Prescriptor y refugio de reyes inquietos, mecenas ocasional de artistas en consagración, consejero áulico de coleccionistas sobrevenidos al calor de la burbuja, maestro en el manejo de los escamoteos que vienen dictados por la supervivencia y dotado de un genético olfato para los negocios, Pep Pinya es un mallorquín espabilado al que un galerista suizo le dijo un día: “Lo que no vendas te hará rico”.

Acostumbrado a negociar con proveedores, pronto advirtió que era más inteligente seducir que imponer su criterio artístico, así que prefirió ser respetuoso con otras maneras de comprender la vida, sin necesidad de estar de acuerdo con ellas, optando por ser un empresario independiente y libre, sin sujeciones políticas.

Rebelde, romántico, provocador y atrevido a partes iguales, ha resultado ser un maverick que se ha permitido la fascinación y el riesgo que implica ir en contra de lo establecido.

En aquel verano de 1969, cuando John Lennon y Yoko Ono se encamaron en un hotel canadiense, los Beatles publicaron Abbey Road y Paul Newman y Robert Redford protagonizaron Dos hombres y, Joan Miró, un señor pequeñito (al que nadie conocía en Palma, donde llevaba años establecido y jamás había expuesto), cruzó la puerta de la sala Pelaires, preguntó por el fundador, charlaron durante horas y le propuso que fuera “su galería y la de sus amigos”.

En ese momento cambió su vida y el discípulo de Erwin Hubert (acuarelista del archiduque Luis Salvador) se convirtió en galerista accidental, gracias a no tener miedo y ser consciente de que el desconocimiento es una de las principales causas del susto que provoca lo nuevo. Para el hijo del segundo violinista de la Orquesta Sinfónica de Baleares (“en la contienda la música había dejado de sonar”), el artista catalán se convertía en el padrino de una galería trocada en una especie de refugio de las libertades.

Iba para médico y la vocación se perdió en el camino. Sensible pérdida, porque a lo largo de la vida ha demostrado estar especialmente dotado para los primeros auxilios, sobre todo a pintores y escultores, escrupulosos con el principio de “la honradez del artista” (que consiste en que antes de hacer nada, se llama al galerista para establecer hasta el detalle más aparentemente insignificante).

Joan Miró, preguntó por el fundador, charlaron durante horas y le propuso que fuera “su galería y la de sus amigos”.

El caso es que no tardó en buscarse la vida. Y con la ayuda de la pipella (el ojo) de su madre, Marina Bonnín, los idiomas le supusieron el primer salvoconducto y hablar inglés le libró del servicio militar. La familia abrió una tienda de souvenirs para turistas y una marroquinería llamada Buen Gusto, pequeños negocios que le permitieron emprender una afición, a modo de galería de arte contemporáneo. Sin términos medios.

Él y su efímero socio que, tras asistir a una conferencia de Baltasar Porcel, mallorquín afincado en la Ciudad Condal y exponente de la gauche divine barcelonesa, optó por el divorcio, habían viajado hasta Barcelona para comprar obras que expondrían en la inauguración de la sala Pelaires, (primera colectiva que ya reunía nombres como Pablo Picasso, Antoni Tàpies, Antoni Clavé, Carlos Mensa o Miró) a la que invitó a catalanes que conocía relacionados con el mundo cultural. “Vinieron todos, claro. Y ahí empezó el gira-gira de la cultura entre Barcelona y Palma.”

Cincuenta años después, ha revelado a su biógrafa R. Agüeros Bazo ( El galerista accidental, Edit Sloper, 2019) que no sabía nada de cómo funcionaba el negocio. “Nadie compraba cuadros, nadie conocía a Calder. Nadie es nadie”. Pero Pinya se empeñó en apostar a un nivel que “lo único que significaba siempre era poner dinero, mucho dinero”. Una locura porque no sabia qué hacer con las obras que no se vendieran. Fue entonces cuando recibió aquel valioso consejo del colega helvético, que le quedó grabado y forma parte de su existencia.

Al lado de la primera sede en la calle Pelaires, en la que Antoni Tàpies expuso unas obras rodeadas de paja estaba el bar Formentor, que durante años se convirtió en la oficina del galerista y donde “se apostaba dinero para quemarla”. Allí llevaba Robert Graves a escritores que pasaban por Deià y era punto de encuentro (y mezcla explosiva) de avanzaditos, progresistas que trataban de burlar a la dictadura, al tiempo que buscaban una especie de protección ajena a la bruma en la que vivían y rancios burgueses, a los que el arte ponía nerviosos y decían que la galería era un “nido de rojos”.

Exponer obras tanto de Miró, como de Picasso o Tàpies cambió la historia cultural de la primera ciudad española en la que expuso Calder. “Cuando regresé a Palma (una ciudad tranquila y cerrada, culturalmente hablando), mi vida ya era otro mundo”.

Intuitivo, inconformista, apaciblemente crítico con los políticos, Pinya recuerda que “el concepto de galería no es vender cuadros, sino tener un equipo de artistas a los que promocionar”. Un escritor mallorquín, recientemente fallecido, estableció en su día: “Pelaires és més que una galeria”. Y quizás por ello, el despegue se demoró una década y gracias a que su fundador no perdió el compás, llegó.

Las primeras alegrías vinieron, en parte, de la mano de artistas locales, protagonistas durante un tiempo de la vida de Pelaires. Era un grupo, bien avenido para ser casi todos ellos gallos de corral, compuesto por Ramón Canet, Menéndez Rojas, María Carbonero, Pep Coll, Guillem Nadal, Pep Sirvent… que tenía un denominador común y era un talento formidable, lo que les convirtió en niños mimados de forasters que, al descubrir su obra, la adquirían con denuedo.

“Pelaires és més que una galeria”.

La evolución biológica dio paso a la internacionalización, coincidiendo con el traslado de Pelaires al convento de Las Trinitarias (que fue en el siglo XVII el Palacio de Can Verí), como atestigua la selección, agridulce, “no pueden estar todos”, para la exposición que refrenda los cincuenta años de galería, con obras de Joan Miró, Antoni Tàpies, Pier Paolo Calzolari, Günter Forg, Rebeca Horn, Jannis Kounellis, Richard Long, Fausto Melotti, Mario Merz, Giulio Paolini, Michelangelo Pistoletto y Thomas Shütte.

Es sabido que Dalí y Miró no se entendían. La cosa venía de lejos. Aunque don Joan admiraba su obra no podía soportar los números que montaba el creador de Los relojes blandos, lo que se tradujo en una especie de veto trasladado a Pep: “Jo només te deman un favor, hi ha un artista que no has de fer feina; aquest és un pallasso”.

En el momento de tender recuerdos al sol, Pep Pinya se sincera con Raquel Agüeros: “Miró me habló desde el principio de un triángulo cultural mediterráneo: Saint Paul de Vence, la fundación que hizo en Barcelona y la que pretendía hacer en Palma”. Ese era el recorrido cultural que quería establecer. Lo que se hacía en Barcelona se tenía que hacer en Mallorca. Y eso sí fue una cuestión política, no cultural. Madrid era la capital de la dictadura y nadie quería ir”.

Medio siglo después, el galerista accidental sigue diciendo que vender no significa éxito. “El éxito es existir”.

Artículo publicado el 8 de agosto de 2019 en La Vanguardia.