La primera noticia que tuve de Matías Cortés fue en los albores de la restauración democrática, cuando un grupo de notables (entre los que se encontraban Ramón Tamames, José Terceiro, Manuel Cobo del Rosal, Daniel de Linos, Rafael Martos, Luis González Seara, ­Raúl Morodo, Juan Claudio de Ramón, Miguel Martínez Cuadrado, entre otros, a quienes acompañaron en la presentación en Barcelona, Antonio de Senillosa, Victor Farreres y Juan José Folchi) pusieron en marcha la Fundación para el Progreso y la Democracia.

Cercana a UCD, aunque con ribetes de transversalidad, como atestiguaba la presencia de personalidades en la órbita del partido comunista y el partido socialista popular, supuso un clarinazo a las élites de la sociedad española que, según sus propulsores, se encontraba en un “proceso de deterioro político y socioeconómico que estaba afectando profundamente a la propia democracia como sistema de convivencia libre y pacífica”.

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Entre los impulsores de aquel “rearme cívico que pretendía actuar como factor innovador, crítico y regeneracionista, Jesús Polanco, Pío Cabanillas y Matías Cortés. Almas gemelas, con estaturas físicas e inteligencias parejas, que se entendían al primer toque y fueron el motor de un vehículo que contó con el apoyo de gente representativa de la naciente nomenclatura en la economía y la política.

Aunque le gustaba recordar sus orígenes granadinos, (como el bullicio de la plaza Bib-Rambla donde nació, nervio de una ­ciudad pequeña y privilegiada en la que vivió su infancia, “lo de ser granadino es una cosa que le ­ocurre a uno sin querer y sin ­ganárselo, ya se sabe”), fue en el baluarte madrileño donde perfeccionó el toreo de salón con miuras y ganchillo. Un auténtico genio en el arte de lidiar astifinos en la Corte…

Siendo uno de los hombres mejor informados de la ciudad, se asentaba casi cada día en su oficina de Jockey, siempre en una estratégica mesa, “donde ves pero no te ven”, situada a la derecha, según se entraba en el templo donde se aliñaban las grandes cuestiones del país.

Su magdalena de Proust era el menú Cortés: caviar al blinis y ñoquis de sémola. Y desde la distancia entre cliente y servidor, contó con la presencia cercana del discreto y eficaz Carmelo.

Tenía una sonrisa pícara y maliciosa, acompañada de una mueca cómplice hacia quienes consideraba homólogos en el trajín de la custodia de los secretos más codiciados.

Por sus manos pasaban asuntos versátiles en aquellos años convulsos. No era proclive a la sumisión: “Hay que devolver dos platos para que te hagan caso”. Su respingo era proverbial, como aquella vez en que una señora de la alta sociedad madrileña alabó al Caudillo y Matías Cortés le espetó: “Sí, tenía cosas buenas, pero es que era un poquito fusilón…”

En sus relaciones sociales, de amplio espectro como la penicilina, no le hacía ascos a la diversidad, lo que le permitía relacionarse con variadas especies, aunque entre ellos fuesen adversarios encarnizados. Eso no fue un problema para él, salvo cuando se trataba de compartir espacios. “No me pongas nunca cerca de ese hombre”, con un antiguo socio de despacho del que se divorció.

Abogado más de consejos que de litigios, siempre esquivó la tentación del gran despacho, optando por la boutique jurídica, más acomodada a la consultoría de negocios.

En su prontuario vital siempre prefirió un mal acuerdo antes que un buen pleito. No era hombre de tribunales, prefería el gambeteo del regate y el desmarque, antes que la confrontación abierta, con el inevitable riesgo de magulladuras que consideraba innecesarias.

 

No era hombre de tribunales, prefería el gambeteo del regate y el desmarque, antes que la confrontación abierta

 

Abogado de cabecera de Jesús Polanco, Emilio Botín (“tengo solamente un jefe, don Emilio”) e Isidoro Álvarez, Matías Cortés estaba en posesión de los arcanos más preciados, como pudieron ser -en su día- el imperio e infortunios de los Coca, la expropiación de Rumasa, el Caso Banesto, Sacyr… Muy observador, contaba las cosas muy de cerca, prodigando humor, inteligencia y energía, a partes iguales. Era hombre de probada dureza en la negociación y en la búsqueda –entre bambalinas– de atajos jurídicos para allanar trifulcas.

Muy hábil, como lo acredita que, siendo un actor de relieve en el sector de los medios, tardó cuarenta años en dar una entrevista a un periódico, en este caso el diario local de su ciudad natal, Ideal. Lo hizo con ocasión de la llegada a Granada del legado de García Lorca, de cuyo traslado fue un gran apoyo, fruto del “respeto y el amor” hacia el poeta, que le inculcaron en su familia.

Dotado de una sorna formidable, su poliédrica personalidad inspiraba santo temor entre los de la bancada de enfrente, si bien huyó de cualquier tipo de protagonismo político. No lo necesitaba porque tenía buenas relaciones con unos y otros y, llegado el caso, le podía estorbar en sus andanzas plenipotenciarias.

Lástima que el tridente no esté ya para desenmarañar el panorama político que nos ha deparado la investidura fallida. Porque perseverantes como eran, hubieran sido capaces de persuadir a actores y votantes de que el mejor remedio para el desbloqueo sería revitalizar el constitucionalismo, como ya hicieron en 1981 al poner en marcha aquella fundación que sirvió a los fines para los que había sido ideada.

Artículo publicado el 30 de julio de 2019 en La Vanguardia.