La llegada del Aquarius con 629 inmigrantes rescatados, plantea reparos morales, dudas, certidumbres y preguntas que difícilmente tendrán respuesta. Y entreverada, la gestión de las emociones de las partes más directamente implicadas: inmigrantes, anfitriones, políticos y benefactores.

Llegan sin equipaje. Vienen sin nada. Se les ha visto bajar del barco sin maleta. Quizás alguna bolsa. Solo llena el alma contemplar la felicidad de los niños, 123 menores no acompañados, jugando a las carreras en la cubierta del barco, valiéndose de cestas de plástico, de las que se utilizan para transportar la fruta.

20180627 La gestión de las emocionesLos desheredados, con independencia de su futuro, tan incierto, precisan de mucha ayuda para la gestión de sus emociones. No hablan la lengua, no saben qué va a ser de ellos, donde van a vivir, si tendrán un hogar y trabajo. No tienen nada propio, salvo un largo camino por recorrer.

Los anfitriones son sensibles al sufrimiento ajeno, rápidos a la hospitalidad y lentos al racismo. Y están asustados con el “efecto llamada”. No hay más que asomarse a las redes sociales para darse cuenta de que para los españoles esta es una cuestión de mayor cuantía.

Aquí también habrá que tramitar, con cabeza fría, situaciones nuevas susceptibles de convertirse en habituales. Ello exige, para evitar desbordamientos, administrar impulsos y gestionar cada situación.

Los políticos, del signo que sean, están apremiados a tomarse en serio la gravedad del fenómeno migratorio y no recurrir al recurso fácil de dejar entrar un barco en un puerto y colgar una pancarta en la fachada principal del ayuntamiento, ya sea “Valencia, ciutat refugi”, o en el caso de Madrid, “Welcome refugees”.

Y después, el que venga detrás que arree, porque no hay suficientes escuelas, puestos de trabajo, hospitales, viviendas, para recibir y acomodar como se merecen estos desdichados sin territorio.

Hay que empezar por hacer un censo en cada ciudad de acogida, ver qué hacen, como viven, qué se les puede aportar, si hace falta que reciban clases para una integración mejor, que no sean explotados por mafias manteras u otras… Eso permitirá concluir, llegado el caso, si vamos o no, por el camino adecuado.

Y respeto, sin sospechas, para los benefactores: ACNUR, Médicos sin Fronteras, SOS Mediterranée, Save the Children, See Watch, CEAR, la ONG española Proactiva, con su buque Open Arms y Entreculturas, ONG fundada por los jesuitas, que se han marcado como exigencia salvar y mejorar la calidad de la vida de personas.

Esto es loable aunque habrá que detenerse en leer la letra pequeña, después de las desventuras de Oxfam, que han comprometido reputaciones ante la opinión internacional.

Pero lo que cuenta es su esencial contribución en la gestión de las emociones de los rescatados (¿quien se ocupa de las suyas?) aunque, según sus críticos, su financiación no sea tan reticular como presumen.

Cuando uno ve la lista de las 26 nacionalidades del grupo rescatado en el puerto de Valencia llama la atención, junto al elevado número de niños solos, el peso de los nigerianos (148), la dispersión geográfica de los rescatados, que prácticamente cubren todo el mapa de África y la ausencia de inmigrantes procedentes de países que están en guerra, como Siria, Irak y Yemen. No es posible imaginar que no haya ningún refugiado, como pretenden algunos observadores.

Es de suponer que el Gobierno pedirá informes a la policía porque hay legítimas dudas sobre las distintas situaciones, que puedan explicar estos flujos y los desequilibrios detectados.

En todo caso, llama la atención los medios empleados en la recepción de los inmigrantes, con esas figuras espectrales ataviadas completamente de blanco. Alguien podría considerar que los recursos empleados han sido desproporcionados, aunque se tratara de refugiados. Más aún, si no lo son. Lo iremos sabiendo…

El dispositivo de acogida de los tres barcos, en la operación ‘Esperanza del Mediterráneo’, ha movilizado a 2.300 personas entre voluntarios, sanitarios, policías, abogados de oficio, traductores y otros efectivos.

