Discurso pronunciado el 24 de octubre de 2018 en el Seminario de liderazgo y comunicación: nuevos riesgos, nuevos retos de la Unidad Militar de Emergencias (UME).

Quiero agradecer al General Alcañiz y a sus colaboradores, Javier Marcos y Aurelio Soto, que hayan tenido la amabilidad de invitarme, en compañía de Olga Lambea y Mariela Rubio, a compartir con ustedes unas reflexiones sobre la influencia de la prensa escrita en el proceso de formación de opinión.

Me gustaría iniciar esta intervención, dedicando unas palabras a algo que hoy están demandando los consumidores de información y la opinión: la impecabilidad, que no es sino la limpieza, la rectitud y la elegancia con la que desean recibir ambas y por tanto los presupuestos de partida para la creación de la opinión.

Y ahí estamos abarcando el sentido de la oportunidad, la mesura, el equilibrio de los intereses que concurren y de la proporción, exigibles a cualquier actividad humana. Pero que en el caso de la opinión, por su trascendencia y repercusión, se multiplica hasta constituir un acompañante imprescindible en la legitimación funcional o de ejercicio de sus protagonistas.

Seminario liderazgo y comunicacion UME2

Hay un elemento nutriente de la legitimidad en la tarea del creador de opinión,  que es un ejercicio que mezcla prudencia, discreción, habilidad y buenas maneras, lo que excluye la mentira, el insulto, el odio y el ataque ad hominem.

La combinación de la seriedad flexible, con el espacio para la ironía, la expresividad medida con la afectuosidad controlada y la modestia sincera alejada de cualquier pretensión adoctrinadora, nos acercan a un modelo que se aproxima a la ejemplaridad, aspiración que empieza a zarandear la existencia del gobernado moderno.

En síntesis, la ejemplaridad del que se expresa en prensa escrita es un componente permanente de su legitimidad como creador de opinión. Esto tiene que ver con la superabundancia de mensajes masivos, contradictorios o infoxicación, y la cantidad de medios y formatos existentes, lo que provoca cierto escepticismo y apatía en la opinión pública, yendo al nervio del problema, la pasividad del lector.

La ejemplaridad del que se expresa en prensa escrita es un componente permanente de su legitimidad como creador de opinión

Les puedo hablar de una experiencia personal. Tengo un medidor casero de audiencia en relación con los artículos que escribo en diferentes medios. No pretendo, por tanto, sacar conclusiones apresuradas sobre los comportamientos de mis lectores, pero cuando el tema sobre el que escribo tiene que ver con pasamanería catalana o con trifulcas entre partidos, mis números se desploman.

Líder de opinión es aquel que tiene tiene la capacidad de ejercer influencia sobre las actitudes o la conducta de otros individuos, al ser percibido por los demás como una fuente fiable de información, noticias o reflexiones.

Permítanme citar a unos pocos escritores y periodistas a quienes, en mi opinión, podríamos considerar destacados líderes de opinión en nuestro país: Lluis Foix, ex director y actual articulista de La Vanguardia; Ignacio Camacho, ex director y actual columnista de ABC; Jesús Cacho, editor de Voz Populi; Arcadi Espada, columnista de El Mundo y Francesc de Carreras, Mario Vargas Llosa y Fernando Savater, colaboradores y columnistas de El País.

Su influencia tiene que ver con la reputación que les es reconocida por su conocimiento sobre un campo particular (científicos, catedráticos, estudiosos o expertos sobre un tema), por su historia personal, (en relación a un testimonio sobre alguna experiencia propia), o por su postura de conformidad o disconformidad con las normas del sistema (líderes religiosos, activistas, figuras políticas, etc).

En 1940, durante una campaña electoral de Franklin Roosevelt en el Estado de Ohio, el sociólogo austriaco Paul Lazarsfeld, al que se considera fundador de la sociología empírica moderna, detectó que la decisión de voto dependía del grupo social de pertenencia del ciudadano y que la propaganda no modificaba la tendencia.

Lazarsfeld desarrolló la Teoría de dos pasos, que trata de explicar cómo la información es transmitida a través de los medios de información y cómo el público reacciona ante la misma. Según esta teoría, el impacto que los medios de comunicación generan en una sociedad es mediado por los líderes de opinión. Es decir, son los medios de comunicación los que lanzan un mensaje nuevo, que más tarde se convierte en el tema a hablar en las comidas familiares, en las tertulias con los amigos, etc.

Puede, o no, ser un tema reivindicativo (algo que reclama la sociedad civil). Lo que no admite dudas es que el mensaje lo recibe un líder de opinión. Más tarde, éste será el encargado de analizarlo e interpretarlo para comunicarlo a los demás, a través de los medios mediante sus relaciones interpersonales.

Sobre el concepto “creador de opinión” existen diferentes hipótesis: ¿Es el medio de comunicación el que lanza un mensaje nuevo para la sociedad o es, concretamente, un líder de opinión (una persona que goza del respeto del lector ya sea por su trayectoria profesional, sus conocimientos…)?

Pienso que la combinación de práctica y trayectoria profesional es la que convierte a un escritor de periódicos en un creador de opinión. Es decir, esa experiencia que permite observar, analizar y ofrecer al lector una opinión sobre la situación actual política, que se puede comparar, en ocasiones, con contextos políticos lejanos, como puede ser mi caso personal.

