(A tu vera / A tu vera, siempre a la verita tuya / Siempre a la verita tuya / Hasta que de pena me muera…)

Título con el que Salvador Mallo-Banderas-Almodóvar se embarca en un nuevo proyecto con el que decide retomar su carrera cinematográfica.

El cineasta de Calzada de Calatrava, quizás el director español más importante de la historia de nuestro cine se encara con su pasado, sitiado por una madeja de intensidades, enigmas y amarguras.

La película nace con el mareo que le provoca el descubrimiento de su sexualidad y la espléndida escena en el río, con su madre y las vecinas haciendo la colada y tendiendo las sábanas al sol. Y el niño, Salvador, jugando con los peces jaboneros, sin despegarse de las faldas de su madre, bellísima y ardiente Penélope Cruz en zapatillas, mientras canta, a dúo con Rosalía, A tu vera.

A partir de ahí, Antonio Banderas da vida a un director de cine, Salvador Mallo, un realizador sin nada que contar, arratonado por los males de la espalda y las neuralgias, con tinnitus (pérdida de audición) y fotofobia, traumatizado por fantasmas del pasado que, al final de su vida, decide hacer un repaso de sus primeros éxitos, los que le transbordaron de la movida madrileña al éxito internacional en los grandes festivales.

Pedro Almodóvar descarga su vida, su pasado y sus obsesiones, en un ejercicio de desnudez. Pero esto necesita una explicación y el director español más importante de las últimas décadas lo cuenta así: “«Yo he estado en todos los caminos donde está el protagonista, pero no los he recorrido hasta el final. Unos los he hecho de otro modo, otros casi de manera similar…».

La narrativa discurre entre el luminoso recuerdo de su niñez, “algo de lo que decidí olvidarme cuando salí del pueblo», y el presente atestado de dolores, apenas atenuados por un cerro de medicinas.

En un ejercicio de sinceridad con los lectores, es menester decir que, con la filmografía del manchego (en esta no hay una monja con sida), uno no se ha sentido tan a gusto como con un viejo jersey cómodo. Y eso es así porque los espacios que han acogido sus guiones no son acogedores para quienes no han accedido a un universo como el que recrea.

Esta película es, posiblemente, su mejor filme desde Volver, el más personal de todos sus títulos, con un universo personal y reconocible, que contiene los elementos que han convertido al manchego en la estrella de la industria del cine español (de los 9,6 del presupuesto de la producción la película ha recibido del Estado un millón).

A veces, con sus escatologías consigue sacar de sus casillas hasta al espectador más templado. Pero cuando termina la película, uno se queda leyendo los créditos por si se le ha escapado algo y al bajar una escalera, balizada pero aventurada, hacia la puerta de salida, vuelven una y otra vez a las imágenes alegres del principio.

Ese piso burgués del Paseo de Rosales, atestado de cuadros, es “la casa de alguien maduro que va incorporando objetos a su vida, donde se desayuna, se toman pastillas, se escribe, se duerme y se sale al descansillo a despedir a los amores del pasado”.

El aparente abandono de su universo es intencionado, por eso me ha llamado la atención ver sobre una mesa el libro de Eric Vuillard “El orden del día”, premio Goncourt 2017. Recordarán los lectores que hace algún tiempo aconsejé que se hicieran con esa obra.

Hay poco margen para la improvisación, de manera que el producto alcanza una excelencia difícil de superar, convirtiendo la película en más austera y contenida. El artificio almodovariano funciona así a la perfección pues, buen decorador, domina la luz y los encuadres y la realidad aparece estilizada.

Ausente en sus primeras obras, la figura materna ha ido haciéndose cada vez más explícita hasta hacerse fundamental en el cine de Almodóvar. En ese viaje por su memoria, todo termina por volcarse en ella: «Yo con mi madre nunca hablé de mi sexualidad. No sé si no me atreví o no vi la necesidad, pero nunca lo hablé”. Eso no es óbice para volver y volver al retrato permanente de su madre, Paquita Caballero, más presente que nunca; “No has sido un buen hijo” le dice su madre al director en horas bajas; que le explica cómo quiere su mortaja y le detalla, con gracia, la descripción de una muerte anticipada.

En la Paterna años 60, donde emigró con sus padres en busca de prosperidad, hay detalles de la infancia de Almodóvar, como los cromos de estrellas de Hollywood que venían con el chocolate, que coleccionaba. La casa-cueva (vestigio de la época musulmana) que sirve para la contextualización social de su familia y el lugar donde comienza su despertar vital. Con una madre embargada por la ansiedad y un padre inexistente, recrea un mundo donde el agua se acarreaba en baldes, se cosía en una máquina Singer y se zurcían calcetines con un huevo.

En ese trasteo con la complejidad emocional, Almodóvar se pregunta -en voz alta- cómo es posible salir de una crisis como esta, en la que se mezclan un manojo de sentimientos, presentes a lo largo de toda la película: el fracaso, el dolor, el tormento, la angustia…en definitiva, el calvario existencial, apagado con el caballo que aun cocea.

Esta película, más equilibrada que otras del mundo Almodóvar, revela que fue guionista antes que director y quizás fuera más feliz como escritor que como realizador. Eso lo sabe él mejor que nadie. Lo cierto es que es un buen cronista de una realidad muy suya.

Con estos retazos, ha construido el relato personal e intransferible de un director de cine, como protagonista de una película en la que, de nuevo, vuelve sobre traumas infantiles. El resultado es que en ella hay mucho dolor y poca gloria. Banderas no sonríe más que muy levemente, en dos ocasiones. Quizás se pueda explicar porque el dolor físico cuando se aparea con el moral, produce efectos ruinosos.

Hasta que encuentra en la escritura la terapia, como respuesta a su ocaso existencial, por el vacío que siente ante la imposibilidad de seguir rodando.

Artículo publicado el 8 de abril de 2016 en Diario Abierto.