Europa es aquel lugar del mundo cuyo sistema político de pensamiento se construye esencialmente sobre la libertad de credo, la diversidad política y la integración de cuantos habitan y conviven en ella pacíficamente. Tenemos derecho a reconocernos en nuestra propia casa, que es, al fin y al cabo, el derecho a vivir en paz. La sensación creciente, sin embargo, es que el europeo no se encuentra en su propia casa, al enfrentarnos a fuerzas peligrosamente imprevisibles, que atacan no solamente nuestra inocencia sino la forma en la que vivimos y pensamos.

Se trata, como en el caso de Barcelona, de ataques afilados contra nuestra identidad y contra la sencillez de lo cotidiano. Los actos cotidianos, junto a los ricos anecdotarios, constituyen la esencia del continente. Con ello, consiguen que Europa no parezca Europa, y que los europeos no parezcan europeos, en referencia al concepto propio de la Europa del siglo XXI, en la que habitantes –y visitantes–, deberían tener derecho a pasear tranquilamente por las calles de Barcelona.

Los españoles llevan una década sin poder realmente saborear este elixir. Primero fue la irrupción de la crisis económica que frenó en seco un ciclo largo de prosperidad. Llegaron los recortes y los ajustes y se apagó la música de una fiesta prolongada. Y desde hace un lustro, a medida que la situación económica fue mejorando, la tensión territorial ocupó el terreno de una discusión áspera que llevó a una parte de la población de Cataluña a reclamar la separación del resto de España. En esto estamos y cuando faltan pocas semanas para que se dilucide el final, momentáneo, de esta disputa, el terrorismo ha hecho su desalmada presencia, justamente en el corazón de la capital catalana.

Estos salvajes sucesos han quebrado la paz del verano español, han intranquilizado, aún más si cabe, el ánimo de quienes se ven sepultados por un torrente de informaciones, opiniones, declaraciones, desmentidos… que contribuyen a enrarecer la vida cotidiana de quienes ya tienen suficientes problemas a los que hacer frente, como para añadir otros, que son ajenos pero se convierten en propios por mor del bombardeo al que nos someten los emisores de la información.

Esta es la esencia de la quiebra de vivir en paz, la inyección de elementos ajenos pero que resultan inseparables de nuestra vida. El terror de diseño que consiste en enseñorearse de un paseo de Barcelona y arrollar con una furgoneta y de forma indiscriminada a cuantos se encuentran en ese momento allí.

La falta de empatía entre la Generalitat y el gobierno central se ha vuelto a poner de manifiesto y es tan evidente que todo intento por disimularlo es vano

Si a eso se añade que un administrador público distingue a unas víctimas de otras, para dejar claro su credo nacionalista, si los responsables de restablecer el orden se expresan de forma excluyente con el objetivo de que la gran mayoría de la población no entienda qué es lo que ha ocurrido y dejando claro que lo que más les importa es su propia clientela, si las cosas se suceden así, está claro cuál es el germen del desasosiego y de la quiebra de la paz en la ciudadanía.

La falta de empatía entre la Generalitat y el gobierno central se ha vuelto a poner de manifiesto y es tan evidente que todo intento por disimularlo es vano. Entre ellos hay una guerra psicológica que desconcierta a los ciudadanos. Al jefe del gobierno catalán le ha faltado tiempo, en medio de la convulsión de los atentados, para enardecer a sus seguidores con la consigna de que la independencia sigue siendo lo primero.

El hecho de adoptar las medidas de seguridad adecuadas no atiende únicamente a la protección de la ciudadanía, es también tomarnos en serio como sociedad

En la otra orilla, el presidente del gobierno español se ha vuelto, con prisas, a Madrid, cuando tenía servida en bandeja la posibilidad de marcar jerarquía, con todas las consecuencias, en estas terribles circunstancias. Y eso pasa por visitar heridos, dirigirse a los ciudadanos, hablar desde Barcelona con jefes de Estado, rendir homenaje a quienes se han comportado como héroes, visitar Tarragona y Cambrils, Ripoll y Alcanar. Hasta la extenuación. Los catalanes que aún mantienen su fidelidad a la causa común, lamentan los 30 años de ausencia que han desembocado en esta desafección y reclaman ahora no dejar pasar el momento para paliar un error continuado.

El hecho de adoptar las medidas de seguridad adecuadas no atiende únicamente a la protección de la ciudadanía, de su integridad en el sentido más amplio –que debe ser por cierto la mayor de las motivaciones–, es también tomarnos en serio como sociedad, es apreciar nuestros valores, y en definitiva protegernos frente a quienes pretenden nuestra disolución cultural, y la aniquilación de nuestra forma propia –autóctona– de ser y estar, que es vivir en paz. El derecho a vivir en paz es una aspiración elemental que se convierte en superior en rango.

Artículo publicado el 22 de agosto de 2017 en El Mundo.