La pugna entre políticos y periodistas es una pendencia con frecuencia muy enconada que, por ser interminable, se ha hecho legendaria. Se trata básicamente de la disputa por una parcela de poder, que ocurre en el ámbito de la libertad de expresión, sacrosanta para unos, los medios, e insoportable, en ocasiones, para otros, los gobiernos.

En las noches en que vence el rencor se incuban batallas, crueles y campales, ante los pasmados y estupefactos mortales, que contemplan el duelo, ya en la amanecida, cuando la confrontación sale de la penumbra y la hostilidad se ventila a cielo abierto.

La penúltima querella de esta permanente beligerancia arranca de varios episodios, que tienen que ver con el pasado (ay, el pasado!), de algunos ministros, que se han visto obligados a dimitir o que pudieran estar en vísperas de hacerlo.

Dos miembros del llamado “gobierno bonito”, se han visto obligados a dejar el Ejecutivo por denuncias aireadas en los medios, trasladadas a las sedes parlamentarias y resueltas, en última instancia, por el dedo boca abajo del jefe de los ministros.

En un caso, por descuidos tributarios; en otro, por recepción de mercedes indebidas. En ambos, por la quiebra de la ejemplaridad, tan placeada con estruendo antes de llegar al poder y ahora estampada contra el burladero del adversario.

Los medios y la oposición, al alimón, han cogido carrerilla y con cadencia regular, parece que pretenden cobrarse una pieza por semana. Y esto produce una gran contrariedad en el Gobierno, que no oculta su irritación.

Tras los primeros ceses, fue la titular de Defensa la autora de unas declaraciones a una cadena de radio, a propósito de la exportación de cuatrocientas bombas de precisión láser a Arabia Saudita. La ministra, como juez de profesión, quizás no prestó suficiente atención al principio jurídico que obliga a cumplir los contratos (“pacta sunt servanda”) y, como política en ejercicio, no tuvo en cuenta que, en este mundo globalizado, el empleo en la Bahía de Cádiz se sustenta, con apuros, gracias a la construcción de corbetas para países en guerra.

Cuando la magistrada se vio obligada a rectificar ya se había liado el reburujo, que animó a los sindicatos a pedir su dimisión para calmar el cabreo saudí. Las intermediaciones reales, desde una cercanía fraternal, salvaron el contrato, ya rozando el larguero. Para el desván del olvido queda el desdichado comentario de la portavoz: “las bombas son de alta precisión y no se van a equivocar matando a yemeníes”.

Poco después, uno de esos medios confidenciales publicó un audio con las conversaciones entre varios policías, un juez y una fiscal en un restaurante madrileño. El contenido de la conversación, las expresiones proferidas y el tono de francachela entre los asistentes, provocaron otra llamarada de notables proporciones en la Cuesta de las Perdices, tras la tercera rectificación del relato. En este caso, algunos medios, al tanto de la importancia de los protagonistas, se apresuraron en requerir la dimisión de la titular de Justicia, coprotagonista de la sesión de rufianeo.

Por si no fuera suficiente esta acumulación de noticias indeseadas, otro afanoso confidencial desvelaba la existencia de una sociedad patrimonial, usada como paraguas de los inmuebles del titular de Ciencia, Innovación y Universidades.

Éste, el primer astronauta español, se presentó a los medios, con unos reflejos excelentes y con aire de adolescente pillado in fraganti: “no se pongan ustedes así, que corrijo lo que sea necesario”. La presteza con que salió al espacio público sirvió para que algunos observadores mostraran clemencia, pero el ataque volvió a recrudecerse al aparecer nuevos datos sobre un supuesto ahorro de impuestos, obviado en la simpática rueda de prensa.

El presidente, de gira insustancial en América, no daba abasto para seguir subiendo a la red y devolver las bolas que irrumpían una tras otra. Contenido y templado en las inevitables comparecencias ante los medios que le acompañaban, el jefe del gobierno no perdió su rictus auto satisfecho y con él se plantó en Times Square, rodeado de un nutrido grupo de guardaespaldas. Dejando de lado las guasas en las redes sociales, el presidente aprovechó la ocasión para desviar la atención sobre las circunstancias de su propia tesis doctoral.

En medio de este asedio al Gobierno, la presidenta en funciones abrió la puerta a una posible regulación de los medios de comunicación, bajo el pretexto de la proliferación de noticias falsas. Lejos de recular, el Ejecutivo cuestionaba el trabajo de los medios e insistía en abordar una ordenación. Es de suponer que, en la noche del rencor, se trataba de echar un capote a los ministros y al propio presidente de viaje, que podría haber susurrado “hasta aquí hemos llegado”.

La protesta se apoya en que “hay ciertos usos y costumbres de otras épocas en los que no se debería entrar”. Pero a buena parte de los medios este ingenuo deseo les trae al pairo ya que la demanda de claridad es creciente y el ajuste de cuentas urgente. A esta demanda y presión, la portavoz responde que “hay una especie de investigación de la vida personal de los miembros del Gabinete y me encuentro cada semana con preguntas que son ya, de entrada, condenatorias. No podemos consentirlo”.

Pero nada de esto es nuevo. Los Gobiernos, sin excepción de latitud ni pensamiento, han tenido conflictos con los medios porque la disputa entre políticos y periódicos es intrínseca al juego democrático. Que se lo pregunten a los trescientos medios que se han puesto de acuerdo en su contienda con el presidente que, desde la Casa Blanca, les ataca e insulta como si fueran “el enemigo el pueblo”.

El New York Times, ha reconocido que los “reporteros y editores son humanos y cometen errores” pero “insistir en que las verdades que no te gustan son ‘noticias falsas’ es peligroso para la vitalidad de la democracia”. Y esta afirmación no hace sino subrayar el valor de la independencia periodística, más estable y duradera que los Gobiernos que, aunque resistan y contraataquen, tienen una permanencia limitada en el tiempo.

Las noches de rencor, en las que se aliñan las venganzas, son malas consejeras para hacer frente a la exuberancia y voluptuosidad de lo digital, sean o no exquisitos los medios en los que florece. Es preferible afrontar la desdicha con la cabeza fría. Pues, si bien deslindar la verdad de la mentira es siempre esencial, las normas legales vigentes ofrecen recursos suficientes para hacer frente a la injusticia.

Artículo publicado el 12 de octubre de 2018 en La Vanguardia.