¿Deben los ciudadanos tener acceso a la información sobre la salud y las eventuales enfermedades de sus jefes de Estado y de Gobierno?

Si nos atenemos a lo que en su día escribió Claude Gubler, médico personal de François Mitterrand, en su libro “El gran secreto”, publicado nueve días después de la muerte del presidente (1996), la cuestión no admite lugar a dudas.

En el otoño de 1981, meses después de su elección como presidente de la República, al explorar las causas de un dolor que tenía en una pierna, se le detectó una metástasis ósea de origen prostático, iniciándose así lo que el médico de cabecera denominó “el reino de la mentira general”.

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Circularon rumores en torno a lo que podría aquejar al inquilino del Elíseo, hubo incluso habladurías sobre un cáncer, pero hasta 1992, fecha de la primera intervención quirúrgica por el cáncer de próstata que padecía, se guardó en secreto su enfermedad y no se informó a la opinión pública sobre la misma, ni sobre los detalles de la operación, que tuvo lugar en el hospital Cochin de Paris. Sufrió una segunda operación el 18 julio 1994 y pocos meses después de concluir su segundo mandato falleció a causa del cáncer.

Hay que tener en cuenta que Mitterrand, un pesimista funcional al que le había costado alzarse con la presidencia de la República y que supo estar presente y visible y, a la vez, preservar la distancia e invisibilidad que tanto gusta al poder, pese a que se había comprometido, por transparencia, a publicar un boletín sobre su salud cada seis meses. Pero no lo hizo. Lejos de la claridad prometida, exigió que se falsease el informe médico semanal y se ocultase el cáncer de próstata durante once años.

Este secretismo podría interpretarse como un deseo de privacidad por parte de quien, según Gubler, llegaba a su despacho entre las 9 y las 10 de la mañana y poco después se acostaba hasta la hora de comer y despachaba desde la cama.

Progresivamente fue perdiendo interés, hasta el punto de que algunos días no tenía ni una cita ni una llamada. Y mientras tanto, el pueblo francés estaba convencido de que todo estaba bajo control.

Un nefrólogo español, con kilometraje a la espalda, me mostró su comprensión a Mitterrand: “en realidad, un Presidente con una enfermedad grave es un pato séptico”.

“En realidad, un Presidente con una enfermedad grave es un pato séptico”.

Y el pueblo no andaba muy descaminado en su juicio, pues, según parece, fue el propio Mitterrand quien animó a los campesinos franceses quemar camiones españoles en la frontera. Como a su predecesor, Valery Giscard d’Estaing, nunca le apasionó la idea de que España entrara en la Unión Europea: “Sería añadir una miseria más a Europa. Un desastre”.

También fue decisión de su gobierno convertir Francia en santuario de ETA, negando cualquier extradición de los terroristas. El pacto era claro: no habría extradiciones mientras no se cometieran atentados en suelo francés. Y el compromiso se mantuvo.

Fue en esa época cuando se hizo la construcción del AVE Madrid-Sevilla. Convocado un concurso internacional para que empresas de tecnología ferroviaria de todo el mundo licitaran por el proyecto, las mejores ofertas fueron una alemana y otra francesa. Razones de estado llevaron a elegir la oferta francesa, pese a que, según los más conocedores de los intríngulis del concurso, la alemana era mejor y más barata.

Otro presidente francés, el general de Gaulle, viajó a Méjico en marzo de 1964 sin que nadie (salvo sus médicos, el profesor Pierre Aboulker, urólogo, y los doctores Roger Parlier et Jean Lassner, respectivamente generalista y anestesista), estuviera al corriente de que llevaba una sonda en la vejiga. Poco antes había sido hospitalizado, durante 15 días, en el hospital Cochin de Paris, donde fue intervenido de una ablación de la próstata.

Alguien quiso ver en su viaje a Montreal, en su grito de guerra, “¡Vive le Quebec libre!”, que tantos dolores de cabeza ocasionó en las relaciones entre Francia y Canadá, el estampido de un hombre dolorido.

Parece que hay una prevención generalizada a informar sobre las enfermedades de los dirigentes políticos, por temor a los efectos derivados de la alarma que producen. En el caso del general, pocos eran los que estaban al corriente de la intervención, con excepción del primer ministro, que estaba informado por mandato constitucional. Probablemente este secretismo buscaba no asustar a los franceses ni a la Bolsa.

Parece que hay una prevención generalizada a informar sobre las enfermedades de los dirigentes políticos, por temor a los efectos derivados de la alarma que producen. 

Se nos viene entonces a la memoria el recuerdo de numerosos hombres públicos, de carne y hueso, que, como el resto de los seres humanos, han sufrido enfermedades, a veces derivadas de los rigores de su función o agravadas por ellos.

Nos parece evidente que el Estado debe tener acceso a una información clara sobre las enfermedades de quienes rigen los destinos de los países y también opinamos que, pese a que la salud personal pertenece a la esfera privada, la ciudadanía tiene derecho a saber, al menos a grandes rasgos, qué pasa con sus presidentes en ejercicio.

Es muy cierto que se ocultan enfermedades para no mostrar debilidad o no dar pie a que la gente se pregunte si el dirigente dispone de la energía necesaria para llevar un país, pero este objetivo supone dudar de la fortaleza de las instituciones.

Parece, pues, conveniente plantearse si la salud del jefe es un tema personal o público. Y esto es aplicable también, de alguna forma y en alguna medida, al presidente de una empresa con responsabilidades sobre un buen número de trabajadores. Sabiendo que conservar el ánimo es, como decía Jiménez de Asúa, difícil “bajo el soplo violento de la opinión pública”.

Sin olvidar que en esta sociedad nuestra, tan acelerada y tan inclemente, entra en acción, en cuanto aparece una flaqueza, el principio de Física, según el cual “la naturaleza tiene horror al vacío”. Y al que da muestras de desvanecimiento, se le sustituye. Sin apelación posible.

Pero hay que evitar caer en ese mal general que describe Antonio Papell en Analytiks: “Hay mucha gente sumida en un descreimiento absoluto sobre la posibilidad de reorganizar la vida colectiva”.

Artículo publicado los días 8 y 9 de enero de 2019 en: Información de Alicante, La Nueva España, La Provincia-Diario de Las Palmas, La Opinión de Málaga, La Opinión de Tenerife, Levante y Diario de Mallorca.