Altezas Reales, Príncipe Guillaume y Princesa Stéphanie, Grandes Duques Herederos de Luxemburgo; Excelentísimas señoras y señores, queridos amigos.

En esta noche de Madrid, es para mí un honor y una satisfacción dirigirles unas breves palabras con ocasión de la concesión del XXIII Premio Marqués de Villalobar a Luxair, Líneas Aéreas Luxemburguesas, representada hoy aquí por su Presidente y Consejero Delegado, Adrien Ney.

Y también, porque creo que, una vez más, el Jurado ha acertado en la designación del premiado, que une su nombre a la relación ilustre de muy destacadas personalidades que han recibido esta distinción. En el caso del nuevo premiado, le han precedido en el tiempo dos figuras luxemburguesas muy relevantes, como Gaston Thorn y Jean Claude Juncker, presidentes ambos de la Comisión Europea.

Luis Sánchez-Merlo, durante su intervención en el XXIII Premio Marqués de Villalobar.

Aprovecho la ocasión para dedicar un recuerdo afectuoso a quienes no han podido estar hoy aquí con nosotros, como hubieran deseado: José Saavedra y de Ligne, actual Marqués de Villalobar; Domingo San Felipe que durante años fue presidente de la Cámara de Comercio de Bélgica y Luxemburgo y bajo cuyo mandato tuve el honor de recibir este galardón en 2009; y Jean Graff, embajador de Luxemburgo en España hasta el pasado verano, que nos ha dejado, -junto a su esposa Alexandra y sus dos benjaminas, Nicole y Marianne- un recuerdo indeleble y al que envío un saludo afectuoso ya en su nuevo destino en Berlín.

También mi cálida bienvenida, con los mejores deseos, a la nueva Embajadora del Gran Ducado de Luxemburgo en España, Michèle Pranchère /Tomassini y el agradecimiento a Nieves Villar, directora de la Cámara de Comercio de Bélgica y Luxemburgo y a Ana Diego, directora del Foro Económico Hispano Luxemburgués, por sus desvelos para que la XXIII edición del Premio Marqués de Villalobar mantenga el lustre y el prestigio que lleva acreditados en sus ediciones precedentes.

En esta ocasión, el Jurado ha honrado con el premio a Luxair, por su larga y fructífera trayectoria, entre otros aprecios. Quiero destacar particularmente su relación con España, en especial con las Islas Baleares que se han convertido, desde 1964, en uno de sus destinos más queridos. Dentro de poco, Luxair celebrará el 50 aniversario de su primer viaje a la Isla de la Calma, que tuvo lugar en pleno despegue turístico español.

Cuando acepté el amable ofrecimiento de hacer la laudatio de esta aerolínea estaba precisamente en mi refugio de Sencelles, al pie de la Serra de Tramuntana, leyendo el artículo dominical de Manolo Vicent en El País, Razón y fe. Y pensé que la reflexión perspicaz de un autor inclasificable como él, podía ser adecuada para compartir con todos ustedes.

Según el escritor levantino, frente a las leyes inexorables que rigen la materia en todo el universo, el espíritu humano solo está gobernado por dos fuerzas, implicadas desde el principio de la historia en un combate interminable: la fe y la razón. Y la asociación de ideas me llevó, con sigilo, a un lugar muy querido para mí, el Gran Ducado de Luxemburgo, y a su coqueta compañía aérea, en la que llevo volando de forma ininterrumpida, desde hace un cuarto de siglo.

En el caso de este pequeño país que ha conseguido mover montañas, la fe no necesita ser probada. No admite fisuras, es ubicua e inmutable. Se inocula de forma sencilla de padres a hijos y se propaga velozmente. Por eso, Luxemburgo es hoy una plaza financiera de primera división y una potencia mundial en telecomunicaciones, como cuartel general de SES, primera empresa mundial del sector, con 64 satélites en órbita. En este caso, la fe se ha visto acompañada de la emoción.

Desde que hace 55 años, un Fokker con pabellón luxemburgués hacía su primer vuelo con destino a París, la razón en Luxair ha estado sometida a constantes pruebas diarias. Daré como simple dato que el pasado año operó en torno a 29.000 vuelos.

Y como apuesta sólida que siempre ha sido, Luxair, que tiene 2.500 empleados y transporta cada año a 1.700.000 pasajeros, se ha convertido en una de las señas de identidad de un país que cuenta con una línea aérea con personalidad propia.

Adrian Ney es un luxemburgués discreto, al que le gusta el cine, leer y viajar y que tuvo una precoz atracción por el mundo financiero. Desde Dresdner Bank en Luxemburgo, Société Genérale en París y New York hasta Commerzbank, de vuelta a Luxemburgo. Desde hace doce años, gestiona -con mano de hierro y guante de seda- las Líneas Aéreas Luxemburguesas a las que, en este tiempo, ha fortalecido a base de mantener un nivel muy alto de competitividad, en un contexto cada vez más complejo, como consecuencia de la competencia que plantean las compañías aéreas de low cost.

Hoy, Ney lidera la aerolínea luxemburguesa, con una saneada cuenta de resultados, una flota modernizada, una compañía embarcada en dotar a sus aviones de in flight conectivity, para que los pasajeros estén siempre comunicados, vía satélite, sin abdicar de la excelencia de los servicios que presta a sus clientes. Lo ha conseguido sin despidos, a base de un programa de salidas voluntarias, como parte de un cambio cultural y organizativo que le ha permitido mantenerse como una compañía europea muy competitiva.

And last but not least, ha tenido la sagacidad de no sucumbir a la tentación de controlar los costes cuando se trataba de los dulces. Y sigue serenando el viaje de sus feligreses, a los que seduce -en el despegue y el aterrizaje- con unos caramelos deleitosos. Créanme, palabras mayores.

Razón y fe nunca se cruzan, pero están enraizadas en la vida y determinan nuestra convivencia. En el caso de un país y su compañía de bandera, la imbricación es total. La ampliación del aeropuerto de Luxemburgo, desde aquel Findel rural con un modesto hangar, y la renovación de la flota (de Fokker a Boeing) han sido argumentos decisivos para situar a Luxair en la posición que hoy ocupa.

Dice Vicent que si un extraterrestre, acostumbrado a las leyes que gobiernan el universo, visitara, en este momento, una democracia ejemplar como España, creería haber caído en un país poseído por pasiones pueblerinas, con seres incapaces de someter sus problemas políticos a la razón, estúpidos dispuestos a aniquilarse una vez más por un ideal imaginario de independencia de una patria hipotética. Todo ello sin saber que esa montaña, que la fe es capaz de mover, les puede caer encima.

Y ahora les tengo que dejar porque estoy seguro que están deseando oír al protagonista de esta noche, a quien transmito mi enhorabuena, con el ruego de que la haga llegar al Consejo de Administración de Luxair.

Muchas gracias, por vuestra atención, Altezas Reales, Príncipe Guillaume y Princesa Stéphanie; Excelentísimas señoras y señores, queridos amigos que habéis querido acompañarme.

Buenas noches.