Relatos de guardias civiles que desquician a las defensas, con una reiteración: el odio y el miedo. Ante lo que cabe preguntarse ¿es violencia? Quizás, en el sentido que la considera el Código Penal, no. Pero ya se sabe que ahora quien tiene la última palabra es el VAR.

“Lo único que sufrí fue un daño moral. Nunca por hacer mi trabajo me habían escupido. No sé si me insultaron porque fui a cumplir una orden judicial o porque soy guardia civil. A mí me ha quedado cómo me miraban. No sé si era desprecio u odio. A día de hoy no entiendo por qué aquellas personas, que eran personas del pueblo, se habían comportado como delincuentes”.

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Esta semana los testigos han aportado detalles de su experiencia sobre el terreno (suave y fino, a carboncillo, que decía don Fadrique), jalonados con fricciones de los defensores, molestos erga omnes: Tribunal, Fiscalía, Abogacía del Estado y acusación particular. Y todo ello, entreverado con lo inverosímil, delatando complicidades imprescindibles de unos y otros.

“Entra al despacho, coge la pila de papeles que hay encima de la mesa de reuniones y tíralos al patio”.

El juez que preside el juicio a los encausados en el procés, Manuel Marchena, menos impasible, ha aprovechado para sacar a colación otra expresión creativa, esta vez animando a uno de los testigos a proseguir su declaración “encadenando pertinencias”. En ocasión anterior, había amonestado a un procesado, a propósito de su abuso de las “interjecciones coloquiales” (“hostia”, “jobar”, “collons”).

Y locuaz, ha contrariado la protesta de un letrado defensor, afirmando: “esa idea de que solo puedan testificar personas citadas en instrucción va incluso contra la exposición de motivos de Manuel Alonso Martínez (en referencia al preámbulo de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, que redactó el ministro de Gracia y Justicia)”.

Cabos primeros, subtenientes, brigadas, sargentos, agentes sin graduación, han desfilado por las Salesas, citando de memoria nombres, fechas, citas, correos electrónicos, domicilios, despachos, personajes misteriosos, lo que había en cada registro, así como las empresas de las que se sirvió la Generalitat para disimular el empleo de fondos públicos y el menudeo del engaño en aras del cumplimiento de sus objetivos.

“Si había que buscar la cuadratura del círculo -mirar cómo hacer para no desacatar los mandatos judiciales o del fiscal y al tiempo celebrar el referéndum ilegal- la buscarían”).

Con testimonios palpables, ha emergido la escatología del procés: gritos, amenazas, insultos (fascistas, hijos de puta, terroristas, fuerzas de ocupación…”) y nuevos figurantes, para cebar el odio: bomberos uniformados en primera línea de resistencia y grupos organizados de resistencia; completar el reparto: binomios y encapsulados o nutrir la ansiedad: letrados judiciales con pasamontañas, “traidor, te conocemos”.

“Daban golpes en el vehículo, tan grandes que llegaron a hacer daños graves en el vehículo, rompieron la ventanilla, el detenido no daba crédito de lo que estaba viviendo, era un capítulo de terror total y lo único que decía era ‘sáqueme de aquí, por favor, sáqueme de aquí’.

“Era un capítulo de terror total y lo único que decía era ‘sáqueme de aquí, por favor, sáqueme de aquí’.”

Declaraciones pegadas a la siempre incómoda realidad (desprecios, seguimientos, humillaciones, arañazos, escupitajos) que han contribuido a dibujar una situación de visible hostilidad y han supuesto, en la veintena de jornadas que llevamos de juicio, una de las mayores fricciones entre las defensas y el Tribunal.

“Delante de los vehículos habían tirado las vallas para impedir la salida del convoy, y la gente tenía la cara pegada en el cristal, movieron las chapas que tapan las zanjas para que los vehículos cayeran en ellas. El objetivo era claro. Vi en la cara de la gente, por primera vez en mi vida profesional, el reflejo del odio”.

Y detrás del odio, el miedo, esa mercancía tan eficaz, que no deja de ser un poderoso dividendo y esto lo saben muy bien quienes comercian con ella.

“Un compañero le dio un pañuelo al letrado y él se tapó la cara. Tenía miedo. Era para tenerlo, porque la gente estaba bastante exaltada. No he vivido el conflicto vasco, gracias a Dios, pero compañeros míos de allí me han dicho que se asemejaba a los inicios del conflicto vasco, de la cara de odio de la gente”.

La narrativa, en fin, de cómo se van amontonando ingredientes que crean heridas y son caldo de cultivo de violencia de baja intensidad, por mucho que las defensas de quienes subvirtieron el orden constitucional, celebraron un referéndum ilegal y aprobaron la Declaración Unilateral de Independencia, intenten anular y están en su derecho, las actuaciones judiciales contra el intento de ruptura, aleguen defectos de forma.

Cuando uno asiste a un pormenor de verdades y mentiras (nadie hizo nada, nadie sabía nada, nadie declaró ninguna independencia) y un agente desvela que el primer representante del Estado en el territorio anduvo, no se sabe haciendo qué, en una nave industrial donde se apilaban diez millones de papeletas para el referéndum ilegal, se llega al clímax. Mientras el que luego fue presidente vicario se pavoneaba por el local, un cabo primero analizaba 3,800 correos del líder de una asociación secesionista, de los que quedaron 22 para la causa que se ventila en el Supremo.
Resulta una coincidencia que estas manifestaciones, en su mayoría de clase de tropa, hayan coincidido con las últimas andanzas del presidente vicario, cuya desobediencia al árbitro electoral le ha costado una denuncia ante la Fiscalía.

No hay nada peor que la impertinencia, usando para ello una dialéctica inflamada, que es lo que ha destacado la actuación de un activista ofuscado, que no ha tenido en cuenta a la mitad de la población a la que debía representar. No se trataba en este caso de un gesto aislado sino del continuum de una insistencia desafiante de la que ha hecho gala desde su aparición en escena como representante del Estado en Cataluña. No ha habido día en que nos haya privado de un comportamiento insolente, derrochando descaro o faltando al respeto. O las tres probidades a la vez. La impertinencia en suma.

Después de infantiles jugarretas, cambiando el color de los lazos (del amarillo al rojo Paternina), no le ha quedado otra que aceptar la retirada, con denuncia de la Fiscalía por desobediencia, sin allanarse a que fuesen los “Mossos” quienes lo hiciesen. Tarjeta roja.

Viajes a ninguna parte que solo buscan cronificar la tensión y, de paso, levantar una cortina de humo que oculta división entre las fuerzas secesionistas, ausencia de hoja de ruta e imposibilidad material de implementar la república prevista.

En el ecuador del juicio no cabe descartar nada. El Ministerio Público seguirá apuntalando pruebas y a las defensas les corresponde encadenar pertinencias, sin caer en incuria merced a una falsedad, “la sentencia está dictada”.

Yo prefiero, continuando a Benedetti: “”No te rindas, que la vida es eso, continuar el viaje”.

Publicado del 24-25 de Marzo de 2019 en La Nueva España, Faro de Vigo, Diario de Mallorca e Información de Alicante.