Quedan atrás aquellos días de exaltación y júbilo en las diadas multitudinarias, el ataque yihadista en la Rambla, la manifestación trampa tras el atentado, el primer referéndum consentido, el segundo ilegal pero cierto, la declaración de independencia sí pero no, las primeras réplicas judiciales.

Ahora dominan la escena otras realidades: los procesados en el Supremo, los diputados huidos, la detención y liberación condicional del expresident… secuencias y emociones nuevas en la incansable búsqueda de romper con esa España, cuyo marco constitucional y legal aceptaron un día.

20180419 Ruptura paz publicaLos que iniciaron el proceso de secesión llevan años afanados en la tarea, inmersos en una cadencia consistente en ganar la calle, sindicar mayorías secesionistas, desobedecer la ley española, manejar un relato que resulta eficaz para quienes no palpan la realidad o huyen de ella. Crecer en número de persuadidos y en la intensidad de sus sentimientos, lo que comporta que cada vez haya más convencidos sin retorno, más gentes involucradas en que el proceso alcance sus objetivos.

Enfrente, una suma igual o superior de catalanes asombrados, desmovilizados y cautos, que no quieren la secesión, aun cuando algunos de ellos (¿cuántos?) desearían poder decidir en una consulta. Y junto a ellos, el poder legislativo, salvo populistas y nacionalistas varios, el poder judicial y el Gobierno de la Nación. Una práctica unanimidad de voluntades, enfrentada a la idea tenaz de ruptura que, tan sólo para distraer a testigos foráneos, invoca el diálogo.

Y no desfallece, porque los secesionistas han ido ganando la batalla de la propaganda y siguen cautivando opiniones, aquí y allá, con un relato oblicuo; han conquistado posiciones en el terreno judicial, como ha quedado patente en las decisiones de los magistrados belgas y el tribunal regional alemán y puesto picas en Flandes, Escocia, Suiza y Alemania.

Esto no es otra cosa que el inicio de la internacionalización anhelada por los segregacionistas, pues los medios siguen y van a seguir informando y editorializando sobre el conflicto, aderezando las andanzas de los evadidos de la acción de la justicia española, con la misma pasión con la que zangolotearon en el final de la dictadura.

O sea que esto no acaba aquí. La idea que, con denuedo, va abriéndose camino en una parte de la opinión pública internacional es que España sigue chapoteando en los rescoldos del franquismo, que no hay una democracia de calidad y no existe división de poderes, que hay presos políticos, que la justicia está enfeudada al poder ejecutivo y que no ha habido rebelión.

Y de ahí, con la ayuda de torpezas sin límite, infieren que el Tribunal Supremo y el Constitucional carecen de autoridad moral para sentenciar a incriminados que delinquen por razones políticas. Así que… todos a la calle, olvídense de la reiteración delictiva y no sigan poniendo obstáculos a la épica republicana.

El parte de daños ofrece un balance desolador: cuatro mil quinientas empresas han cambiado de domicilio y la Agencia del Medicamento no vino a Barcelona, la corrupción ha dinamitado Convergència y esta ha enterrado, de paso, a Unió. CiU, que prestó servicios notables, y caros, a la gobernabilidad española, ha dejado de existir.

El Partit dels Socialistes de Catalunya ha perdido la posición central que mantuvo durante la transición, ­para devenir un grupo contraído que pierde apoyos en cada elección y no acaba de encontrar su propia alma. Y el Partido Popular, con sus paupérrimos resultados en las últimas elecciones, prácticamente ha desaparecido del mapa político catalán.

Esta debacle podría evocar al naufragio de la democracia cristiana y el socialismo, en la Italia del implacable juez Antonio di Pietro.

En contrapartida, Ciudadanos, un partido bisoño y sin experiencia de gobierno, rebañando votos a derecha e izquierda, se ha convertido en fuerza imperiosa de centro, aunque, de momento, de poco le sirve, porque no puede gobernar y subsisten suspicacias a su izquierda para poder intentarlo.

