La reciente digresión sobre Gibraltar, a propósito del Brexit, constituye un buen ejemplo de la apoteosis del acontecimiento, una forma de teatralización que causa furor en el espacio político.

Lo que empezó siendo un tema que giraba en torno a los acuerdos alcanzados y los borradores modificados, mutó en una trapisonda de desplantes, cruces de cartas, declaraciones sincopadas y fintas de farol, todo lo cual no era sino el plató de una representación improvisada, que tenía como auditorio en estéreo a varias opiniones públicas (española, gibraltareña, británica y bruselense).

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Concebida como fábrica de hacer normas, la Unión Europea no tenía en sus genes el aparejo de la improvisación, por lo que, en su origen, estaba mal equipada para afrontar la adversidad y los peligros de lo imprevisto. Así que cada vez debía ingeniárselas para encontrar una salida a la crisis que eso planteaba.

En la hora de la acción frente a la regla, la improvisación es la nueva práctica política, nacida como respuesta urgente a desafíos no previstos.

Luuk van Middelaar, filósofo político holandés, se plantea en su ensayo Quand l’Europe improvise la cuestión ¿qué es una crisis?, que responde así: “Algo que sucede y que se consideraba impensable”.

En los últimos años, no han faltado acechanzas en el continente europeo: bancos que amenazaban con el colapso, una moneda al borde del precipicio, guerras en la periferia del continente, fronteras interiores cerradas, polvorines en nuestras ciudades…

Estos “sucesos impensables” han requerido respuestas alejadas de algo tan genuinamente europeo como la procrastinación. Al tambalearse el euro, ¿qué hacer en caso de quiebra de un país de la eurozona? Atacada Ucrania, ¿cuál debe ser la respuesta? ¿cómo reaccionar cuando un número incontrolado de desesperados intenta llegar a nuestras fronteras? o ¿cuál debe ser la réplica si un miembro del club da un portazo, retirando la alfombra de nuestra seguridad?

Al tambalearse el euro, ¿qué hacer en caso de quiebra de un país de la eurozona? Atacada Ucrania, ¿cuál debe ser la respuesta?

Tras sesenta años de paz y prosperidad en los que el debate político se ha centrado en el crecimiento y la redistribución de la riqueza, en la salud, la educación, la libertad y las identidades, algunas cuestiones políticas esenciales como el Estado y la autoridad, la estrategia y la guerra, la seguridad y las fronteras, la ciudadanía y la oposición, apenas han sido objeto de debate.

Las condiciones que propiciaron el milagro de una sociedad libre han desaparecido, probablemente para siempre, de nuestro horizonte vital. Y se recuerda, para que no se olvide, algo que no es precisamente un ansiolítico: el paraíso democrático no es evidente.

En medio del malaise que aqueja al continente, los asuntos que ocupan las largas horas del Berlaymont no son ya los precios del trigo o las cuotas de pescado, sino la solidaridad, la guerra y la paz, la identidad y la soberanía.

Las faraónicas instituciones de Bruselas, sus lentos métodos de trabajo y su anticuada forma de deliberar fueron concebidos, tal vez, para ahogar las pasiones ­políticas envolviéndolas en una malla de reglas. Pero para la democracia, según el historiador neerlandés, “la legibilidad de la acción política es vital, porque la incomprensión abre la puerta a la sospecha, y la sospecha a la indiferencia, el desaliento o la rebelión”.

Resulta pues perentorio aportar claridad a lo que está pasando, algo que no acaban de entender quienes más obligados están a practicar este sano ejercicio.

Cuando está en juego la propia unidad de la UE o la paz, las motivaciones políticas priman sobre los intereses puramente económicos. En la crisis del euro, lo político, que fue parte sustancial del impulso de su creación y que en la crisis económica acabó imponiéndose al espantajo del “contagio financiero”, pesó más que el insulso lenguaje de los bancos (déficits, préstamos y primas de riesgo).

Si queremos conservar nuestro modo de vida, apunta Van Middelaar, “el club europeo deberá anteponer la reflexión estratégica y comportarse como una verdadera potencia. Y para ello, cada vez deberá elegir entre mantener los valores tradicionales o garantizar nuestra inviolabilidad”.

En los recientes traqueteos, la Unión se ha visto compelida, con alguna frecuencia, a sacrificar sus señas de identidad originales, bajo la presión de una opinión pública que abomina de la quiebra del statu quo.

La Unión se ha visto compelida, con alguna frecuencia, a sacrificar sus señas de identidad originales

Y así, para favorecer el final del conflicto entre Ucrania y Rusia, los jefes de Estado francés y alemán arrancaron en el 2015 un compromiso a sus colegas ruso y ucraniano en el que se antepuso la paz al respeto estricto del derecho internacional. Y el conflicto ahora se recrudece.

Un año más tarde, para frenar el flujo de emigrantes sirios hacia Grecia, los dirigentes europeos concluyeron un acuerdo con Turquía, para muchos ética y jurídicamente discutible, en nombre de intereses políticos superiores. De nuevo, la supremacía del pragmatismo sobre los valores.

Desde que predomina la apoteosis del acontecimiento, las decisiones ya no siempre reposan en los tratados y las reglas, sino en la búsqueda de respuestas comunes a necesidades del momento, que comprometan a los jefes y cautiven al público.

El hecho de que las crisis, más que normas, demanden deci­siones explica esa otra Europa, más práctica y guiada por un instinto de supervivencia colectiva, que se va haciendo sitio y donde las reglas ya no tienen la última palabra.

Con ironía no exenta de optimismo, Donald Tusk, el presidente del Consejo Europeo, ha resumido el cambio con un deje paródico: “Todo lo que no nos mata nos hace más fuertes”.

Artículo publicado el 1 de diciembre de 2018 en La Vanguardia.