(Marejada: 1. Estado del mar cuando la superficie aparece perturbada con olas de gran tamaño y fuerza que pueden alcanzar los 4 m de altura 2. Nerviosismo y exaltación de los ánimos de un grupo de personas que se manifiesta con rumores y murmuraciones y que precede a un gran alboroto).

Cuando nada más llegar a Bruselas Donald Trump vio el nuevo edificio ultramoderno de la OTAN, le faltó tiempo para bufar: “No he preguntado por el precio de la nueva sede y me niego a hacerlo”. A renglón seguido, endureció el tono para exigir, a 23 de sus 28 aliados, el pago de deudas acumuladas y que apoquinen un 2% de su PIB (porcentaje asaz arbitrario, ¿por qué no 1,5 o 2,5?) para contribuir a los gastos de la Alianza. Claro que más importante que la cifra mágica (3% Maastricht, 4% ESA…) es el para qué, pero ese discernimiento sería harina de otro costal.

Más que regañar, Trump tendría que haber planteado los planes de cada país para llegar a ese 2%. Y celosamente ocultó la contribución americana. También resulta paradójico que Grecia gaste un 2%, comprando cantidades ingentes de material a Estados Unidos y Alemania, de ahí su gigantesca deuda. Pero lo más donoso es que el grueso de ese esfuerzo no se haya traducido en modernizar sus Fuerzas Armadas, sino que le sirve para defenderse de Turquía, un aliado suyo en OTAN.

España, que no puede presumir de “cultura de Defensa”, es tras Luxemburgo, el país que menos dinero destina a gastos militares en proporción al PIB, el 0,9%, y el segundo país que más militares envía a misiones internacionales. Conviene aclarar que la OTAN tiene un sistema de contabilidad acordado que establece claramente cómo se miden los gastos, lo que entra y lo que no. Decir que no pago lo que debo pero que hago otras cosas sirve para consumo propio, pero para nada más. Las misiones OTAN son voluntarias y no tienen que ver con la aportación al presupuesto.

Ignorando el protocolo y comiendo chocolates sin parar, Trump arengó sobre el gasto militar a los jefes europeos, menos de una semana después de haber aliviado a saudíes y otros aliados árabes, al decirles que nunca se le ocurriría darles una conferencia sobre democracia, derechos de la mujer y derechos humanos.

Este señor corpulento y ardoroso (que le pregunten al primer ministro montenegrino al que asestó un manotazo para colocarse -con pose tremebunda- en la primera fila para la foto de familia) no dice que, en la disputa con Rusia, tener a Europa como socio fiable supone una ventaja que no resulta barata, lo que justifica una buena tajada del gasto militar. La realidad es que EE.UU. han apostado por comprometer una suma asombrosa para mantener una formidable máquina de guerra y cabría preguntarse cuánto tiempo seguiría el dólar siendo una moneda de reserva, si los EE.UU. enervasen esta influencia cerrando sus bases en Europa y Asia.

Es el viejo debate de “cañones o mantequilla”, donde los trumpistas dramatizan al lloriquear con que ni siquiera disponen de la mantequilla, ya que tienen que tener que pagar los cañones. Y, encima, se quejan de que los critican por utilizarlos. Se convierte así en portavoz airado de quienes le han votado, “hartos” de tener que seguir contribuyendo a los gastos de la organización atlántica y los de Naciones Unidas, para que encima los reprendan.

No hay que olvidar que este portento ha llegado a la Casa Blanca a base de denunciar que sus socios europeos tienen un sistema universal de salud, mientras ellos no se lo pueden permitir. Tampoco aclaró la razón última (de naturaleza fiscal) por la que los EE.UU. no lo tienen, que simple y llanamente es la de haber elegido democráticamente no tenerlo. Decisión política que tiene que ver con el interés nacional, que no es otro que seguir siendo una superpotencia. En definitiva, el resultado de decisiones políticas a las que no cabe dar más vueltas. Como tampoco sirve el argumento: “no podemos gastar más en capítulos militares a causa de nuestro sistema universal de salud”.