Las redes sociales son un nuevo canal de creación de opinión. Mientras hace unos años, uno de los argumentos del lector para comprar determinado periódico eran las personas que firmaban en él, ahora muchos antiguos lectores se informan siguiendo en Twitter a determinada persona porque les gustan los artículos que comparte y las opiniones con que los acompaña.

No obstante, el “oficio” de creador de opinión conlleva un ejercicio de responsabilidad y ejemplaridad que, en algunos casos, no se asume. Por esa capacidad, mencionada anteriormente, de ejercer influencia sobre la conducta de otros individuos, el líder de opinión tiene que ser capaz de tomar una actitud responsable centrada en aportar argumentos y ajena a discursos que fomenten, de manera indirecta, el odio o el insulto al que piensa de manera diferente.

Hay muchos casos de personas desconocidas para la sociedad, antes del auge de las RRSS y que a través de su perfil digital, han sabido convertirse en influyentes.

Insisto en una aseveración que no les resulta desconocida: la irrupción del escenario digital ha cambiado la forma en la que se despliega la prensa escrita y cómo la “consume” la sociedad. La prensa digital, aquella que se transmite exclusivamente en la Red, está desplazando a la impresa clásica en los hábitos de consumo, gracias a su nuevo lenguaje instantáneo y potencialmente audiovisual.

Tenemos una mayor facilidad para acceder a determinada información que antes requería un mayor esfuerzo. Ahora, en tan solo unos clics y desde el móvil podemos enterarnos de lo que ha ocurrido en determinado sitio. La obsolescencia y la caída del papel visible en el desplome de la venta de ejemplares, no se debe exclusivamente al coste, es decir, pagar por leer un medio cuando podemos hacerlo de manera gratuita por Internet.

El “oficio” de creador de opinión conlleva un ejercicio de responsabilidad y ejemplaridad que, en algunos casos, no se asume

También se debe al cambio de hábitos del público, a la manera en que lo consume. No está dentro de las costumbres de las generaciones más jóvenes ir al kiosco a comprar un periódico (práctica muy penalizada en España por cierto),  sino a mirar la actualidad informativa desde el tentador sofá a través de una pantalla de poco más de cinco pulgadas.

Lejos estamos, pues, de aquellos tiempos en que el profesor David Caldevilla, de la Universidad Complutense de Madrid, definía el papel del periódico como primer medio socializador de la audiencia. Caldevilla rubricaba que “el periódico fue clave en la ampliación del público, con un lector ajeno a reflexiones profundas, pero capaz de consumir gran cantidad de informaciones de fácil lectura. Se trataba de un lector anónimo, lo que provocó un análisis profundo de sus intereses por parte de los creadores de contenidos”.

Hoy la situación es bien distinta, “la obsolescencia del periódico deriva de que su penetración en el hábito de consumo diario de información es ya muy reducido frente a la presencia omnímoda de radio y televisión e Internet, quienes amenazan a todos los anteriores al convertirse en vehículos o directamente reemplazarlos”.

Si hubiese que extraer una conclusión sobre todo ello, podríamos concluir que el periódico impreso tiene escasa repercusión en el proceso socializador actual con respecto al que tuvo años atrás. Pero al mismo tiempo, estoy convencido que, en un futuro no lejano, la influencia del periodismo escrito será directamente proporcional a la cantidad y calidad de opinión que ofrezcan los medios.

Es decir, el tráfago de información por los distintos conductos existentes, exige que la opinión tenga un vehículo sereno de digestión y lectura. Esto me lo explicó en su día, un compañero holandés, profesor visitante también en la Fletcher School y editor en su país del NRC Handelsblad, periódico muy orientado a la opinión, que se convirtió, para muchos lectores, en la compañía inseparable del fin de semana.

Me gustaría concluir dedicando unas palabras a la anfitriona de este seminario, la Unidad Militar de Emergencias (UME), pues llevo un tiempo observando sus actuaciones, la resonancia que despiertan sus operaciones en las zonas en las que actúa, el tratamiento informativo que obtiene y la consistencia que atesora a pesar de su juventud.

La divisa que podría arbolar “el valor de quien da su vida para salvar a otros”, le ha convertido a los ojos de una sociedad circunspecta en una eficaz herramienta del Estado para hacer frente a emergencias y catástrofes. Organizando este seminario deja constancia de la importancia que concede a la comunicación para, en un contexto complejo y emocionalmente alterado, ganar la confianza de los ciudadanos y mantener la serenidad de la población.

Y sin aprensión a exagerar, la UME ya es seña de identidad de un país moderno como el nuestro. No hay más que ver el alivio con que sus hombres son recibidos en aquellos lugares donde la emergencia precisa de una respuesta que aglutine eficacia, serenidad y certeza en la comunicación.

Bien sea combatiendo las llamas en Doñana, socorriendo a los damnificados por el torrente de San Llorenç de Cardassar o desfilando en el aeropuerto de Santiago de Chile, donde sus hombres fueron aplaudidos espontáneamente por una población agradecida.

La impecabilidad, a la que hacia referencia al comienzo de esta intervención, como supuesto básico para merecer la consideración de líder de opinión, forma parte de las señas de identidad de la Unidad Militar de Emergencias que practica unos valores que tienen que ver con la excelencia y que, para una opinión pública contrita, son motivo de esperanza.