A Woody Allen le han recibido en San Sebastián con ese malhumor que se gastan ahora algunos grupos sociales imperiosos, que no cuentan con que este hombre humilde lleva toda la vida metido en la consulta de un psiquiatra y está curado de espanto.

De manera que como les molesta que el rodaje de la película pueda generar un “crecimiento turístico nocivo” en la ciudad, han convocado una concentración bulliciosa a orillas de la Concha con el siguiente reclamo: “San Sebastián no es un simple decorado de película y los donostiarras no somos ni figurantes ni turistas”.

A la convocatoria han acudido cerca de 60 personas portando banderas feministas, ikurriñas y carteles con leyendas contra el turismo, “Tu turismo, mi miseria”, y contra el cineasta neoyorquino, “Woody Allen, fuera”. Quizá no hayan calculado bien el esplendor que este film dará a Dominus Sebastianus. Al tiempo.

Los participantes, al tiempo que se quejan de las facilidades que le han dado a Allen y a The Mediapro Studio, la productora, para el rodaje de la película, basan su acusación en que “los poderes públicos llevan a Donostia a un proceso de turistificación rápido y feroz, ya que la creación de una marca-ciudad y la consiguiente mercantilización de la cultura atienden a intereses comerciales particulares”.

No obstante la carga ideológica que conlleva el lamento, lo cierto que se están originando excesos en el fenómeno turístico que ahogarán muchas ciudades si no se regulan pronto y de la forma más adecuada.

En su protesta contra el cineasta, también le imputan violencia machista, cuando claman:“Es un agresor acusado de abusos sexuales”. Esta contundencia acusatoria se esgrime sin que hasta la fecha se haya abierto un proceso judicial ni haya habido una sentencia contra él. Pero erre que erre, de acuerdo con “numerosas organizaciones feministas a nivel internacional”, los convocantes han considerado “fundamental detener cualquier tipo de relación institucional” con el genial director.

Esta contundencia acusatoria se esgrime sin que hasta la fecha se haya abierto un proceso judicial ni haya habido una sentencia contra él.

Y aparecen esos complejos, tan étnicos y difíciles de disimular: “Se afanan en desplegar la alfombra roja a cualquiera que persiga estos fines, aún y cuando puedan atentar contra las condiciones de vida de la mayoría de la población donostiarra, siendo en particular las mujeres, los migrantes y la juventud algunos de los colectivos más afectados”. Y coronan su facundia: “Mientras tanto, otras manifestaciones populares auto-organizadas de manera colaborativa por vecinos encuentran obstáculos para su desarrollo”.

Un dirigente donostiarra, próximo al mundo del cine, Borja Semper, apunta a otra realidad: “Viene un etarra de la cárcel y le reciben con honores, pasacalles y comidas, pero viene un director de cine que pone a la ciudad en el mapa y trae dinero, y que no ha cometido ningún delito, y pretenden expulsarlo de la ciudad”.

A los bulliciosos esto les sale por una friolera pues la “exitosa” trayectoria cinematográfica de una persona “no nos va a fascinar hasta cegarnos”. Es decir, exigen la supresión de “toda iniciativa encaminada a incrementar la afluencia turística” en San Sebastián, y reclaman que se elimine el presupuesto público destinado a la promoción turística. Les tiene sin cuidado todo lo que deja el rodaje en la ciudad, con cientos de personas implicadas en la producción de la película: comercios de ropa, hostelería, extras…

Su vida se agrió desde el momento en que fue acusado por su propia hija, Dylan Farrow (con el socorro de la bella Mia), de haber abusado sexualmente de ella cuando tan solo tenía siete años. Y esta acusación, de la que no hay “evidencia creíble”, le sigue persiguiendo allá donde vaya. De poco le ha valido su descarga de humor: “No estoy por encima del reproche; en todo caso, estoy por debajo de los reproches”.

“No estoy por encima del reproche; en todo caso, estoy por debajo de los reproches”.

A quienes, en medio de los apuros, se consideran seguidores del allenismo les sigue seduciendo la sátira del jefe de filas consigo mismo: “la última vez que estuve dentro de una mujer fue visitando la Estatua de la libertad”

Las formaciones sociales que han preparado manifestaciones y protestas para que el cineasta deje cuanto antes la ciudad (Donostiako Bilgune Feminista; Ernai -juventudes de la izquierda abertzale-; Groseko Asanblada Feminista, etc.) consideran que, con su visita, “se desprecia todo el trabajo que realiza el movimiento feminista de Donostia en torno a los abusadores”.

Enclenque, tímido, encorvado, Allen, con 83 años, está rodando en Donosti la película número 51 de su carrera, una comedia romántica, que trata sobre una pareja americana cuya vida cambia durante una visita al Festival de Cine de San Sebastián, donde ella mantiene una aventura con un director de cine francés y el marido se enamora de una española residente en la ciudad.

Nacido en Nueva York (Brooklyn) en una familia judía “burguesa, bien alimentada, bien vestida e instalada en una cómoda casa”, fue educado en “una escuela para maestros con trastornos emocionales, donde yo sólo quería ser ese chico con gafas que nunca consigue a la chica, pero que es divertido y cae bien a todo el mundo”. Despuntó como creador e intérprete de “Annie Hall”, “Todo lo que nuestros padres dijeron que era bueno es malo. El sol, la leche, la carne roja, la universidad…” . Oscar al mejor director en 1977, no acudió a la ceremonia y alegó que se había olvidado.

No tardó en recurrir a los servicios del psiquiatra, a raíz de que uno de sus profesores le dijera: “No eres material de Universidad. Creo que tendrías que recibir ayuda psiquiátrica, porque me parece que no tendrás mucha suerte para encontrar trabajo”. Pronóstico errado, pues no tardó en manifestar su valía con el rodaje -en blanco y negro- de la película que lo consagraría como director, “Manhattan”, un clásico de la historia del cine.

A quienes, en medio de los apuros, se consideran seguidores del allenismo (tímidos, aprensivos, recelosos, hipocondríacos, apóstoles del retruécano y la ironía) les sigue seduciendo la sátira del jefe de filas consigo mismo: “la última vez que estuve dentro de una mujer fue visitando la Estatua de la libertad”.

Referente de toda una generación, ha dejado en la Bella Easo una declaración existencial: “No he pensado en jubilarme, nunca. Mi filosofía siempre ha sido que no importa lo que ocurra en la vida. Solo me centro en trabajar. Probablemente me moriré en medio del montaje de una secuencia”.

Artículo publicado el 27 de julio de 2019 en La Nueva España y entre los días 28 y 31, en Levante, La Provincia de Las Palmas, Faro de Vigo, Informacion de Alicante y Diario de Mallorca.