Las relaciones entre los EE UU y Turquía se han ido desmoronando desde la crisis de Incirlick, episodio decisivo en el intento de putsch, aun no aclarado cuando la base aérea conjunta, habría servido de apoyo logístico, según el relato oficial, a quienes quisieron dar el golpe de gracia a Erdogan, neutralizándolo en el hotel de Marmaris donde estaba pasando las vacaciones con su familia.

A partir de las sospechas turcas sobre la implicación americana en el intento de desalojar al gran sultán, con el poderoso apoyo del gunelismo (seguidores del clérigo Fethullah Gülen, infiltrados en la administración, la enseñanza, la judicatura, el ejército y la policía) la confianza entre ambos países se ha ido resquebrajando hasta llegar al borde de la ruptura en que estamos.

La obsesión de Erdogan por cobrarse la piel del clérigo no ha sido satisfecha por los jueces americanos, que no han acusado recibo de evidencias bastantes sobre el juicio de intenciones reiterado por Ankara. Gülen sigue donde estaba, exiliado en Pensilvania y sus seguidores han sido objeto de una feroz purga, en muchos casos, basada en simples delaciones o sospechas.

Entretanto, Erdogan ha reforzado su presidencia asumiendo los poderes propios del consejo de ministros, limitando la independencia judicial, expulsando a los kurdos de Afrin, enclave en la frontera siria, coartando la libertad de prensa y, en definitiva, tomando en los libros de historia el relevo de Atatürk, desde posiciones radicalmente distintas, pues a la apuesta laicista del padre de la Turquía moderna, la de Erdogan es la del islamismo sin condescendencias.

Bajo administración Obama, el vicepresidente Joe Biden consintió la humillación de ser recibido en Ankara por el concejal del ayuntamiento de la ciudad, en una visita planteada para tranquilizar al gobierno turco, después del intento de golpe de estado. Y los anfitriones, como suele ocurrir en estos casos, tomaron buena nota de la genuflexión del visitante y siguieron provocando al aliado, con viaje a Moscú incluido, para estrechar las relaciones con Putin, programar un oleoducto gigantesco de gas y, de paso, contentar a los rusos con la compra de material militar.

Estas cosas no han pasado desapercibidas en el Pentágono ni en el Departamento de Estado que, desde entonces, andan a vueltas con la reformulación de la alianza económica y militar con un socio estratégico substancial, al que transfieren mucho dinero y del que no se acaban de fiar como para seguir almacenando armas nucleares en Incirlick, una vez que el Estado Islámico (Daesh) ya no representa la amenaza que suponía, antes de ser vencido en Siria e Irak.

También en el cuartel de la OTAN en Bruselas se ve con preocupación la deriva de las relaciones entre ambos países, habida cuenta de la aportación turca a la Alianza.

Estos prolegómenos de ruptura se han visto propulsados por un misil, en forma de tuit nocturno, procedente del insomnio del ocupante de la Casa Blanca que, subiendo los aranceles al acero y el aluminio, ha provocado una crisis de la lira (moneda local), y dado paso a una turbulencia financiera de campeonato, con latigazo de descarga en la banca española.

No han tardado las partes en culparse y Ankara ha respondido subiendo los aranceles a las exportaciones de ciertos productos americanos, pero la réplica de Erdogan al sopapo de Washington contenía mucha palabrería, con apelación patriótica para que el mundo de los negocios defienda la lira, y ninguna solución práctica, con el yerno del gran califa al frente del Banco Central, incapaz de contener la avalancha. Alud que, en el fondo, tiene una explicación muy sencilla: para el desarrollo de la Gran Turquía, el endeudamiento ha sido en dólares y hay que devolver los préstamos en dólares sobreevaluados por el desplome de la moneda turca.

Esto ocurre poco después de la última victoria electoral de Erdogan. Y la explicación admitida por las dos partes es que la ruptura de hostilidades se ha producido por la negativa de Ankara a liberar a un pastor protestante americano, detenido bajo acusaciones de terrorismo, espionaje y subversión, ropajes utilizados para ocultar la realidad: la implicación gunelista en el pustch de hace dos años.

Parece obvio que la resistencia turca a liberar al pastor tiene que ver con la negativa americana a extraditar al clérigo. Curioso baile de protagonistas con sotana. Entre clérigos anda el juego.

No ofrece buen aspecto la cara del enfermo y parece que esta pugna no puede sino empeorar. El país se queda, entretanto, en una situación indefinida y con potenciales opciones múltiples. Turquía (entre paréntesis).

Su ambición de convertirse en Estado miembro de la UE está más lejos que nunca, aunque siga conteniendo, bajo precio, la migración siria hacia la UE. Su papel en la Alianza Atlántica, en observación tras sus coqueteos con Putin. La economía, a mitad de camino entre el capitalismo manchesteriano y el intervencionismo más grosero. El laicismo, herencia de Atatürk, aún vivo en la milicia, navegando entre la apuesta islamista y la resistencia ilustrada en los ambientes sociales más occidentalizados.

Artículo publicado el 17 de agosto de 2018 en La Vanguardia.