Greg Burke, jefe de la oficina de prensa de la Santa Sede, es el autor de una rectificación insólita, testimonio de disgusto de la Curia con las palabras de la vicepresidenta Carmen Calvo, tras su encuentro con el Secretario de Estado de la Santa Sede, Pietro Parolin.

Anterior corresponsal de Fox News en Italia y desde 2012 spin-doctor (relaciones públicas) del Papa. Miembro del Opus Dei, soltero y responsable intelectual del “efecto Francisco”, ha contribuido al rejuvenecimiento de la Santa Sede, incluida la inmersión en el mundo Twitter (“¿le gusta a Dios el baloncesto?”) donde el Papa Francisco tiene diez millones de seguidores a pesar de que, en palabras de Burke, “no va a estar paseándose con una Blackberry o un Ipad”.

Calvo había anticipado un acuerdo con la Secretaría de Estado y se ha encontrado con una nota de diez líneas y un desmentido como la copa de un pino en el que la oficina de prensa romana niega un concierto, como tal, entre ambas partes. Ningún ministerio de Asuntos Exteriores de un país con tradición diplomática, y aún menos la providente sutileza vaticana, irrumpe puntualizando la narrativa de una entrevista con un político de otro Estado.

Antes de ser el gran cocinero de los asuntos exteriores del Vaticano, el cardenal Parolin, que jugó un papel destacado en la normalización de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos, fue Nuncio apostólico en Venezuela.

No estoy seguro que desconozca nuestro Gobierno con quién se está jugando los cuartos. La mezcla de astucia y talento, desplegada por la Santa Sede a lo largo de sus dos mil años de historia, le han llevado a librar innumerables batallas. Quizás por eso resulta difícil entender por qué no han encargado a Borrell el cometido de gestionar con Parolin los detalles de la inhumación de Franco. Al menos se habrían evitado el cruce de incómodos desmentidos.

Ya advirtió el Nuncio en Madrid que el derecho canónico ampara a la familia a enterrar a Franco en la cripta de la catedral de la Almudena.

Pero el Gobierno no quiere que ese sea el destino de los restos del generalísimo, de ahí el encargo a la vicepresidenta de buscar en Roma una solución a la papeleta del enterramiento. Todo ello, previo cese, con un preaviso de setenta y dos horas, del embajador de España ante la Santa Sede, Ángel Bugallo. Una visita sin testigos ni acompañantes.

El gobierno entiende que los restos deben reposar en condiciones de dignidad, pero “en ningún lugar donde puedan ser objeto de homenaje”. Por tanto, le compete “garantizar en todo el territorio español que no se enaltece a Franco, en ningún sitio”.

Tampoco está dispuesto a facilitar una previsible e incesante romería de curiosos e incondicionales por el centro de Madrid para honrar los restos del dictador. De ahí que se estén buscando alternativas que pasan por una entente con la familia y la Iglesia Católica.

Las visitas al Vaticano siempre deparan sucedidos que sobreviven al paso del tiempo. La última vez que la vicepresidenta de un gobierno socialista, María Teresa Fernández de la Vega, hoy presidenta del Consejo de Estado, acudió al Vaticano –con el matrimonio homosexual y el aborto en la mochila, huesos duros de roer para el Camarlengo– se entrevistó con el cardenal salesiano, Tarcisio Bertone, entonces Secretario de Estado de la Santa Sede, siendo Papa Benedicto XVI.

Iban en un ascensor inusual y se detuvo. Se abrió la puerta y apareció un albañil con una escalera y el set de trabajo, pues estaba haciendo una chapuza. El albañil se dio un buen susto y pidió excusas cuando vio a los dos personajes. Pero Bertone le dijo: “Entre por favor, que esta señora es del Partido Socialista Obrero Español y estará encantada”.

Y en un elevador muy estrecho y poco transitado por purpurados, entró pertrechado con la escalera y los abalorios de pintura. Ella iba de negro vaticano, muy elegante, y Bertone le metió por el ala innoble.

Posteriormente, el rumboso Cardenal fue protagonista de un escándalo sonado como consecuencia de la reforma del ático de setecientos metros cuadrados al que se mudó, tras ser sustituido como secretario de Estado con la llegada del papa Francisco. La obra habría sido pagada, en buena parte, con fondos destinados a un hospital para niños, administrado por la Santa Sede, a través de la Fundación Bambino Gesù.

El chiribitil de Bertone se encuentra al lado de la residencia Santa Marta, donde vive el pontífice Francisco, que ocupa una habitación doble de 70 metros cuadrados.

De acuerdo con la Ley de Memoria Histórica, los símbolos públicos deben ser ocasión de encuentro y no de enfrentamiento, ofensa o agravio. El gobierno español no es “responsable” de la inhumación, pero su obligación es impedir que le sea rendido tributo.

La vía natural del desenlace podría ser el cementerio de la colonia Mingorrubio, perteneciente al barrio de El Pardo y construida para albergar a militares que formaban parte de la escolta de Franco

Allí descansan los restos de la mujer del finado, con lo que si esta es la solución final, siempre habrá quien diga que eso es como volver a la oficina.

Artículo publicado en El Español.