Tenemos cuestiones esenciales sin resolver y una de ellas es la falta de idoneidad en un elevado número de gestores públicos para el desempeño de sus funciones. A lo que cabe añadir la creciente politización y falta de trasparencia, cuando no trato desconsiderado a los ciudadanos, en muchas ocasiones.

Nada como echar mano de lo que acaba de suceder en una región golpeada por la gota fría para ilustrar lo que puede pasar cuando la gestión no está en las mejores manos.

En el fragor de la gota fría, cuando los servicios de incidencias se encontraban en estado de máxima alerta, el responsable de emergencias de la región de Murcia, “en cumplimiento de un compromiso familiar”, se fue al teatro Romea de la capital a ver la escenificación de La telaraña , de Agatha Christie.

Durante las dos horas que –aproximadamente– duró el espectáculo, la DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos) entró en su fase crítica y un buen número de poblaciones comenzaron a verse gravemente amenazadas por el aumento del nivel del agua.

Según sus palabras, tras estar todo el día “embarrado y al pie del cañón”, dejó sus ocupaciones “para descansar un rato” y quitó importancia a la ausencia. “Aunque me quedé durmiendo, del cansancio que tenía, estuve pendiente del teléfono y localizable siempre”, aseguró.

Un medio local, en su versión digital, delató que se había ausentado y fue entonces cuando su jefa, garante de Transparencia en la región (y que no se había enterado del paradero del responsable de emergencias), le ofreció la posibilidad de salvar la cara, presentando su dimisión. Pero el hombre se negó porque “tenía la conciencia tranquila y la convicción de que no había hecho nada malo”. En vista de lo cual le cesó.

Su caso se había visto agravado, habida cuenta que a los ciudadanos les llegaba el agua por la cintura y bomberos, guardias civiles, policías locales y voluntarios trataban, con denuedo, de paliar la catástrofe.

Es probable que le asaltase un “miedo escénico”, al no encontrarse preparado para dar respuesta, ya que llegó al centro de coordinación y, como vio que nadie lo necesitaba porque los verdaderos profesionales ya hacían su trabajo, se achicó en el patio de butacas esperando que el problema se solucionase por sí solo.

Hay quien, haciendo gala de una ironía mordaz, considera que estaba mejor en el teatro que demostrando su incompetencia en el trabajo, porque “allí daño no hace”, y no falta quien considera que este hombre actuó rápido y bien porque, en caso de emergencia, hay que apartar a los inútiles de los puestos de mando para evitar males mayores.

Los más enojados tiran de hemeroteca y recuerdan que, en plena crisis del Prestige , con el chapapote anegando las costas gallegas, dos capitostes del Gobierno se fueron, uno a cazar y otro a esquiar a Sierra Nevada. O, cuando expiraban las chicas del concierto en el Madrid Arena, la corregidora de la capital viajó a Portugal a relajarse en un spa.

Un desastre natural de este calibre requiere una actuación cronológica inmediata. En este caso, hay que tener en cuenta que al frente de la gestión de la catástrofe se encontraba un abogado, con pretensiones (si bien insatisfechas, pues había encabezado –sin éxito– la lista de su partido al Senado por la región) pero sin credenciales para desempeñar tareas que conjugan seguridad, urgencias sanitarias, incendios…

Cuando se ocupa un cargo sin estar avalado por propios méritos y capacidad, se asemeja –como gran parte de los oficios políticos que abundan en nuestro país– a un ­modus vivendi. Esto sucede cuando se recurre a personas que no están preparadas para desempeñar según qué oficios, lo que lleva a exigir para el ejercicio de responsabilidades superiores capacidad, profesionalidad y conocimiento de la materia propia de la que se hace uno cargo.

“En un ayuntamiento pequeño no tiene sentido la existencia de un alcalde, pues lo que importa es la gestión del día a día y eso lo puede llevar un profesional.”

Durante los momentos más críticos de la gota fría, en plena crecida de un río con riesgo de desbordamiento, anteponen intereses personales, cuando no caprichos, y se ausentan del epicentro de la crisis. No aprenden de lo que hizo Schröder cuando, en unas inundaciones en Alemania, actuó con decisión, se puso de barro hasta las rodillas y dio la vuelta a las encuestas, ganando unas elecciones que tenía perdidas.

Carencia de gestores idóneos y preeminencia de una cultura festiva (diversión, animación, buen tiempo, vida en la calle) sobre otras consideraciones, por nucleares que sean, y que se va adueñando de los hábitos ciudadanos.

Capítulo aparte merece la alcaldesa cartaginesa que, en plena crisis por la gota fría, se fue de fiesta. Alegó que “sólo fue a las copas” y que se tenía merecido un descanso.

El profesor Jesús Fernández Villaverde, profesor en la Universidad de Pensilvania, tras estudiar las diferencias entre el alcalde de su ciudad, Lower Merion (Nueva Jersey) y el de Majadahonda, apuntó un remedio que, si bien parcial, induce a reflexión: “En un ayuntamiento pequeño no tiene sentido la existencia de un alcalde, pues lo que importa es la gestión del día a día y eso lo puede llevar un profesional. Tenemos un city manager , que es algo así como el administrador de la comunidad de vecinos. Eso no quiere decir, en absoluto, que no haya control democrático: tenemos unos concejales elegidos en elecciones abiertas que le fiscalizan. Pero una vez que se ha decidido por los votantes que se va a asfaltar tal calle, el gerente es quien lo ejecuta. Cada ayuntamiento decide su forma de gobierno, sus impuestos y en qué se los gasta. Otras ciudades en el vecindario tienen alcaldes tradicionales. Pero cada una decide lo que hay que hacer”.

Mientras este déficit de idoneidad, tan evidente, no se resuelva, habrá que conformarse con cohabitar, en cada crisis, con administraciones ineficientes y gestores sin la preparación adecuada para hacer frente a problemas cada vez más complejos.

Todavía le queda a uno la duda de si se quedó dormido o estaba pendiente del teléfono que tenía en el bolsillo, “por si tenía que salir corriendo”. Llevaba cuatro días en el cargo.

Artículo publicado el 24 de septiembre de 2019 en La Vanguardia.