Improvisar consiste en hacer algo de pronto, sin haberse preparado previamente o sin que el entorno lo espere.

Los gobiernos, desbordados por los viejos problemas de siempre y cada vez más por los nuevos, recurren a improvisar como recurso con el que afrontar situaciones imprevistas, crisis sobrevenidas, catástrofes insólitas o simplemente aquello que no tiene un protocolo de actuación preestablecido. La improvisación se ha convertido en el último hallazgo y sucedáneo de la acción gubernativa.

Este verano, los noticiarios han relatado con detalle el diario de un barco con pabellón español, dedicado a rescatar en alta mar a migrantes que huyen del hambre y la guerra, buscando en Europa una vida mejor, por lo que pagan al floreciente sector de traficantes y aparentados cantidades considerables -para ellos- de dinero.

Este es uno de los escenarios que trae de cabeza a los gobiernos de Italia y España -en funciones- que, mientras andan ocupados en desenredar la cuestión de «puertos cerrados» y “puertos seguros” para acoger a migrantes desesperados, hacen y deshacen maletas, sin saber en cada caso si habrá nuevas elecciones y a la espera de que haya un consenso europeo, que parece imposible, sobre asunto tan grave y delicado como la inmigración.

Mientras el gobierno español ordenaba al capitán de corbeta del Audaz (una fragata casi a estrenar, con una dotación de 46 personas) zarpar desde la base de Rota, con objeto de rescatar a 83 desvalidos, un fiscal siciliano se presentó en el barco, acompañado de dos médicos que verificaron la emergencia y, desafiando la terca posición del ministro del Interior italiano, decidía desembarcar a los inmigrantes e incautar el barco.

Con esto no contaban quienes, poco antes, habían tomado la controvertida decisión de enviar un buque de guerra a la isla de Lampedusa. Ahora, los migrantes están a la espera de ser redistribuidos en los cinco países europeos que han aceptado acogerlos.

Ahora, los migrantes están a la espera de ser redistribuidos en los cinco países europeos que han aceptado acogerlos.

Esta colisión ha colocado al Ejecutivo en una posición desairada, al embarcar a un buque de la Armada en una misión inexplicable aunque se haya optado por la justificación postrera, que trata de remendar la misión de recoger a las 15 personas que, por el reparto acordado, le corresponden a España.

¿Son estos Buques de Acción Marítima, como la fragata Audaz, la opción más adecuada para tareas humanitarias cuando han sido diseñados para el combate? ¿No crea esta intrépida decisión un taimado precedente?

En cualquier caso, movilizar a la Armada constituye la decisión sin precedentes de un gobierno que está a la espera de destino. Como ya hizo en la investidura, ha vuelto a serpentear en el proceso de toma de decisiones, cambiando de opinión con ímpetu. Tras negarse inicialmente a ofrecer un puerto a la ONG española, se quedó sin el golpe de efecto que pudiera recordar la hazaña del Aquarius, con lo que quedó desbaratada la maniobra.

La situación en la que ahora se encuentra es complicada, sin una política migratoria definida y entendida por una opinión pública aturdida, un flujo continuo de entradas de migrantes que colocan a las fronteras españolas entre las más porosas de la Unión y con un buque de guerra rumbo al puerto de Empedocle, en la isla de los Cíclopes, donde le tocará esperar.

La contrariedad reside en que el barco español no podrá abandonar el puerto siciliano donde está inmovilizado, hasta que no se subsanen las deficiencias (en materia de seguridad de la navegación, respeto al medioambiente marino, adiestramiento y familiarización de la tripulación con los procedimientos de emergencia previstos a bordo) detectadas por la Guardia Costera, tras la inspección ordenada por el gobierno italiano.

Todo apunta una vez más, a la improvisación como el último hallazgo del que se sirven los gobiernos, un valioso recurso al que se ven compelidos para afrontar hipótesis no previstas en el manual del buen gobierno.

Y eso explica los bandazos durante un ejercicio en el que intervienen pocos actores y el sentimiento se aparea con la razón, con el estrambote de la improvisación. De explicarlo a la opinión pública ya se encargan los más dispuestos a convertir la invención en una acción de Estado o, lo que es peor, en un arte.

Como era de esperar, la crisis generada en aguas italianas con el barco de bandera española condiciona las agendas políticas de ambos países, donde se ha convertido en yesca electoral de la que puede salir calcinado alguno de los protagonistas.

Un dato añadido ha sido el rechazo socialista a la última propuesta que le ha hecho su aliado natural, que contempla nueve subidas de impuestos, una jornada laboral de 34 horas y una mesa de partidos para desjudicializar la cuestión catalana. La negativa es consecuencia del convencimiento al que ha llegado el presidente y es que esta fórmula de gobierno –dos en uno- no deja de ser una aventura a ninguna parte.

Es sabido que una improvisación, si mil veces se hiciese mil veces sería distinta y ahora lo que está por ver es si cabe seguir improvisando en las cuestiones pendientes que caldean el momento político.

Es sabido que una improvisación, si mil veces se hiciese mil veces sería distinta y ahora lo que está por ver es si cabe seguir improvisando en las cuestiones pendientes que caldean el momento político.

Como cada verano, el país ha ardido por los cuatro costados, aunque sigamos sin tener ocasión de avistar la cara de uno solo de los pirómanos que están en el origen de los estragos. En Canarias, la sucesión de incendios devastadores ha llegado a calcinar 12.000 hectáreas.

A lo que cabe añadir, la nueva fase de confrontación anunciada por el máximo representante del Estado en Cataluña, las inminentes sentencias del juicio del procés y de los Eres y la incertidumbre económica que campea como secuela del Brexit y las guerras comerciales.

Pero el latido vital de los españoles, ajeno al racimo de escenarios donde las papeletas se amontonan, sin dejar resquicio al sucedáneo de la improvisación, no ha cejado en ese ambiente festivo y viajero que va impregnando una existencia cada vez más anclada en la apuesta por la salvación individual.

Articulo publicado el 24 de agosto de 2019 en La Vanguardia.