Un colegio belga -en la vanguardia de la pedagogía activa- ha cavilado durante un par de años sobre la dificultad que encuentran ciertos niños, porque sus padres han fallecido o no reconocen al menor, otros con los que los niños no tienen contacto tras una separación, familias monoparentales u homosexuales. Reflexión encaminada a concordar el funcionamiento del centro con la transformación social que supone la existencia de familias heterogéneas.

Y la conclusión del proceso se ha compendiado en el envío de una misiva -cinco líneas- a los padres, en la que el director del colegio anunciaba que “por respeto a la diversidad de otras culturas, los niños no harán regalos con ocasión de la fiesta de las madres y los padres”. Primer error del centro, impropio de su excelsitud, al despachar asunto tan espinoso con un escueto mensaje, sin detenerse en razonar la decisión y  acentuando la diversidad y riqueza de las familias y culturas.

Cuando el director envió el mail no podía sospechar el vendaval de indignación que iba a levantar. La reacción de los padres en las redes sociales, que no tardaron en atizar la hoguera, fue furibunda: “cuando el colegio de tus hijos se carga la fiesta de las madres, cabe preguntarse si ciertos directores y sus equipos pedagógicos no van por mal camino en su búsqueda delirante de la igualdad”. Un padre enojado activaba la lumbre: “un niño que ofrece a su querida mamá un regalo fabricado en el colegio con sus inocentes manos, es un acto que merece ser vanagloriado por todas las culturas”.

A la vista del cisco montado, al colegio no le quedó más remedio que pedir disculpas, admitiendo que había “subestimado el impacto emocional”. Y lo hizo enviando otra misiva, en la que explicaba el por qué de la supresión: “en los últimos años, niños en diferentes situaciones de sufrimiento o dificultad, en el momento de la preparación del regalo de la fiesta de los padres o las madres, han llevado a cuestionar la conveniencia de perpetuar la preparación del regalo en el medio escolar”. La rectificación esclarecía, a buenas horas, que de lo que se trataba no era de acabar con la fiesta sino con la preparación de la fiesta en el colegio.

Pero las llamas ya habían escalado ocho metros, lo que provocó una formidable preocupación entre profesores y director que, ante la violencia inaudita de una campaña de odio y descrédito, denunciaban que el debate hubiera transcurrido en una atmósfera “nauseabunda, violenta e inmunda”. Durante tres interminables días, un regato de injurias, amenazas físicas, anatemas… diseminados en whatsapps, correos electrónicos, llamadas telefónicas, etc. desembocaron en amenazas físicas al equipo directivo de la escuela. Y como estrambote macabro, una cruz de madera plantada al pie de un árbol, delante de la puerta del colegio.

Suprimir una tradición o una costumbre por respeto a quien no puede o no quiere celebrarla no deja de ser un desatino

La polémica surge, una vez más, polarizada entre quienes defienden la iniciativa del colegio y quienes la rechazan. Los que están a favor, consideran que es una alternativa admirable, como manera de no herir a los niños que, por distintas circunstancias, no tienen madre o padre, porque no es agradable ver cómo un compañero sí le puede preparar un regalo al suyo y él no; tampoco hay que recibir un regalo de los hijos para sentirse querido y, además, se evita que en los hogares se les obligue a celebrar el Día del Padre o de la Madre, ya que festejar o no es algo que cada uno debe decidir.

Las familias que rechazan la decisión del colegio piensan que es un perjuicio para los alumnos que sí tienen padre y madre y pueden celebrar ese día especial y que incluso es una manera de ocultar la realidad a quienes sufren carencias en ese sentido. Los críticos consideran que, desde temprana edad, se les debe enseñar a asumir su vida y todo lo que comporta.

Foto: Colegio Singelijn

Foto: Colegio Singelijn

Situaciones múltiples y complejas que tienen que ver con el funcionamiento de una sociedad que confronta a los niños con nuevas realidades, a menudo muy difíciles para ellos. Y como telón de fondo sobre el que se proyecta la discusión: el debate de la igualdad y la irrupción de la disputa en el delicado terreno de la tradición y las relaciones familiares.

Los sulfurados por la fetua colegial denuncian que trata de no ofender a “otros modelos de familia” y evitar que una parte de los alumnos no sufran, lo que viene a significar que hay que alinearse sobre el mínimo común denominador de la igualdad, ergo, no hay celebración. Ante lo que una madre se encrespa en una red social: “¿Qué tiene de malo celebrar a los padres? Es absurdo ¿Acaso es culpa de mis hijos que otros niños no puedan celebrar a sus madres?”. Y un padre replica: “¿Debemos mantenerlos aun a costa del sufrimiento de algunos niños? Cuando una amiga murió a los 37 años dejando atrás dos hijos pequeños fue cuando me di cuenta de la crueldad de estas celebraciones”.

El colegio quiere que la solución para los niños que sufran alguno de estos traumas, pase por cambiarle la denominación a la actividad, el regalo “para el ser querido” o “para la familia”, sin especificar quién lo recibirá. Así, el menor puede entregárselo a quien prefiera al llegar a casa. De esta manera, sacrificando el statu quo y exhibiendo un remedio santero, homeopático, se evita que alumnos que pertenezcan a familias monoparentales o a otras formadas por padres homosexuales, así como estudiantes que no tienen relación con su progenitor o progenitora, puedan sentirse discriminados.

Inconfundible solución europea de compromiso para vadear la inevitable y creciente diversidad. En este caso, la de los tipos de familia. Y en ese empeño por aparear la heterogeneidad con la igualdad, se cuece -a fuego lento- el conflicto, que desemboca en la presencia de una patrulla de la policía, que conjura las amenazas y protege la entrada de los niños en el colegio.

El elixir de la igualdad consiste en agradar, en ser asépticos; porque a quien no le importa ocultar su identidad, tampoco le importará doblegar un principio

El director se dio cuenta y lo reconoció, tarde, del traspié que supuso incluir el término “cultural”, en el primer aviso a los padres. Esto fue lo que desencadenó las altas y bajas pasiones, y sirvió para poner de manifiesto la potencia de tiro que tiene la acusación de favorecer a las “minorías”, frente a “nuestra cultura” y que el extremismo no es patrimonio exclusivo de las religiones.

No queda más remedio que sumar a la añeja controversia “seguridad vs libertad” esta más reciente “igualdad vs diversidad”, ¿ser vs no ser uno mismo? Es un desvarío combatir la diversidad y el infortunio a golpe de equidad y tolerancia. Suprimir una tradición o una costumbre por respeto a quien no puede o no quiere celebrarla no deja de ser un desatino, y está relacionado con la ausencia de identidad social de la que adolece el modelo social que recurre a remiendos caseros que desprenden un aroma caduco. Tenemos una referencia de qué es ser europeo, pero nos llega a acomplejar serlo. De hecho, vivimos en una sociedad que llega a avergonzarse de cualquier identidad, salvo la pusilánime.

Y ese raquitismo debilita a la Europa de Macron, que tendrá que sacudirse el confort del mínimo común múltiplo y apostar por el máximo común divisor. Esto supondrá conjugar, con talento, el respeto de las tradiciones con el cuidado solícito al que sufre el rigor de la adversidad. En definitiva, la sempiterna compasión, en el sentido anglosajón del término, sin merma de valores arraigados.

El elixir de la igualdad consiste en agradar, en ser asépticos; porque a quien no le importa ocultar su identidad, tampoco le importará doblegar un principio. Y de esto último, andamos escasos. Ese es precisamente el riesgo que corre la igualdad cuando el delirio intimida a la razón.

Artículo publicado el 22 de mayo de 2017 en La Vanguardia.