasión de las fiestas de San Roque, el munífico anfitrión sentaba a la mesa, a familia y amigos, para compartir el sopar a la fresca, mientras el inquieto paperí danzaba sobre las mesas festivas y las cocas de trampó y las ensaimadas de nata de Ca Na Joaineta se agolpaban en cabecera de pista.

El fallecimiento de su Carmen, la venerada madre de sus hijos, seguida de la de su hermano Bernardino, “el padrino”, volvió a modificar la hoja de ruta. No volvió nunca a Son Veri, la casita al borde del mar, que había construido el abuelo médico, el ultimo de Filipinas. Le traía recuerdos tristes, ya que allí pasó el último verano con su compañera inseparable, ya enferma.

Tiempo de clausura en Son Danús, rota por sus 6 hijos, los políticos y 14 nietos, mientras mecía el jardín y dejaba pasar las horas detrás del fuego, vigilando el caldero de los caracoles o detrás del horno de las porcellas.

Cada viernes, el patriarca congregaba a almorzar con un menú de plato único: arroz de pescado. Tras el rito matinal consistente en comprar el fondo que da el sabor al caldo, los llamados “trastos”, peces de roca, sepia y jerret.

Un compendio de bonhomía, complicidad, cercanía y empatía…eran virtudes primarias de Tolo Homar, que no dio protagonismo al dinero y al que le gustaba decir a su troupe: “Al menos, el viernes comeréis comida sana y no de laboratorio”.

Ha dejado un vacío difícil de llenar ¿quien enseñará a los nietos a cazar, adiestrar perros, reconocer las buenas naranjas de las mediocres, “rostir” ses porçellas, hacer el frito e infinidad de confituras del jardín?

En las noches de Son Danús, siempre quedará el canto del ruiseñor, el más bello emitido por un ave.

Artículo publicado el 8 de diciembre de 2018 en El Mundo de Baleares.