Desde hace cuarenta años y en ocasiones especiales, Rodolfo Martin Villa (RMV) obsequia a sus amigos con una docena de huevos, procedentes de gallinas alcarreñas que “en algún momento de su biografía los ponen de dos yemas”. Y lo hace con sencillez y guiño amable.

El 15 de junio de 1977 me cupo el honor de estar en el cuartel general de la Unión de Centro Democrático (UCD), escenario privilegiado que visualizaba la restauración democrática, con ocasión de las primeras elecciones generales que se celebraban en España después de la guerra civil.

Momento de emoción y estreno de libertades, que obedecía a que el Partido Socialdemócrata (PSD), de Paco Fernández Ordoñez, integrado en la coalición que había concurrido a las elecciones bajo el liderazgo de Adolfo Suárez -y en el que yo militaba- dispuso empotrarme en aquel pequeño equipo de apoyo a Leopoldo Calvo-Sotelo, coordinador con éxito de la campaña, pues UCD ganó las elecciones.

Lo que vino después, la Transición, se podría compendiar como la operación más brillante que ha llevado a cabo un país, tras una larga y cruel guerra, como fue la nuestra. Borrón y cuenta nueva que rememoraba el “Paz, piedad, perdón” de Manuel Azaña.

Como las opiniones son libres y los hechos sagrados, hay que esclarecer que RMV fue ministro, durante cinco años, en gobiernos emanados de las urnas

Escribo el relato con estas credenciales y desde el conocimiento de RMV, un ingeniero leonés, sencillo y eficaz, con quien la relación resulta fácil pues aporta reflexión y buen juicio y que descolló en aquella maniobra democrática. No he tenido una especial relación de amistad, aunque he coincidido en los gobiernos de UCD y más recientemente en la Sociedad de Gestión de Activos procedentes de la Reestructuración Bancaria (Sareb).

Cabeza indiscutible de un grupo, “los azules”; que, procedentes del régimen franquista, se sumó sin reservas a la tarea del cambio, y acumuló galones en tiempos para valientes; RMV atesora un pasador en la pechera como  recompensa a su firma legalizando el Partido Comunista de España.

Cuatro décadas después de aquella epopeya, el coordinador general de Izquierda Unida ha protestado en Twitter por la presencia de RMV en el Congreso de los Diputados y le ha llamado “tipejo”. Según la Real Academia, se denomina así a una “persona ridícula físicamente y despreciable moralmente”.
 

No ha dado en el clavo a la hora de elegir la despectiva calificación, lo que indica que eso solo puede decirse desde la ignorancia o la maledicencia pues, si bien RMV no goza de un físico atlético ni tiene vista de lince, las hemerotecas están ahí para dar fe que, en 55 años de vida pública, no se le conoce el más mínimo desvío. En cualquier caso, el comentario trasciende cualquier ideología.

El reparo de este ocurrente a la presencia de uno de los actores del tránsito a la democracia, tiene que ver con la invitación que le fue cursada, por la Asociación de ex Diputados y ex Senadores de las Cortes Generales, a un acto organizado en el Congreso, con motivo del cuadragésimo aniversario de las elecciones de 1977.

En el acto, junto a RMV, Alfonso Guerra, Juan José Laborda y Landelino Lavilla, destacados partícipes en la “falsa transición”, como el joven coordinador, del que no hay track record conocido, califica a la reforma democrática.

Esta nueva agresión me ha cogido en el extranjero y como los medios internacionales -tampoco los nacionales-, no se han hecho eco, me ha tocado escarbar.

Corcuera leyó  la carta que RMV dirigió a la jueza argentina, pidiendo ir a declarar, a pesar de que el gobierno español ha denegado la extradición, por la causa abierta en aquel país en relación con los sucesos de Vitoria

No había pasado una semana desde la embestida del coordinador al “hijo del ferroviario”, cuando la portavoz del grupo confederal UP-EC-EM en el Congreso de los Diputados, ha recriminado al Gobierno, durante la moción de censura, no aplicar la justicia universal en materia de derechos humanos: “Estamos protegiendo a perseguidos por la justicia internacional y les tenemos escondidos en los consejos de administración como al señor Martín Villa, (ministro preconstitucional)”.

Como las opiniones son libres y los hechos sagrados, hay que esclarecer que RMV fue ministro, durante cinco años, en gobiernos emanados de las urnas, primero del Interior con el gobierno de Adolfo Suárez y después de Administraciones Territoriales y vicepresidente del Gobierno en el gabinete de Leopoldo Calvo-Sotelo.

Martín Villa, en el acto de entrega del fajín de alcalde de Barcelona a Joaquín Viola (septiembre, de 1975)

Y no ha escurrido el bulto. José Luis Corcuera, que fuera ministro del Interior en el gobierno de Felipe González, en un gesto valiente e inédito, leyó en televisión la carta que RMV dirigió a la jueza argentina, pidiendo ir a declarar, a pesar de que el gobierno español ha denegado la extradición, por la causa abierta en aquel país en relación con los sucesos de Vitoria, sucedidos en 1976.

Tampoco está escondido en el Consejo de Administración de Sareb, como pretende la portavoz. Está en representación del FROB sin percibir un euro desde que tomó posesión de esa gabela. De su valiosa contribución, secuela de la experiencia en la andanza pública y la empresa privada, he sido testigo, junto al resto de administradores, durante los tres años en que hemos coincidido en ese Consejo.

Como el reconocimiento a su figura no es cosa de derechas o de izquierdas, RMV debería enviar a sus detractores una docena de esos huevos de dos yemas

En cada ocasión en que se ataca el tributo de RMV a la normalización democrática, los protagonistas de aquel tiempo no disimulan la rabia, porque es algo gratuito e injusto, como la decisión del Ayuntamiento de Barcelona, con ocasión de la arbitraria revocación de la Medalla de Oro de la Ciudad.

Y este sentimiento transversal de afecto e indignación se extiende desde sus conmilitones azules hasta quienes fueron testigos en el PCE (Santiago Carrillo o Simón Sánchez Montero, entre otros) de su empeño normalizador, pasando por sus contrincantes y amigos en el Partido Socialista. Claro que, a algunos novísimos, estos nombres les deben sonar a pequeños burgueses.

Como el reconocimiento a su figura no es cosa de derechas o de izquierdas, RMV debería enviar a sus detractores una docena de esos huevos de dos yemas, con una nota aclarando que es peligroso jugar con la memoria y el entendimiento. Es siempre preferible la concordia.

La generación de quienes, por edad, no fueron actores hace cuarenta años, no quiere heredar un revanchismo viejo que enfrenta rencores.

Artículo publicado el 18 de junio de 2017 en La Vanguardia.