(EFE)
Esquerra, que conserva el tipo a pesar de tener a su líder encarce­lado, acumula crédito por su templanza en la desdicha y se consolida como fuerza hegemónica en la izquierda.

¿Se puede saber qué ha pasado para llegar hasta aquí? Es posible que ambas partes se equivocaran en el cálculo, erraran el diagnóstico y no aplicaran la terapia atinada.

Unos, sin atisbo de finezza, se alejaron de la línea de fuego de la que llevaban tres décadas ausentes y endosaron las soluciones a la judicatura, mientras otros no acertaron en la táctica al ofuscarse en una pésima gestión de la realidad, de la inclemente realidad.

Los teólogos de la independencia, por el contrario, han sido excelentes estrategas, con un plan ambicioso y meticulosamente ejecutado, encaminado aparentemente hacia objetivos determinados, la proclamación de la independencia y la república, ambos non natos, y a un fin más realista, el de ir ganando adeptos.

A pesar de que los objetivos aparentes fueron definidos con precisión por las organizaciones civiles, indiscutibles motores del proceso, que delegaron su ejecución en el poder gubernativo y en las masas de voluntarios dispuestos a ocupar la calle en cualquier momento, la precipitación de última hora les jugó una mala pasada.

Pero se ha acreditado, de forma suficiente, la existencia de una multitud activa, disciplinada y munificentemente financiada. La obediencia y disciplina con la que ocupan las calles, cuando son requeridos, resultan admirables. Así lo prueba el hecho de que introdujeran las urnas chinas para el referéndum, una a una, en un alarde de voluntad indomable.

En la otra orilla, a la impasibilidad ha venido a añadirse el error de cálculo, pues el desarrollo de sus actuaciones invita a pensar que creyeron que este tipo de cosas terminan solucionándose por sí solas y por tanto no hay que darles más importancia. Erupciones que van y vienen. Como si quisieran, de forma inverosímil, recordar a ­Neruda: “Podrán cortar todas las flores, pero no detendrán la primavera”.

Ya fue mala cosa no dar respuesta de ningún tipo a las 23 demandas que el ladino, y casi olvidado, presidente puso encima de la mesa hace tiempo, por disparatadas que fuesen algunas de ellas. Entonces todavía no se venteaba la independencia.

No hubo negativa razonada ni flexibilidad para intentar algún tipo de aproximación, y faltó del todo la explicación pública, baza imprescindible para salvar la cara del interlocutor y del requerido. Cansino proceder de quien, haciendo una mueca al tiempo que mueve el dedo índice derecho, a la hora del café, momento de detente, y a la demanda de la canciller, no accede a explicar la cuestión catalana. El silencio como pretendida ventaja. La negación de la política.

Una parvedad de la que son botón de muestra la afirmación enfática de que no habría referéndum, el acantonamiento en barcos inadecuados de quienes tenían encomendada la defensa del Estado de derecho, la carencia de reflejos para explicar su actuación, y tantas fallas que ponen de manifiesto una gestión afligida.

Resulta difícil saber quién va ganando esta batalla entreverada de apariencias y realidades. Lo que sí parece claro es que el discurrir seguirá siendo largo, tedioso y de resultado incierto.

Pero con un final descontado: los aliados occidentales mantendrán el apoyo a la legalidad española y el independentismo afectivo no quebrará la unidad territorial de España, aunque la ruptura de la convivencia social sea ya una realidad diaria en Catalunya.

Por mucho que el Gobierno siga insistiendo en invocar la Constitución y el Estado de derecho, remitiéndose a las decisiones de los tribunales y asistiendo impávido a los excesos secesionistas, empeñados en manipular la realidad y ocupar la calle, por las buenas o por las malas, Alemania tendrá que entregar al expresidente a los tribunales españoles para que sean éstos quienes determinen cuales son los delitos cometidos, aunque el tribunal regional alemán se obstine en negar la ruptura de la paz pública.

Artículo publicado el 19 de abril de 2018 en La Vanguardia.