En una de las paredes de la Bolsa de Bruselas, en la que, gracias a una inmersión interactiva, el público puede descubrir la vida y la obra de Van Gogh, hay grabada una afirmación del pintor de Zundert: “La tristeza durará siempre”.

En su caso, la vida sólo duró 37 años, pero su imagen en la memoria se mantiene viva y su herencia se nos antoja eterna. Su disputa con Gauguin, que le costó una oreja, las 800 cartas a su hermano Theo, la epilepsia que marcó su vida hasta el final en la luminosa Auvers-sur-Oise, conforman un itinerario salpicado de estrellas y soles dorados, de desabridas nubes y de campos de girasoles bañados por el sol.

En la mañana fría y ventosa de la capital de Europa, echo un vistazo a la actualidad por la mirilla del móvil. Y aunque el panorama no cambia sustancialmente de aspecto ni de color, hay señales que provocan un conato de sonrisa.

Con gesto trascendente, el presidente del Tribunal Supremo aún in pectore se ha revuelto contra la designación que, al parecer, había aceptado y ha renunciado a presidir el Consejo General del Poder Judicial y el Supremo.

En un gesto que le honra y confirma la bondad de su elección para encarnar el sistema judicial, el magistrado ha puesto por delante su dignidad y la de los jueces, desbaratando incomprensibles y poco explicadas decisiones, mal recibidas por la opinión pública, los medios y los propios jueces, con la aciaga añadidura de haber sido negociadas por dos interlocutores que en su día fueron reprobados por el Congreso de los Diputados.

Las intenciones que podrían subyacer al nombramiento no eran banales, pues, en vísperas de la apertura del juicio oral que se ocupará de verificar y juzgar los hechos que sucedieron hace un año en el Parlamento catalán, el desplazamiento de la persona a quien correspondía dirigir el juicio supone, cuando menos, una equivocación, a lo que hay que sumar la vulneración del sistema, anticipando lo que debía ser el nombramiento de los veinte vocales, impregnando así todo el procedimiento de apreciaciones por completo ajenas a lo estrictamente jurídico.

El quid de la cuestión es que el portavoz parlamentario de uno de los partidos que participaron en el enjuague envió a sus conmilitones un mensaje en el que habla de “controlar la Sala Segunda desde detrás”. Y parece que es este mensaje lo que ha venido al pelo al magistrado para, volviendo al parecer sobre sus pasos, dejar atónitos a los de ambas orillas, no acostumbrados a estas revoleras.

Gran parte de los miembros de la carrera judicial reclaman elegir directamente, mediante voto secreto, a los doce vocales cuya elección les corresponde, como se hizo en 1980. Esta corrección tendría que garantizar la participación efectiva de los jueces no asociados, que en estos momentos son el 44,48% de la carrera judicial, y podría ser el primer paso para volver al camino que nunca debió abandonarse.

Gran parte de los miembros de la carrera judicial reclaman elegir directamente, mediante voto secreto, a los doce vocales

Recordando a esos jugadores que llegan tarde al balón, hacen falta y se llevan una tarjeta, el partido político al que pertenece el autor del mensaje de pocas luces rectifica y suspende el acuerdo para renovar el Consejo, al tiempo que exige la dimisión de la ministra del ramo. Mal y tarde.

Entre tanto, prosigue el proceso judicial con el trazado original, una vez culminada la instrucción por el juez, que ha sido hostigado no sólo en los medios y en la calle, sino también en su propia casa y que no ha dado muestras de sucumbir al acecho incesante de quienes cuestionan los hechos, las calificaciones, la legitimidad del tribunal y hasta las penas aún sin determinar.

La tristeza ambiental se ha extendido, persiste y está durando, porque los acontecimientos han dejado de ser reales para convertirse en un marasmo de complacencias inmediatas, excesos, bulos, extravagancias, provocaciones y renuncias…, que se sobreponen a la realidad con un espeso manto de melancolía, desazón, tedio y abandono.

La salvación individual está librando una constante batalla con la salvación colectiva y gestos como el del magistrado animan a perseverar en la convicción de que al final se impondrán el buen sentido y la ley.

Siento no dar la razón al atormentado genio holandés, sitiado por el desaliento y la desgracia, pero, en mi modesta opinión, la tristeza no durará siempre y habrá que tener en cuenta lo que advierten los psicólogos: la tristeza se convierte en depresión.

Para ello, se precisan actitudes valientes, limpias y no condescendientes. Como la de este juez, que ha sabido corregir a tiempo un grave error, con secuelas que habrían ido más allá de su propia peripecia personal.

Artículo publicado el 22 de noviembre de 2018 en La Vanguardia.