La noticia de la incorporación de la esposa del presidente del Gobierno al Instituto de Empresa (IE), ha levantado una notable curiosidad crítica en la propia institución, en los medios editoriales y en los ambientes políticos.

Con cierto sigilo, pero sin ocultación, se ha dado a conocer la contratación y pronto se animó la discusión sobre las características del fichaje, sus posibles causas y efectos, la idoneidad de la persona elegida para ocuparse del Africa Center y otras cuestiones menores de índole política.

Las bambalinas de la capital

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A fecha de hoy, a las críticas de algunos artículos, publicados en medios de comunicación, no ha habido respuesta, ni reacción de ningún tipo, por parte de la institución contratante ni de la persona contratada.

Tan sólo tengo noticia de una carta abierta de un ex alumno y profesor asociado del IE, publicada en una red social, en la que plantea diversas cuestiones sobre este concierto con la consorte del jefe del Gobierno.

En su misiva, el profesor se cuestiona si la puesta en marcha del Africa Center por parte del IE ha sido causada por el nombramiento de la responsable, en lugar de seguir el camino contrario, más correcto, de crear el puesto y buscar después a la persona que ha de ocuparlo.

Y a partir de ahí, se pregunta qué méritos asisten a la nueva directora, elegida para un puesto al que no parece que se haya invitado a concurrir a otros candidatos.

El soliviantado autor de la epístola no oculta su indignación con el antiguo patrón que, de forma reiterada, ha proclamado valores como la libre competencia, la excelencia empresarial y la transparencia corporativa y que ahora contrata a una persona muy señalada, aparentemente sin procurar que exista competencia, sin precisar las exigencias propias de una oferta de trabajo y sin un proceso documentado de cara a la prensa.

La madre del cordero de tantas preguntas parece residir en la posible coincidencia de los intereses empresariales con la obtención de fondos derivados de los contribuyentes, ya que el IE recibe subvenciones públicas. Parece entender el crítico que sin la existencia de subvenciones, la empresa no tendría obligación alguna de dar explicaciones, salvo la que podría derivarse de su propia presunción de transparencia.

Y la carta remacha el disgusto que le ha producido este asunto, planteando dos cuestiones incómodas: ¿cree el IE que todos sus alumnos, docentes y posgraduados aplauden esta decisión? ¿Hay alguna razón para hacer público este nombramiento coincidiendo con el inicio del período vacacional?

No se da información precisa (otro foco de inquietud) sobre las características retributivas del puesto creado ad hoc, ni tampoco sobre las limitaciones temporales del mismo. Y ya se sabe que, en nuestro país, al sueldo y compensaciones adyacentes se presta especial atención, sobre todo si concurren circunstancias que invitan a pensar que nos encontramos en un supuesto típico de nuestra sociología, frente al calvinismo de otras latitudes.

Y finaliza, confiando en una réplica razonada, alejada del cierre de filas gremial, si bien la falta de respuesta, hasta ahora, es indicio de que podemos encontrarnos ante una decisión equivocada, poco razonada, mal explicada, y poco coherente con las virtudes de la buena gobernanza que la institución contratante viene proclamando, con denuedo e insistencia, desde sus momentos fundacionales.

Diego del Alcázar, fundador y alma mater del IE, es hombre tímido, que, siendo dueño indiscutido de un imperio inmobiliario devenido en cardinal institución académica, nunca ha figurado como presidente del club ni capitán del equipo, dejándolo tácticamente en manos de protagonistas menos cohibidos.

Ese retraimiento no le ha impedido cabalgar, con destreza y garbo, en el intrincado mundo de la erudición académica, al moverse con notable pericia en las bambalinas de la capital.

No le falta el acompañamiento de calidad en el estado mayor del IE, por lo que resultaría inverosímil que algunos aventajados estrategas no hayan sido consultados sobre la incorporación de Gómez y que tan sólo hubiese contado la opinión del presidente de la Fundación IE, al parecer factótum de la contratación, tal como podría colegirse de las escasas informaciones que han circulado sobre los entresijos de la operación.

Uno tiende a pensar que el silencio tiene que ver con la preparación de una declaración enfática de la institución, renunciando a cualquier subvención pública que pudiera ser interpretada como una incómoda contrapartida a la decisión.

Lo cierto es que ha llegado al cuartel general de María de Molina alguna carta de renuncia de un veterano profesor del IE, con un cuarto de siglo a la espalda de servicios prestados, el cual no está dispuesto a blanquear ambiciones ni bendecir decisiones incómodas hasta para la propia institución.

De este desafortunado episodio queda la sensación de un nuevo asedio, y por ello la opinión avanzada está ávida de transparencia y necesitada de aclaraciones.

Si se quiere despejar esta confusa ecuación con criterios exclusivamente éticos, hay que perseverar en la traza moral, pues las motivaciones y los detalles deben de quedar fuera de toda duda.

De momento, entre las bambalinas de la capital, sin novedad.

Artículo publicado el 22 de agosto de 2018 en El Independiente.