Editor noctámbulo, febril coleccionista de arte, mecenas munífico, gastrónomo “à la carte”, fiero amigo de sus amigos y combativo con sus enemigos, patriarcal, temperamental en sus claroscuros, amante de la vida y galante con las señoras, Pedro Serra, un hedonista de trufa blanca y Petrus, “tenía la cabeza como un león y cuando se sentaba a la mesa quería la mejor tajada”.

Cuando cumplió 90 años, con la salud ya renqueante, tras un meneo de baja intensidad, la familia organizó una comida en Es Canyis (refectorios antiguo de Mallorca) a la que fueron invitados solamente cinco amigos, fuera del núcleo íntimo de la tribu: su médico, un galerista, los directores de una clínica de Palma y un filántropo austríaco.

Este último, que sirvió el postre a Hitler en la visita que este hizo a Viena, pues el dictador solo quería que le atendiese gente del ejército, hizo fortuna vendiendo camiones frigoríficos a los rusos y terminó retirándose a una finca, en Puigpunyent, desde donde protegió a la orquesta sinfónica balear.

Nada que ver con la esplendente fiesta de los ochenta, cuando los jardines de Ses Tanques, su reducto y fortín solleric, atestado de esculturas, estaban iluminados con farolas chinas y el servicio ataviado de pagesses. Una celebración inédita para los estándares isleños.

Editor noctámbulo, febril coleccionista de arte, mecenas munífico, gastrónomo “à la carte”, fiero amigo de sus amigos y combativo con sus enemigos, patriarcal, temperamental en sus claroscuros, amante de la vida y galante con las señoras

Los que van de 1985 al 2000, fueron años en los que Pedro Serra manejaba como nadie las vanidades ajenas y aun no se había metido en la aventura equinoccial de la planta impresora de Última Hora.

Tiempos en los que tenía su despacho repleto de cuadros de Miró, estribados en el suelo y gravitando en los sillones, y andaba metido de hoz y coz en el gran proyecto de su vida: “La Gran Enciclopedia de Mallorca”, una obra de consulta ineludible, a base de 21 volúmenes que iba entregando cada semana, por fascículos, a los lectores del periódico.

Su tenacidad en este proyecto indicaba hasta qué punto se tomaba a pecho lo que consideraba trascendental. Este objetivo le absorbía de tal manera que corregía las galeradas en los aviones. Tenía un equipo de colaboradores, pero no se publicó una palabra que no hubiera revisado él pues le gustaba controlar cada frase, “como hacía con sus trabajos el Archiduque Luis Salvador”.

Viajes incesantes a Londres, Nueva York o París, con destino a subastas (en Sotheby’s y Christie’s) de obras de arte, rematados por vivencias en las que había aventajado para la gastronomía, otra de sus indiscutibles pasiones. Las pujas, que ocupaban mañana y tarde, apenas dejaban tiempo a mediodía para un piscolabis en la Caviar House de St James Street, donde degustar un trio de calidades, con una botella de champagne.

Imagen: Diario Última Hora

El desquite al liviano tentempié era la cena, en firmas de gran cilindrada: Le Gavroche (en Londres), La Tour d’Argent (en Paris) o el Four Seasons (en Nueva York).

Su temperamento no se expresaba, se sentía. Con una inercia de noctambulismo, se había acostumbrado a revisar la portada del diario, de modo que después de cenar iba al periódico a aprobar la edición y, de paso, a corregir lo que fuera menester.

No tenía complacencia con quienes le malquerían y era agremiado de sus amigos, con quien le gustaba disfrutar la vida. Entre ellos, artistas, como Joan Miró, Ramón Canet, Enrique Broglia, y tantos otros.

En el cruce de cartas, entre el editor y su paisano, el pintor Juli Ramis; con quien trabó una relación al principio alambicada, que desembocó en un trato de confianza; queda patente que la amistad era lo esencial entre ellos.

La gestión de Es Baluard, museo de arte moderno y contemporáneo, situado en el baluarte de Sant Pere, en Palma, se convirtió en un dolor de cabeza para quien había sido artífice e impulsor, gracias a lograr el complicado consenso municipal, autonómico y estatal. Del ardor inicial se pasó al enfrentamiento abierto entre un inconformista y la maraña pública que tutelaba el museo, lo que provocaba encontronazos y mal humor.

Prefería disfrutar, yendo en su ‘llaüt’ a pescar raones, cuando el diario, entonces vespertino, ya había salido.

Sin abdicar de una marcada prosapia mallorquina, Serra, con pericia tenaz, cuidó la urdimbre social y ensambló lazos grumosos con las instituciones del Estado.

Artículo publicado en La Vanguardia.