Es el título español de la película, “Wag the Dog” (1997), una comedia que tiene como protagonista al presidente de los Estados Unidos quien, tras ser pillado in fraganti en una situación escandalosa, decide inventarse un conflicto que desvíe la atención de la prensa de su affaire. Uno de sus consejeros se pone en contacto con un productor de Hollywood para crear, a modo de cortina de humo, una guerra en Albania a la que el presidente pueda poner fin con heroísmo ante las cámaras de televisión.

Han pasado 20 años desde que dos actores de culto, Robert de Niro y Dustin Hoffman, ocuparon los papeles centrales de esta película, y el presidente Trump está en una situación parecida, como consecuencia de carísimos escarceos amatorios antes de ocupar la Casa Blanca. Su abogado, entonces persona de su absoluta confianza, compró el silencio de las interfectas y ahora, años después, ha traicionado a su jefe cantando la Traviata.

¿Y que ha hecho Donald Trump para distraer la atención del público de tan incómodo asunto? Pues embarcarse en una campaña suicida contra la totalidad de la prensa americana, acusándola de ser el “enemigo del pueblo” y desvirtuando las informaciones que le perjudican, al despreciarlas como fake news. Y se pueden imaginar la que se ha armado. Esta vez no parece que el guión quepa en una de esas películas a las que Hollywood nos tiene acostumbrados. Porque aunque los sabuesos huelan ya a impeachment, el partido del jefe tiene la mayoría en el Congreso y en el Senado. Largo me lo fiáis.

En nuestro país algunas cosas van más deprisa, como se vio en la moción de censura que aupó al trono al líder de la oposición, mientras el dueño de la llave prefería ausentarse del Parlamento donde se iba cociendo el guiso.

Y la pulsión vibrátil con la que el gobierno ha aprobado el decreto ley para exhumar el cadáver de Franco del Valle de los Caídos supone el inicio de un espectáculo esplendente, con otros protagonistas de urgencia que llevan al gobierno a extremar el celo y acelerar el proceso.

Si no recuerdo mal, fue hace un par de meses, cuando Manolo Vicent publicó una columna dominical en El País, “De una vez”, en la que inspiraba al recién estrenado Ejecutivo una acción espectacular para iniciar su andadura, “un acto simbólico, de gran impacto moral”.

No dejaba Vicent en el olvido que gobiernos socialistas con mayoría absoluta “no nos libraran de tan insoportable escarnio, por falta de arrestos y exceso de componendas”. Pero lo que ocultaba tras el deseo de ”que el viento de la historia se lleve por delante el odio que genera ese panteón” era que fue precisamente la Transición política la que despejó el futuro, procurando a España 40 años de paz y progreso.

Y en ese delicado pespunte, lleno de arreglos y remiendos, imprescindibles para sacar adelante el proyecto más ambicioso que entonces, a juicio de casi todos, cabía plantear, no eran admisibles otras urgencias, como la que lleva a situar esta acción, ahora, como la primera y más apremiante de todas.

En seguida entendí que una pieza de ese calibre no le pasaría desapercibida a un gobierno, necesitado, tras inicios intrincados, de un arranque espectacular. Y así ha sido, sobre todo, para quienes, tantos años después, siguen sin cerrar las heridas. Dividendos, pues, para la izquierda y para el rupturismo, y argumentos para el centro y la derecha.

Finalizaba Vicent su pieza, con un tranquilizante “no va a pasar nada de nada, Franco sí o Franco no, al final esta es la cuestión”, y yo estaba de acuerdo con esta conjetura, pues precisamente tal como se presenta la disyuntiva, ningún partido con representación parlamentaria va a arriesgarse al baldón de defender la paz de los muertos que ampara al dictador, y, desde luego, nadie, va a atravesar el camión para evitarlo.

Todo está inventado ya, y por tanto es efímero, de usar y tirar, todo está estudiado, nada es por casualidad, sino todo lo contrario; la realidad no es tan real como parece, sino como aparece. Quiere esto decir que tras el ruido inicial, el silencio espeso se apoderará de Cuelgamuros y otra propiedad del patrimonio del Estado quedará abatida, a cargo del escuálido presupuesto.

Le instó a que se atreviese y el Presidente se ha atrevido. En el gran momento de las urnas es cuando, tal vez, se podrá valorar mejor el impacto de esta decisión tan urgente que no podía esperar.

Lo que nadie puede negar, desde un tratamiento ecuánime de la cuestión, es que esta cortina de humo, temporal y breve, que hará las delicias de los corresponsales extranjeros, servirá para atenuar la atención sobre asuntos de mayor cuantía, como la invasión migratoria o la rebeldía que, cada día, llega de los nuncios independentistas.

En una de las escenas finales de la película, de Niro pregunta a Hoffman si irá al discurso de investidura, y éste responde, que claro, si le invitan. Algo así podría suceder cuando, en su día, se presente al público la nueva funcionalidad de lo que quede del Valle de los Caídos.

Artículo publicado el 25 de agosto de 2018 en El Mundo.