La región de España que más contribuye al PIB nacional sigue insurgente, con un jefe de gobierno que, sin haber sido elegido, sostiene que el titular del cargo no es él, sino un huido de la justicia, y aparentemente dedica la mayor parte de su tiempo a denostar lo español, aunque, eso sí, con un fin último, que no oculta: proclamar la república catalana.

El berrenchín del resto, a pesar de que los partidarios de la independencia, según todos los indicios, no lleguen a sumar el 50 por ciento del censo, le tiene sin cuidado, porque su presencia en la vida política va de otra cosa, no de planes horneados con rigor.

Este país, flácido de valores y reflejos, siempre a la búsqueda de conllevancias, ha incorporado a la actualidad mediática, como novedad, en el cesto de la temporada recién estrenada, el ofrecimiento del presidente del Gobierno al de la Generalitat de un referéndum para el autogobierno. La respuesta no se ha hecho esperar: “Referéndum, sí; de autodeterminación”. Réplica que recuerda aquello de “independencia o independencia”.

Como decía un superior que tuve, “cada día tiene su afán”. Y lo penúltimo del tórrido verano de plumbagos purísimos y mosquitos envalentonados ha sido el anuncio por parte del president de desacato de la sentencia pendiente de dictar (“si no me gusta”) y la amenaza tauromáquica de abrir la puerta para soltar a los presos. Con esta desenvoltura, da muestras de desconocer lo que es y cómo funciona el Tribunal Supremo.

Es fácilmente comprensible el empeño del jefe del Gobierno de España en marcar distancias con su antecesor y mostrar al mundo su gollería de diálogo. No hablar con el contrario no se entiende en la cultura de las democracias occidentales. Además, si la conversación no da resultado, siempre le queda el recurso de decir: “Lo he intentado todo, pero con estos no hay manera; no me queda más remedio que hacer lo que no quería”.

Menos fácil es entender el empeño de los que contribuyen a dar pábulo a un futuro incierto, pues los que sólo quieren la ruptura cierran las puertas a todo lo que no sea la vía unilateral, ya judicializada. Quienes han roto con el resto de España y con sus propios conciudadanos (la otra mitad), no están dispuestos a retroceder a posiciones para ellos “autonomistas”, por lo que el conflicto resulta inexorable.

Y este es el peor escenario de todos, porque se trata de una senda extraviada. Entre el candor, que no forma parte de la vida política, y la persecución de un propósito legítimo, el de cambiar desde dentro las reglas del juego, hay un largo trecho de posiciones sin poner en peligro la paz social. La mejor manera de anticipar la avenencia es evitar una confrontación civil, reinstaurando el orden y la convivencia, que se han cuarteado por seguir sendas de movilización (la calle) o discriminación (“no eres de los nuestros”).

Hay, no obstante, quien se empeña en negar la evidencia de esta ruptura.

Para advertir los efectos de esta cultura en que la máquina de picar carne funciona día y noche, sólo hay que observar lo que esta deriva se ha llevado por delante, en tan sólo un año de funcionamiento. Presidentes (Mas, Puigdemont, Rajoy), vicepresidentes (Junqueras, Sáenz de Santamaría) y sus adyacentes han ido desapareciendo del escenario, víctimas de desvanecimiento con pérdida del ritmo sinusal.

Resulta ineludible no tener miedo a la realidad, desafiarla, poniendo las cartas encima de la mesa para concluir en un compromiso que desatolle el conflicto y desemboque en otros cuarenta años más de bienestar y progreso. Eso depende, sobre todo, de la voluntad de una mayoría rotunda de catalanes. Y también de la de una mayoría aún más concluyente de españoles. Y, por último, de los demás europeos, a quienes también afecta la posible secesión unilateral de Catalunya. Si un nutrido contingente de catalanes cierra la puerta a la aventura de la ruptura imposible y deja en minoría a quienes hacen política de casino, se habrá dado un paso cardinal hacia un escenario mejor.

Esclarecido cronista de este tiempo, Jesús Cacho, desde su tribuna de Vozpópuli, ha expresado con palabras orondas, algo que lleva tiempo tintineando en las conversaciones a media luz.

El escritor palentino, capitán de la marina mercante que fue, sigue llamando la atención sobre la ausencia de voces críticas procedentes de la sociedad civil organizada: “El gran empresariado patrio prefiere guardar un escrupuloso silencio, como si la cosa no fuera con él. Ver, oír, callar y exhibirse sumiso”. El espeso silencio.

Con su afeamiento a los que llama “obedientes monaguillos dispuestos a sostener la casulla del personaje”, denuncia que “muchos de ellos viven de la tarifa, del favor oficial; todos son negocios más o menos regulados; todos o casi están obligados a ese ejercicio de acatamiento que arrastra su buen nombre, si lo tuvieran, por el barro de la servidumbre voluntaria”.

Sin ingenuidad, porque es dificultoso hacer frente al radicalismo de imposición, no cabe dejar el futuro en manos exclusivas de fanáticos que embarcan –a ninguna parte– a ciudadanos bienintencionados.

El mutismo de la sociedad civil que asiste, atónita y sin rechistar, al secuestro del Parlamento catalán, hecho gravísimo que tendría que alarmar a los que no desean la ruptura, es incompatible con la magnitud de la embestida. Hay que entender que solucionar esta papeleta es tarea de los políticos. La sociedad no puede estar saliendo todos los días a manifestarse, pero el temblor del desacuerdo tiene que sentirse de forma nítida y generalizada.

Artículo publicado el 24 de septiembre de 2018 en La Vanguardia.