Dilecto lector ¿ha estado usted alguna vez en Pamplona en San Fermín? Si la respuesta es negativa, no deje de hacerlo que no se va a arrepentir.

La pregunta es crítica para entender mejor el entorno en que se ha desarrollado el escabroso suceso que ha conmocionado a la sociedad española y que ha vuelto a poner en bandeja a quienes, encandilados con los tópicos sobre nuestro país, han aprovechado para presentarlo como una muestra extrema del moribundo machismo español.

Quedan atrás aquellos sanfermines en que se podía ver en la Plaza del Castillo a Orson Welles o Anthony Quinn, orgullo para los pamplonicas que no se ausentaban de la ciudad y los visitantes que se plantaban en Pamplona a disfrutarlo todo. Claro que también asomaron los “patas” (gamberros), al tiempo que aumentaba la masificación y la transgresión, a pesar de un mayor control. Para quienes tuvimos el privilegio de disfrutar, en los años y en los jardines de La Taconera, de la música de “La Pamplonesa” y las verbenas de Larraina, …el recuerdo es imborrable.

Hemingway, juerguista, misógino y bebedor, apareció por Pamplona en los años 20. Corresponsal en Europa del semanario canadiense Toronto Star, llegó a la capital navarra con sus pasiones como equipaje (4 matrimonios en 61 años). La ciudad y el periodista se fundieron en un romance mutuo que le sirvió para inspirar sus novelas: ““The sun also rises” (Fiesta), “¿Por quien doblan las campanas?” o “Adiós a las armas”.

Aunque Pamplona ya tenía ganada la fama que le daban sus encierros, alcanzó notoriedad en el mundo, gracias a la obra de quien logró transformar lo que había sido hasta entonces una fiesta provincial en un evento global.

Si el año 1925 fue para la ciudad, que entonces contaba con 33.000 habitantes frente a los 203.000 actuales, el principio de algo hermoso, con el ánimo acogedor de las charlas de café en el Iruña y las sábanas calientes del “Gran Hotel La Perla”, el año 1959 supuso el final del apareamiento de Hemingway con su ciudad del alma, a la que regresó en 1953, tras una ausencia de 22 años.

El novelista americano pasó de la fascinación al pesar que le atormentaba, el haber contribuido a crear un monstruo, una aprensión que le acompañó hasta el final. Lo reconocía en su novela póstuma, “El verano peligroso”, que no se publicó hasta 1985: “Pamplona estaba huraña, como siempre, atestada…con 40,000 turistas más, lejos de los 20 de la primera vez, cuando vine hace dos décadas”.

LA HUELLA DE HEMINGWAY, EL PREVALIMIENTO Y LA INTIMIDACIÓN

Pinche en la imagen para leer el artículo en El Español.

En la Pamplona de posguerra, durante la apoteosis de una fiesta interminable, Hemingway escribió sobre lo que iba descubriendo, con el telón de fondo de unas fiestas, preservadas –de alguna manera- del orden moral del franquismo, pues no en balde le sirvieron al régimen de festivo altavoz exterior.

Situaciones en las que se amontonaban la turistización, la torrentera del alcohol y la irrupción de los primeros estupefacientes. Ese revoltijo conformaba un paisaje que resultaba familiar y -hasta cierto punto consentido- y fue creando un caldo de cultivo, que atrajo a esta fiesta infinita a los desaprensivos.

Hasta el 68, año en que asoman el terrorismo y sus afluentes, en la Pamplona conflictiva y reivindicativa de fines de los 60 y de los 70, lo que da un cariz distinto a la tolerancia de que había gozado hasta entonces la crecida en la calle, conllevada siempre y cuando no tuviese connotaciones políticas.

Y campo de Agramante para el prevalimiento (el culpable se aprovecha positivamente de las ventajas y prerrogativas que posee con respecto a la víctima, para así lograr cometer o facilitar la comisión del acto delictivo), ese concepto jurídico que ha utilizado la sentencia para calificar el comportamiento del grupo agresor, reconociendo la superioridad pero no la violencia.

Ha quedado acreditada la prevalencia de una superioridad física y una confianza otorgada a los autores por la víctima. Esta calificación no satisface a una parte considerable de la opinión pública que no concibe la inexistencia de agresión y por tanto discrepa de la pena. Y aquí es donde surge el grave conflicto que sigue latiendo.

Pero resulta complicado soslayar el concepto de intimidación cuando cinco machos se encierran con una chica en un espacio reducido. De la misma manera, es difícil pensar que alguien no está intimidado, cuando es rodeada por cinco forzudos e introducida en un espacio cerrado con intención de cometer una agresión.

Las conductas que se desprenden de hechos infames, grabados en el video del asalto, al que solo han tenido acceso un reducido número de personas, exhortaban una sentencia con una pena proporcionada a la gravedad de los hechos probados.

Si la sentencia tiene un problema o es errónea, véase en sede de recurso. Pero si el problema es de la norma, el fallo no puede más que aplicarla y siendo jurisdicción penal con la interpretación que sea más favorable al acusado (in dubio pro reo). Será responsabilidad del legislador si aprecia que la norma no responde al contexto social, cambiarla. Pero no es tarea de los jueces.

El Tribunal Superior de Justicia de Navarra tiene ahora la papeleta de zanjar la división que sobrevive a la sentencia, en base a los recursos presentados, cuando resuelva los recursos presentados, con el Supremo como última instancia.

Los sanfermines, patrimonio español y navarro, han sufrido un menoscabo al haberse alterado una parte genuina de su alma. Hay que tratar de recuperar su esencia, que no es otra que el espíritu festivo que enamoró a Hemingway, librándolo de descarríos que nadie quiere que se vuelvan a repetir.

La discordia surgida por el enfrentamiento dialéctico entre jueces y fiscales y el ministro de Justicia, rememora el pasaje de ‘Orlando el Furioso’, cuando los sarracenos comienzan a pelearse entre sí y las disputas internas facilitan la victoria de Carlomagno.

El ministro debería haber explicado a la opinión pública, con grado extremo, los detalles que conoce, incluso exigiendo responsabilidades si alguien no hubiera cumplido con sus obligaciones. No se puede tratar a la opinión pública como si fuera menor de edad y se le deben exponer las cosas con claridad. Si ha habido un error, por parte de quien sea, tenemos derecho a saberlo.

Asimismo, si queremos preservar los valores que ordenan la convivencia, es tiempo de respeto al Estado de derecho, que tiene resortes suficientes para modificar decisiones inevitablemente humanas. Y en la espera, paciencia, esa valiosa virtud al alcance de los más afortunados.

Artículo publicado el 6 de mayo de 2018 en El Español.