Con ocasión de la entrega de los premios Princesa de Asturias, el jefe del Estado, en una intervención con menos intención política que en años anteriores, ha centrado su intervención en una cerrada defensa de la Carta Magna, “fruto de la concordia y el deseo de reconciliación y paz”, que este año cumple 40 años.

La patria del conocimientoEn su discurso, el rey no ha hecho referencia a la reciente reprobación declarativa del parlamento catalán (¿de la magistratura?, ¿de la persona?, ¿de ambas cosas?), ni a las últimas declaraciones del presidente de la Generalitat en Ginebra, en las que ha tachado a Felipe VI de “hooligan con corona”.

Una nutrida representación de los poderes del Estado, Ejecutivo, Legislativo y Judicial, ha simbolizado la unidad y el estrecho respaldo de las instituciones al jefe del Estado.

La intervención del rey, en la que ha hecho caso omiso de las iniciativas unilaterales que buscan la quiebra de la Constitución, ha recibido una cálida acogida. Ha reivindicado la Carta Magna “como un gran ejemplo del que podemos sentirnos profundamente orgullosos; como una lección de convivencia que dignifica la política y engrandece nuestra Historia; como la mejor muestra de la generosidad, la madurez y la responsabilidad de todo un pueblo, que ganó la democracia y la libertad. Porque democracia y libertad es lo que representa y significa para España, para el pueblo español, nuestra Constitución”.

Las visitas del jefe de Estado a los distintos territorios del país, no están exentas de conflictos. En esta ocasión, su presencia en el Principado de Asturias ha coincidido con el anuncio de Alcoa, tercera productora de aluminio del mundo y receptora de abundantes fondos públicos, de cerrar su planta de Avilés: 317 despidos. Una deslocalización, según ha explicado la multinacional, consecuencia de los altos costes energéticos.

En el hotel Reconquista, trámite previo al Campoamor, bullía la conversación en torno a la nueva jurisprudencia del Supremo sobre quién debe pagar el impuesto que grava las hipotecas; la cuestión fue interrumpida al final de la mañana por la prudente irrupción de los magistrados de la Sala Tercera. También se hablaba de las andanzas de los presupuestos en Bruselas y de la exótica negociación en la cárcel de Lledoners.

Al mando del veterano ‘Guti’, los pasacalles de la Real Banda de Gaitas Ciudad de Oviedo han llevado en volandas a premiados, jurados, patronos, políticos, empresarios, periodistas, meritorios, escoltas y acompañantes sin graduación, al teatro Campoamor, pasando por la Plaza de la Escandalera.

Los galardonados de esta edición han reivindicado en sus discursos desde la filosofía al cine, pasando por el periodismo y la destrucción del mar.

El filósofo estadounidense Michael Sandel, premio de Ciencias Sociales, exponente de los intelectuales que empiezan a poner en solfa la actitud pasiva del poder, culpa a las élites, escasas de imaginación y sobradas de soberbia, del surgimiento de la intolerancia y los populismos: “Las élites tienen que hacer un ejercicio de crítica y, mucho más importante, de autocrítica”.

Con antecedentes sefardíes, Sandel ha aprovechado su brillante performance para invitar a los ciudadanos a hacerse preguntas difíciles, pues el permanente cuestionamiento es la mayor esperanza para arreglar un mundo en “tiempos de rabia, rencor y supervivencia”. El profesor de Harvard, “filosofar es no poder dormir”, denuncia los excesos de la economía de mercado: “cuesta trabajo vivir y sobrevivir” y alerta que la democracia está en riesgo por culpa de las desigualdades sociales.

La periodista mexicana Alma Guillermoprieto, inevitable para entender Latinoamérica, que narra los acontecimientos más crueles y el heroísmo de los que no tienen nada, galardonada con el premio de Comunicación y Humanidades, ha recordado a los cuarenta y cinco reporteros asesinados este año, ha defendido apasionadamente un periodismo poderoso, respetado por los gobiernos (“el mejor periodismo es el que indaga e investiga”) y animado a los jóvenes periodistas a no renunciar a su sueño: “Háganle, dénle nomás, porque contamos la historia del mundo todos los días. Porque dejamos constancia de lo que otros quieren tapar. Porque hacemos falta”.

Tras Coppola; (premio de las Artes en 2015, para quien “el cine sin riesgo es como no hacer el amor y querer hijos” y que contra su voluntad fue agasajado en Asturias con la banda sonora de “El Padrino”); el premio fue este año para Martin Scorsese, (75 años, casado cinco veces), que aprendió el oficio de director (“Taxi Driver”) en las salas de cine de su barrio de New York en las que, niño asmático, se refugiaba. En Oviedo, mantuvo un encuentro con cinéfilos, mayoritariamente catalanes, en una antigua fábrica de armas.

“Siento humildad y sobrecogimiento en estas circunstancias” confesó a un teatro entregado al mediático Scorsese, que nos descubrió Little Italy en su Nueva York vital. Su intervención ha sido un canto al cine como arte, frente a su actual devaluación, por la utilización sin criterio de la tecnología o el predomino de los intereses comerciales. “El cine se está devaluando por el clima venenoso que nos rodea”, ha denunciado, mostrando su preocupación por el futuro.

La oceanógrafa Silvia Earle, premio de la Concordia, ha cerrado los parlamentos de los galardonados. Su alegato “ocho millones de toneladas de plástico arrojamos cada año al océano”, ha estremecido a los espectadores: “El océano es demasiado resistente para lo que los humanos pudieran hacer. Los peces no tienen donde esconderse. La guerra contra el mar ha tomado la forma de vertidos contaminantes masivos o sobreexplotación pesquera. Hay que hacer las paces con la naturaleza. Sin azul no habrá verde. Pero la buena noticia es por primera vez en la historia podemos ponerle remedio porque podemos comprobar lo que se puede hacer para curar el daño”.

Tras los discursos de los premiados, Felipe VI ha rendido homenaje a las personas e instituciones que trabajan por construir un mundo más justo, más humano, más digno; con la paz y la concordia como referencia e inspiración; y dentro del respeto a la verdad, a principios sólidos y a convicciones profundas.

Emocionado al final de su discurso, el rey ha parafraseado a Stefan Zweig: “Compartimos una misma patria: la patria del conocimiento, de la cultura, de la ciencia y de la solidaridad. Una patria de fronteras trazadas por la sabiduría, la entrega a unos ideales, el esfuerzo y la inteligencia”.

Artículo publicado el 21 de octubre de 2018 en La Vanguardia.