Conocí a Fernando Gasalla Dapena en Deusto, en los años sesenta. Gracias a la confluencia en él de virtudes muy evidentes, pronto se erigió en caudillo del viejo Colegio Mayor. Híbrido de madrileño genuino y gallego funcional, Fernando Gasalla se ganó pronto los galones en el laborioso ring colegial al demostrar que era una de las pocas personas que, a esa edad, ya había entendido de qué iba la vida.

Nos llamó la atención su ímpetu aventurero e innovador, una mezcla de ingenio y vitalismo incansable que contribuyó a ir nucleando un grupo de amigos a su alrededor que han permanecido leales hasta hoy. Por su naturalidad innata y la forma en que transmitía energía positiva, era un tunante que nos hacía olvidar las preocupaciones. La impresión que transmitía era que sabía sacarle a la vida todo lo que ofrece.

Una muestra inicial de su carácter osado e indómito fue en el Aula Magna de la Universidad de Deusto donde se impartían las asignaturas de la Facultad de Derecho. Las clases eran obligatorias, los asientos estaban asignados y la puntualidad imprescindible. Trazas de colegio.

El catedrático de Historia del Derecho, Andrés Mañaricua, llevaba unos minutos explicando a los novatos el introito de su asignatura cuando de pronto se abrió la puerta y entró, tarde y desastrado, un alumno que suscitó la atención general y el temor a que fuera objeto de una reprensión por parte del catedrático. Este interrumpió su explicación y siguió con la vista el andar pausado del alumno que, como si no fuera la cosa con él, avanzaba lento e imperturbable, arrastrando los pies, en su camino hasta el asiento que tenía asignado en el aula. El profesor se quedó tan sorprendido que no fue capaz de decirle ni una palabra de reproche.

Esta actuación, que se hizo viral en el recinto universitario, hizo famoso al “Gasas”, su nombre de guerra. Había que tener la parsimonia y el temple del que siempre hizo gala para, en ese escenario y con semejante “hueso”, irrumpir en la clase sin inmutarse.

Por su naturalidad innata y la forma en que transmitía energía positiva, era un tunante que nos hacía olvidar las preocupaciones

Hijo de Manuel Gasalla, Inspector general de servicios del Ministerio de Hacienda -hombre duro y exigente- sabía contagiar ese entusiasmo por la vida, al grito de “¡ánimo y adelante!”. Un lema que cruzaba con su padre cuando las cosas se ponían duras.

Y lo hacía lanzándole guiños a la vida, de forma inteligente y divertida. No sabía lo que era la timidez a pesar de sus orígenes pontevedreses, lo que le proporcionaba un aire misterioso que remediaba con generosidad y un sentido del humor transgresor. Su osadía nos embaucaba hacia Pumanieska y Gazteleku, boîtes tentadoras, avanzadillas de un placer de media intensidad y recorrido limitado, consistente en bailar con púberes neskitas, en suspirados jueves de libranza.

Más tarde, ya en los comienzos de la Transición, volvimos a coincidir en el Palacio de la Trinidad. Allí tenía su sede de trabajo el equipo que inició la negociación para el acceso de España a la entonces Comunidad Europea, a las órdenes del ministro Leopoldo Calvo-Sotelo.

En aquella ocasión, Fernando Gasalla era el siempre temido Interventor del Estado, en este caso de un apéndice malquerido de Exteriores. Su mera existencia suponía una merma de las competencias plenipotenciarias del Palacio de Santa Cruz, que ese sí que era un palacio con pedigrí, al mando de Marcelino Oreja.

El interventor barbudo no tardó en ganarse el respeto y afecto de las –apenas- tres docenas de expatriados que, procedentes de distintos orígenes y ministerios, confluyeron en aquella mansión con apócrifa leyenda urbana, como correspondía a haber sido biosfera del Marqués de Larios y de José Solís Ruiz.

Era una persona accesible y sencilla, que siempre trataba de echar una mano al necesitado ocasional, en forma de adelanto con el que hacer frente a necesidades sobrevenidas. El mito de la accesibilidad se extendió y no era raro ver un cierto remolino delante de su despacho, integrado por aquellos con intención de conseguir una inyección. El interventor, que siempre daba soluciones y sacaba del apuro, lo hacía con buena cara. Como nota de confort, añadir que no hubo morosidad en el reembolso de los préstamos. Un interventor singular en un ministerio que ni siquiera tenía ese rango.

Una anécdota ilustra la personalidad del interventor gallego. Un cuadro medio de la Trinidad tenía que pasar una prueba de francés dentro de un examen para el curso sobre comunidades europeas del Embajador Ullastres en la Escuela Diplomática. La secretaria del curso perseguía sin éxito al examinando, quien no encontraba forma de escaquearse y finalmente se llegó a la fórmula de compromiso de mantener una charla por teléfono. Como era el último intento para franquear el fielato, Gasalla se ofreció a pasar en el lugar del titular el examen telefónico: “je m’apelle Charles L…”. Esto da idea de su audacia -su padre le había inculcado “la vida es para los osados”- y el compromiso solidario con la gente. Marchoso, atrevido, siempre con buen hacer y buena persona: estas fueron algunas de las huellas que dejó Fernando Gasalla en su paso por la Trinidad.

En este momento de desconsuelo, sus amigos lo recuerdan con una sonrisa, preparando el examen de Canónico, encaramado en lo alto de un armario o encelado en una “timba” de póker en el Colegio Mayor, relegando el Derecho Civil por las “escaleras de color”. Fue sufridor del Atlético de Madrid y del Estudiantes, jugador y entrenador de baloncesto y aplicado jugador de golf.

Falleció, tras una larga enfermedad, en Madrid el 24 de agosto, confortado por su leal compañera de siempre, Charo Montesinos y sus hijos: Fernando, Marta, Macarena y María, rendidos admiradores a su espíritu crítico, hasta el final junto al hombre que fue capaz de sobreponerse a las adversidades de la vida.

Artículo publicado el 28 de agosto de 2017 en El Mundo.