En su despedida del convento, ante un auditorio aún estupefacto por el vertiginoso devenir de los acontecimientos, Mariano Rajoy ha levantado una ovación de los suyos cuando ha dicho: “Se ha sentado un precedente grave en la historia de la democracia española; gobierna el país alguien rechazado sistemáticamente por los españoles cuando se les ha pedido su opinión a través de las urnas. Alguien que no ha ganado unas elecciones nunca”.

Y han vuelto a aplaudir, cuando dijo: “Los independentistas tienen derecho a existir y a gobernar si ganan las elecciones, pero no a incumplir la ley ni a pasar por encima de la voluntad de la gente”.

20180607 Oratorio y punto finalAl margen de estos comienzos, , hay tres cuestiones que han llamado mi atención en la ceremonia triste de la partida: la defensa de su forma de gobernar, “no nos movimos y acertamos”; la lábil cruzada contra la corrupción; la critica intempestiva al que considera su principal competidor, Ciudadanos, y la escenificación de la distancia sideral que le separa de su mentor.

Ha tratado de justificar su forma de gobernar, alegando que “lo más difícil y lo más útil, es no moverse cuando no toca, quedarse quieto y mantener con rigor la posición en la que crees”.

Y en esa línea de pensamiento, tal vez el error que ha originado su descabalgamiento haya sido aplicar esta metodología a la persecución de la corrupción. Ha recordado, con dudosa persuasión, las acciones profilácticas de carácter normativo y procedimental, adoptadas por su gobierno, para concluir diciendo: “…lo que desde luego no hemos hecho, y no me arrepiento de ello, es ponerme a las órdenes de los inquisidores, que los ha habido y muy activos” ¿En quien estaría pensando?

Desde luego, no ha entonado ese ‘mea culpa’ que la ocasión hubiera requerido del responsable último del partido protagonista de algunos hechos, que ahora se agolpan en fila en los juzgados. Tampoco ha expresado una sola crítica a las abundantes conductas descarriadas, de quienes han delinquido en zonas de proximidad, sea en latitudes gubernativas o en territorios en que el partido ocupaba el poder.

Y no hay que perder de vista que el jefe del gobierno dispone de abundante información procedente de múltiples afluentes (algunos de difícil rastreo), que le colocan en una posición de privilegio para poder reaccionar. Siempre que quiera, claro. Y no hay constancia de que haya existido reacción en casos que, al salir a la luz, parecen particularmente indecentes.

Su oratorio in artículo mortis ha levantado tibios aplausos, procedentes de los intrépidos, que han contrastado con los silencios de los contritos, quizás más pendientes de su incierto futuro que de cualquier intento de exculpación.

A la hora de explicar el “ceda el paso”, le ha traicionado el inconsciente cuando dijo: “es lo mejor para mí y para el partido popular”, para rectificar, con reflejos felinos: “es lo mejor para el partido popular y para mi. Y creo que también para España…”. Pero ya era tarde para remediar el descosido.

Se ha emocionado sin estrépito, ha echado mano a las gafas para disimular (qué suerte tienen los que aun disfrutan de lentes protectoras) y ha vuelto al papel para amartillar una idea obligada: “Tenemos que evitar que vuelvan a dejar España en caída libre; cuando nosotros gobernamos, a los españoles les va bien”.

El gesto más compasivo de los 12 folios que ha desgranado, ha sido la acción de gracias final: “Soy consciente de la enorme lealtad que he tenido por parte de todos vosotros hasta el último día; ha sido un privilegio”. Un acto singular de justicia, pues no ha tenido la más mínima oposición interna en los años en que ha sido jefe del gobierno y líder del partido. Tal vez si la hubiera tenido, este desenlace habría sido menos abrupto.

En su testamento, ya final, no ha podido ocultar la antipatía, mezclada de rencor, hacia sus socios actuales (y previsiblemente, futuros). Este puede haber sido el error final, que ha desembocado en la moción de censura que se lo ha llevado por delante y que le ha desalojado, muy probablemente para siempre, del santuario del poder.

Esperó al ecuador de la despedida para soltar un ataque frontal a su más temido competidor, Ciudadanos: “Hay otros que dicen que ante un reto semejante (la tentativa de independencia de Cataluña) lo hubieran hecho infinitamente mejor –como no puede ser de otra manera en ellos- Nunca lo sabremos, pero lo que sí que vemos es que, por no saber, no saben ni siquiera hacer oposición al independentismo. Me estoy refiriendo a Ciudadanos, cuya victoria electoral en Cataluña no sirvió para dar la batalla al independentismo allí, sino para generar toda la inestabilidad posible al PP aquí en Madrid”.

Con un crochet final: “Y tanto afán por hacer oposición al Gobierno que defendió la unidad de España nos ha llevado, al fin, a un nuevo gobierno que llega al poder aupado por los independentistas. Paradojas de la vida”.

Y sin solución de continuidad, un gancho al mentón de su preceptor, en un ataque innominado y grácil: “He intentado proteger el buen nombre del partido y su trayectoria; he asumido errores que no eran míos; y en muchas ocasiones me he callado para no alentar con mis palabras esta campaña de descalificación de la política…”

Estaba refiriéndose a quien le eligió: “Los españoles nunca nos retiraron su confianza. Conviene que no lo olvidemos”. Y para remachar sus intenciones y distanciar comportamientos, insistió: “Ahora voy a decir una cosa muy importante, desde el primer momento a la orden de quien elijáis. Y a la orden es a la orden”.

La distancia entre elector y elegido, no ha hecho más que ensancharse, hasta la ruptura total entre ambos. Y recién llegado a Madrid, procedente de Chicago, el prescriptor se ha ofrecido a ayudar en la reconstrucción del espacio del centro derecha, dividido ahora entre el PP y Ciudadanos. Pero este es otro capitulo.

De momento, Mariano Rajoy se despide del escenario y, a no tardar, los púgiles subirán al cuadrilátero a hacer guantes, dispuestos a recoger la herencia de un partido herido.

Artículo publicado el 7 de junio de 2018 en El Norte de Castilla.