Heráclito, filósofo griego famoso por su insistencia en el cambio, ya lo dijo a unos visitantes que no se atrevían a pasar porque se estaba calentando al fuego de su cocina: “Pasen, también en la cocina hay dioses”.

Y eso parece haberlo tenido en cuenta el gobierno vasco cuando diagnostica que la cocina es el principal foco de “riesgo” de aislamiento para la mujer y por ello
va a obligar a que, en las viviendas que se construyan en el País Vasco, las cocinas se agranden, para pasar de cinco a siete metros cuadrados, como mínimo.

El objetivo que se confiesa, más bien se persigue, es que deje de ser un reducto (en el que sólo estén las mujeres) para pasar a ser un espacio de todos, a la vista de toda la familia. Enmarcado en esa filosofía, el “espacio para cocinar tendrá preferentemente las dimensiones de cocina comedor”.

Se pretende así poner fin a las “cocinas laboratorio”, mínimas, donde sólo cabe una persona y la puerta del frigorífico puede entrar en conflicto con la apertura del horno. Con ello, se la quiere conectar a las llamadas estancias “vivenciales” (comedor y sala de estar). Lenguaje suculento, fuera de toda sospecha.

Dentro de esa “reformulación” de espacios y atendiendo a la evolución de los modelos de familia, el gobierno de Vitoria también plantea cambios en relación a los dormitorios. Con una superficie mínima de 10 metros cuadrados, la idea, es que las habitaciones no sólo sean pensadas para dormir, sino para otros usos.

Con la ampliación de la cocina se pretende acabar con el modelo, jerárquico y patriarcal, de vivienda burguesa

En este caso, lo que se pretende es eliminar la “jerarquización” actual, donde la habitación de los padres es más grande que la de los hijos, que, por otra parte, abandonarán más tarde el hogar paterno. Según los ideólogos de la vivienda, cuanto más iguales son los dormitorios, más versatilidad en sus usos hay, sin detallar el perímetro de estos.

La cama de matrimonio, donde se han sustanciado tantas hazañas en la historia de la humanidad, desaparece, dando paso a habitaciones que se convierten en espacios más versátiles, de manera que los hijos no tengan prisa en irse de casa. “Ahora los hijos permanecen en casa hasta más tarde. ¿Los vamos a tener hasta los 30 años en seis metros cuadrados”.

El plan de los arquitectos vascos tiene también su trama revolucionaria ya que, conociendo el poder que, en aquel contexto cultural, tiene la mujer de la casa, se pretende con estos cálculos que la cocina rompa la soledad de la colmena y la diosa no tenga que soportar los ronquidos del acompañante, lo que supone una auténtica declaración de independencia.

Con la ruptura del recinto privado, ese espacio queda a la disposición de toda la familia y deja de ser un sitio diferenciado, como lo era en las casas burguesas, donde estaba totalmente separado del resto. Con el nuevo rango que se le da, deja de ser una habitación reducida y separada del resto de la vivienda que solo se emplea para cocinar, pasa a ser la principal habitación de la casa y se convierte en un lugar que cumple otras funciones.

La intencionalidad, en definitiva política, no sólo busca romper el aislamiento, “metida en la cocina y el otro viendo la televisión sin hacerle ni caso”, sino también acabar con el modelo, jerárquico y patriarcal, de vivienda burguesa, que no tiene en cuenta las nuevas realidades familiares. Y ahí hay que buscar consideraciones que tienen que ver con la seducción de nuevos segmentos sociales.

El nacionalismo apuesta por hacer de la casa un lugar más apto para la conciliación y la convivencia armoniosa

Dado que se trata de un gobierno participado por nacionalistas y socialistas, no es tan evidente que se pueda tratar de otro exponente del doble juego entre el nacionalismo presuntamente moderado del lehendakari  y el nacionalismo soberanista de los apóstoles de la “Nación vasca”. A uno le puede quedar alguna duda sobre las intenciones de esta reforma vivencial por lo que cabría pensar también que pudiera tratarse de una “improvisación”, como asegura la oposición, en busca de completar el concierto económico con un “concierto político”, basado en una “concertación nacional en Euskadi y un pacto de garantía bilateral con el Estado” donde estas cuestiones pudieran tener encaje al contar con raíces propias.

Cuando el nivel de inserción laboral de las mujeres era menor, estas pasaban más horas en la cocina, mientras el hombre cocinaba en el txokoterritorio reservado a los amigos varones. De esta manera, el nacionalismo apuesta por hacer de la casa un lugar más apto para la conciliación y la convivencia, armoniosa, en pareja.

Inmediatamente, y como era de esperar, se ha suscitado la polémica en torno a lo que supone que la Administración establezca cómo se debe distribuir un recinto privado, lo que lleva a los más críticos a denunciar lo que les parece un escándalo, que “los poderes públicos quieran ordenar la vida doméstica… amén de cualquier otro aspecto de nuestra vida privada, al mejor estilo totalitario”.

Agrandar las cocinas mientras se suprimen los legendarios dormitorios de matrimonio, lleva a muchos a decir que “el gobierno quiere meterse hasta la cocina”.

Sin tener en cuenta que el tamaño es importante.

Artículo publicado el 25 de septiembre de 2019 en El Español.