Poco a poco nos vamos aproximando a lo que, con sarcasmo bonaerense, contaba Ricardo Darín: “Mi padre decía que si alguien te caga, hay que agradecerle que lo haga pronto; así no pierdes años creyendo que es un amigo”.

Algo así habría pasado entre Donald Trump y su anterior secretario de Estado, Rex Tillerson, el equivalente a nuestro ministro de Asuntos Exteriores, al que echó de la Casa Blanca poco después de emplearle.

Antes de aterrizar en el manicomio, Tillerson era el consejero delegado de Exxon Mobil Corporation, la mayor compañía privada, petrolera y gasista del mundo. Ahora, tras haber sido despedido, se ha despachado en la televisión: “Era bastante indisciplinado, no le gustaba leer los informes y funcionaba por instintos y no en función de los hechos”. Y algo más grave: “Trataba reiteradamente de hacer cosas que violaban la ley”.

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Y como su exjefe no se anda con chiquitas, no se ha molestado en replicarle, así que le ha devuelto el desprecio, con un cáustico tuit: “Es más tonto que un zapato, un vago del demonio, no tenía la ­capacidad mental necesaria, y lo que siento es no haberle echado antes”.

Trump, un empresario metido a político y acostumbrado a salirse con la suya, lleva mal que le lleven la contraria y quiere tener cerca gente que no le discuta y mantenga en secreto lo que ocurre de puertas adentro. Pero eso ya se sabía desde el principio.

Trump, un empresario metido a político y acostumbrado a salirse con la suya, lleva mal que le lleven la contraria

El siguiente en la puerta de salida: su jefe de gabinete, el general John Kelly, que había venido a poner orden en una Casa Blanca muy disfuncional y del que dice Trump, con cinismo: “Se marcha, no sé si puedo decir que se retira”.

No había ayudado, precisamente, a la entente entre ambos lo que Bob Woodward, el periodista que investigó el Watergate, ha escrito en su libro Miedo. Nada menos que Kelly consideraba al presidente “un idiota al frente de una administración de locos”.

En los 20 meses de presidencia Trump, una treintena de cargos han dimitido o han sido despedidos. No está mal, pero lo que más me ha interesado de este cruce de desprecios en alta voz es la sinceridad, a la que no estamos acostumbrados, con la que se han tirado los trastos a la cabeza.

El público, ayuno de verdades, asiste con una mezcla de sorpresa y espanto a la apoteosis del acontecimiento y no se percata del backstage que rodea el coliseo político.

Es decir, desconoce que Trump, que había presentado a la opinión pública a su número dos como un “líder mundial”, no conocía a Tillerson, al que nunca había visto.

Por mucho que el escogido hubiera viajado por el mundo negociando acuerdos comerciales, no dejaba de ser un incompetente o, lo que es peor, un ingenuo carente de experiencia previa en tareas de gobierno.

Y su jefe, un hipócrita que exige lealtad pero no la da, un simple al que no le gusta adentrarse en los detalles y un farsante, que tras haberle criticado por haber negociado con Corea del Norte (“una pérdida de tiempo”), se aprovechó más tarde y cortó el cupón.

A Tillerson, que le había llamado idiota –¡otro!–, lo puso de patitas en la calle, menos de 24 horas después de que apoyase a Theresa May, cuando esta urgió a los rusos a dar una respuesta inmediata tras el envenenamiento en territorio británico de un exespía ruso y su hija con gas nervioso. La realidad del cese podría haber sido la búsqueda de protección a los inductores. Un enigma más.

El ejecutivo petrolero era incapaz de hacer su trabajo pues discrepaban en (casi) todo. De ahí, quizá, la acusación de “vago redomado”. La fusión del agua y el aceite resultaba imposible. Una anomalía funcional.

Lo que también plantea la cuestión de la idoneidad. A un alto ejecutivo sin experiencia diplomática no había que haberle ofrecido esa posición. Aceptó el envite sin hacer los deberes de su propia due diligence, lo que le hubiese ayudado a desvelar la incompetencia del hombre que le estaba ofreciendo el puesto.

El ejecutivo petrolero era incapaz de hacer su trabajo pues discrepaban en (casi) todo. De ahí, quizá, la acusación de “vago redomado”.

Tras el cese abrupto, a golpe de tuit, a las 4.37 de la mañana, cuando el dirigente más poderoso del mundo anunció al orbe que prescindía de alguien que se encontraba a 8.000 millas de distancia, Tillerson se refugió en un riguroso aislamiento sólo roto por un discurso en la graduación del Virginia Military Institute. Allí se despachó a gusto, aunque no mentó la bicha: “Si nuestros líderes ocultan la verdad o la gente acepta realidades alternativas, los ciudadanos están en el camino de renunciar a la libertad”.

Esta reflexión sobre mentira y libertad da que pensar, pues cuando el embuste hace nido, se va ­agotando el crédito y este acaba desvaneciéndose en las urnas. Lo mismo ocurre cuando los gobernantes condimentan sus propias encuestas diciendo que son los más queridos y se lo acaban creyendo.

En los catorce meses que sobrevivió en el reino de un hombre incapaz de controlar sus impulsos, Tillerson no acabó de encontrar su sitio y terminó viviendo en la cornisa, al borde del despido.

A Bernardo Bertolucci le gustaba decir: “Hay que dejarse penetrar por la emoción”, pero a los que corren despepitados a la cara del poder les pierden la vanidad y el ansia de figurar. Y así resulta imposible que penetre la emoción.

Artículo publicado el 10 de diciembre de 2018 en La Vanguardia.