El paso de Trump por Bruselas ha permitido saber más sobre los motivos de sus criticas a la Unión Europea, que tienen que ver con experiencias personales al tratar de hacer negocios en el espacio comunitario. Lamento que tardó dos años y medio en conseguir una licencia para operar un club en Irlanda, lo que ciertamente no ayudó. Claro que tampoco él se lució, ya que negó sus propias palabras. Después de haber apostado durante las presidenciales francesas por Le Pen, “la más fuerte”, en la capital de Europa le dijo a Macron “tú eres mi hombre”. Y esa conducta histriónica lleva a que el cortejo empiece a no tomarle en serio y hasta la misma Melania le golpee la mano, cada vez que intenta tocarla.

Y es que América, que ha perdido posiciones en el orden económico global, está dejando de ser la que era. Por no ser, no es ni un país aliado, solo un país con el que se tiene una relación cordial.

Al margen del lenguaje corporal y la deficiente urbanidad; que llevó a la autora de Harry Potter, JK Rowling, a tuitear su opinión: “hombre pequeño y diminuto”; la estancia no sirvió para despejar las dudas sobre el refrendo del artículo 5, que consagra el mutuo compromiso de defensa, “uno para todos, todos para uno”, principio fundacional de la Alianza Atlántica.

Los líderes europeos pensaron que la retórica de la campaña –OTAN, “obsoleta”- decaería con el triunfo. Pero no ha sido así, ya que todo se ha quedado en una vaga e insuficiente promesa: “nunca abandonaremos a los amigos que estuvieron con nosotros”.  Mientras “la cosa rusa” no acabe de despejarse, a los aliados les toca soportar el chorreo neutralizador: “los EE.UU. no defenderán a sus aliados si no contribuyen más a la Alianza”.

Los efectos derivados de esa pretensión es que el otro se pueda revolver, reduciéndote a la condición de socio “no fiable” y, con ello, vayan mermando las ancestrales dependencias. Esto parecen traslucir las palabras de Merkel cuando, con halo de misterio, advierte que los europeos deberemos en el futuro confiar en nuestras propias fuerzas. Y ello resulta positivo, al menos como llamada a la reflexión a que la UE organice su Seguridad y Defensa.

De vuelta a casa, tras el periplo europeo, Trump ha vuelto a echar un balde de agua hirviendo sobre las atribuladas relaciones trasatlánticas, al acusar a Berlín, a través de un tuit madrugador: “tenemos un déficit comercial masivo con Alemania, además pagan mucho menos de lo que deberían a la OTAN, esto está mal para los EEUU y cambiará”.

 

La distancia con Washington le vendrá bien a Merkel de cara a las próximas elecciones del otoño. Los votantes son, a lo largo y ancho del espectro político, reacios a Trump, que escamotea que BMW y Mercedes fabrican sus coches para el mercado americano en EE.UU., donde emplean a miles de trabajadores y desde donde exportan al resto de las Américas.

Este rifirrafe no encubre que Estados Unidos y Europa se necesitan más que nunca. Ambos lo saben, pero el magnate inmobiliario intentará aprovechar nuestra debilidad, tras el desconcierto que ha provocado el brexit, la afinidad que sienten por su política las conservadoras repúblicas bálticas y Polonia y la desconexión, con cierto aroma de revancha que se hace crónica entre Alemania (el líder visible) y los países del sur, castigados por sus recetas de control del gasto público y de austeridad.

Por su parte, Europa está en la obligación de mostrarse fuerte porque, tras el brexit, vendrán tiempos duros. Sin embargo, si Barnier negocia como si fuese inglés, la Unión Europea saldrá fortalecida. Merkel sabe que puede hurgar en una herida abierta en Estados Unidos, sosteniendo su discurso precisamente en la pértiga que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca. Y es que América, que ha perdido posiciones en el orden económico global, está dejando de ser la que era. Por no ser, no es ni un país aliado, solo un país con el que se tiene una relación cordial. Y la canciller no desconoce que Europa necesita un aliado que entienda, sostenga y ampare el proyecto europeo, y que comparta sus valores liberales (en lo político y en lo económico).

Europa es un instrumento estratégico necesario -pues contiene a Rusia y es un aliado comercial indispensable- viendo la extraña maraña de acuerdos comerciales que preparan Asia y Latinoamérica. Pero sola se vuelve irrelevante, se fosiliza, se convierte en un museo con castillos pretéritos y leyendas inspiradoras, restos de cartón piedra y ceniza.

La marejada transatlántica queda como estela de una visita en la que ha habido tensión, indiferencia y falta de respeto, al tiempo que han aflorado diferencias sustanciales entre los aliados.

Artículo publicado el 5 de junio de 2017 en La Vanguardia.