Si usted se dispone a viajar en avión, ha cogido unos kilos de más, le han puesto una prótesis de titanio, sujeta sus pantalones con un cinturón trenzado o ha olvidado desprenderse del inofensivo botellín de agua, prepárese para las penalidades que le aguardan.

Para empezar, sobrevivir a la infantería de la seguridad (encargada por la autoridad aeroportuaria de revisar bolsos y maletas) que crece y crece, extendiendo su radio discrecional de acción, hasta llegar a decretar –a señoras con tacones– a que se descalcen, en suelos con una higiene deplorable.

Inmediatamente después, el acceso a la aeronave. El espabilado pasajero, al que no le gusta facturar, percatado de los riesgos que corre si le extravían el equipaje, sube al avión-vivienda con sus pertenencias, como lo hacía una familia española (mascota, niños, bultos) en aquel utilitario de los años 60.

Una de las consecuencias de meter el mayor número posible de pasajeros, es justamente el espacio disponible para acoplar bagajes, gestionado con frecuencia de manera infausta. En un avión de 180 pasajeros, el espacio no equivale a 180 maletas en compartimentos de equipaje de mano, sino a unas 85 aproximadamente, lo que obliga a las compañías a etiquetar y ubicar en bodega el resto. Cosa que no siempre se hace.

La siguiente es una ecuación sin resolver: los asientos son cada vez más pequeños y los pasajeros más grandes. En los últimos diez años, la distancia entre asientos, el pitch, ha menguado cuatro centímetros (de 47 a 43 cm). Entretanto, la obesidad de la población ha ido en aumento y somos más altos.

Hablar de esto tiene que ver con la seguridad, la salud, la conducta de la gente, la comodidad y los derechos de los pasajeros.

La dialéctica es fantástica. Mientras las compañías maximizan el beneficio por vuelo, de manera que el confort no forma parte de la ecuación ya que los asientos son cada vez más pequeños y los aviones van llenos a reventar, los pasajeros reclaman menos asientos, más amplios y con más espacio entre ellos. Pero no quieren pagar por ello.

Cuando el pasajero entra en internet para hacer una reserva, inevitablemente termina aterrizando en la realidad de las tarifas más bajas. De esta manera, le está transmitiendo a la compañía aérea que, por encima de cualquier otra consideración, lo que le importa es el precio. Y la aerolínea le está dando a su cliente lo que le reclama: la tarifa más barata. Eso sí, con efectos secundarios derivados.

¿Qué le importan al pasajero las luces de diseño y las tomas USB si en el avión carece de comodidades básicas? La mayoría quiere un transporte barato y seguro y un nivel de confort que no le haga sentirse como un pollo en un presbiterio.

La agencia federal americana –que regula la aviación y exige que, en caso de emergencia, todos los aviones deben ser evacuados en 90 segundos– acaba de anunciar que no regulará el tamaño de los asientos del avión, pese a las quejas de los pasajeros. Esos 90 segundos son cruciales para determinar el número máximo de asientos que las aerolíneas deben tener en cuenta para configurar sus cabinas de pasaje.

Esta certificación se hace evacuando por la mitad de las puertas del avión a nivel del suelo, y mediante rampas, a todas las personas capaces de salir en ese tiempo concreto. Claro que antes, estas pruebas se hacían con empleados de las aerolíneas, pero ¿qué pasa si se hacen con niños, ancianos, adultos, discapacitados…? Es decir, un vuelo real formado por personas reales.

Una organización defensora de los consumidores (Flyers Rights) ha pedido al regulador que establezca directrices para determinar las dimensiones de los asientos, por el potencial peligro que la estrechez de las filas supone para las evacuaciones. Las compañías que siguen estrechando el pitch insisten en que las quejas de los pasajeros tienen más que ver con la comodidad que con la seguridad (que para la administración y las aerolíneas es lo único importante).

¿Y cómo hacen las aerolíneas para maximizar los beneficios de sus accionistas, directivos y sindicatos? Ponen más asientos, no dan comida, tienen pocos empleados en el aeropuerto y pocos aviones en standby, en caso de que ocurra algo. Pero la conducta invariable del pasajero consiste en decirle a la aerolínea que, por encima de todo, lo que le importa es el precio.

Si la seguridad es realmente un problema, ¿cómo se entiende que metiendo más gente en los aviones estos son más seguros? Lo único que consiguen con esto es irritar a los pasajeros. Lo que no admite muchas dudas es que si hay una emergencia y la gente tiene que salir rápidamente del avión, estos asientos tan ajustados provocarán lo que podría ser un trágico retraso.

Para salir en hora y ahorrar más costes, en las escalas no se limpia, solo en ciertas franjas horarias. Hace tiempo las escalas eran de unos 50 minutos, desde que se bajaba el último pasajero hasta que entraba el primero. Por lo que en ese tiempo se cargaba combustible, catering, limpieza, etcétera. Ahora las escalas son de 15 minutos reales, en la mayoría de los casos. La consecuencia de ello es que el interior de los aviones, normalmente, está sucio, por restos de comida, rincones históricos sin limpiar, gérmenes et alii, un “palacio para las bacterias”.

Y los asientos reclinables. Por una simple cuestión de principio de física, si alguien reclina el asiento delantero, al del asiento trasero no le queda sitio para poner las piernas. Eliminar los asientos reclinables supondría resolver una parte importante del problema pues los pasajeros no están dispuestos a tener que comerse las rodillas.

Este es el estado de la cuestión. A partir de aquí, o las aerolíneas emprenden los cambios por ellas mismas o se verán forzadas a hacerlo por la acción de los consumidores activistas o la intervención de los gobiernos. Y las preguntas más frecuentes son: si pueden pesar las maletas y los bolsos, ¿por qué no pesar a los pasajeros? En muchos vuelos, el piloto no despega hasta que los demasiado obesos no se mueven a la parte trasera del avión. Y también: ¿por qué no volver al tamaño que tenían los asientos antes? o ¿por qué las aerolíneas no facilitan la compra de varios asientos por parte de una persona? En los vuelos internacionales, resultaría más barato comprar dos billetes con tarifa economy que volar en business.

En cuanto nos ocupamos de lo que de verdad importa a la gente, la cosa va bien. El día que nuestros empleados (los funcionarios) centren el tiro en lo que más preocupa a quienes les pagan –con los impuestos– sus sueldos, el vuelco en la calidad de vida de la gente será espectacular. No hay espacio, salvo en primera clase, la gestión del equipaje es una calamidad, sobre todo para personas mayores o familias con niños pequeños, los aseos son tan estrechos e incómodos que a los minusválidos les es imposible usar.

El bucle en el que han entrado las compañías aéreas, ahorro de costes y la ecuación asientos pequeños/pasajeros grandes, trae como consecuencia lógica que los aviones no pueden garantizar una rápida evacuación en caso de emergencia.

Los accidentes aéreos han servido para enmendar errores y aplicar nuevas fórmulas en la construcción, pilotaje y diseño de cabinas más seguras. Siempre la seguridad por encima de todo, sin esperar a que las desgracias sirvan para aprender lo que no tendría que haberse hecho nunca.

Volar es un modo de transporte imprescindible e indiscutible, pero ha dejado de ser divertido, cómodo o fácilmente accesible, hasta convertirse en una pesadilla.

Artículo publicado el 28 de julio de 2018 en La Vanguardia.