Resulta difícil gestionar las emociones mientras hay quien aprovecha la ocasión para soltar la patochada, eso si, en 127 caracteres. En esta ocasión, aprovechando la presencia de 600 periodistas, de 160 medios de comunicación, que han estado pendientes de las llegadas en la dársena del puerto, un político de guardia ha expectorado: “Hemos pasado de la Valencia de la Gürtel a la Comunitat de la solidaridad” ¿A qué viene mezclar las cosas si el momento es otro y ese oportunismo hueco, solo es susceptible de generar hastío y confusión?

Un mal pensado podría pensar que se trata de una hábil operación de marketing político. Hay que aprovechar cualquier resquicio para llenar la escarcela de votos. Pero lo que consiguen es que las preguntas lleven, de forma inexorable, a indagar que hay detrás. Si es que hubiera algo detrás.

Los migrantes desembarcados recibieron de la Policía Nacional un sobre con tres documentos donde se explicaban unos derechos a los que no suelen acceder quienes arriban a las costas españolas en patera. Ahora, los rescatados disponen de un permiso de residencia de 45 días, durante los cuales deben iniciar sus trámites para optar a regularizar su situación en España, en función de sus circunstancias (a través de la vía de asilo o la figura de razones humanitarias).

Capítulo propio merecen los menores no acompañados. Lo primero que hay que discernir es saber si son menores o no. Y de esta manera, decidir si se les asigna un centro de menores, o deben ser tratados como adultos. También es cuestionable la prueba osteométrica, ya que se trata de un tipo de análisis muy cuestionado.

El problema aflora cuando cumplen los dieciocho años ya que el actual sistema de protección tiene un vacío legal en este punto. Y no está claro qué acompañamiento se les tiene que dar, por lo que se enfrentan a una mayor situación de vulnerabilidad, ante la amenaza de ser expulsados al encontrarse en una situación de irregularidad administrativa.

Por no profundizar en los castigos psicológicos o físicos, el hacinamiento y las pésimas condiciones higiénicas, habituales en los centros de menores.

Únicamente identificando, con claridad, las emociones y sus causas estaremos en condiciones de poder superar, de manera satisfactoria, los retos que presenten dificultad. Y esta gestión emocional parte de identificar procesos emocionales, sus raíces y los detonantes que causan.

Desterrando el buenismo, la demagogia y el aprovechamiento clientelar, auténticos competidores en la gestión de un problema pavoroso, del que habrá que seguir ocupándose como la realidad nos muestra cada día.

La gestión de las emociones no es solo el reflejo de la caridad o la llamada a la solidaridad, es también la gestión de la ignorancia, de la indiferencia, de la dureza, incluyendo también quienes esquivan sus responsabilidades.

En la otra orilla, cuanta soledad la de quienes, responsables de Extranjería y Fronteras o la Cruz Roja, gestionan pacientemente la llegada a nuestras costas (creciente e intensa) de jóvenes tentando la suerte, que se ha convertido en una rutina diaria que hay que manejar con cautela, buen juicio y mucha alma.

Cui prodest? Quien gana, y qué, con este grandioso asunto de ahora mismo. Esta es una de las cuestiones de una trama compleja a la que resulta difícil encontrar soluciones sin analizar en profundidad las causas.

A ello, en forma de Libro Blanco, deberían orientar sus urgentes esfuerzos los gobiernos y las instituciones europeas. Sin reflexiones, hondas y realistas, sobre cómo articular el problema y hasta donde puede llegar nuestra respuesta, seguiremos dando palos de ciego.

Artículo publicado el 27 de junio de 2018 en El Mundo (edición Baleares).