A cuenta del inicio del proceso político contra Donald Trump, David Brooks, columnista de culto de The New York Times , ha escrito un artículo “Sí, Trump es culpable pero el impeachment es un error”, que viene a confirmar la importancia de los tiempos, cardinal en todos los órdenes de la vida, y decisiva en la vida política. Con su llamada al presidente de Ucrania, Trump podría haber cometido un delito. Curiosamente esa llamada se produjo solo un día después del testimonio de Mueller (fiscal especial encargado de investigar, durante casi dos años, la interferencia rusa en las elecciones del 2016), quien, en las siete horas que duró su alegato en la Cámara de Representantes, cerró la puerta al impeachment , si bien Trump no fue exonerado.

Esto no quiere decir que los demócratas acierten poniendo en marcha el juicio que es político y no legal, pues no existe la obligación de encausar. Este proceso, según el columnista, podría ser malo para América, acabar en agua de borrajas y, quizás, afianzar más a Trump.

En mitad de un año electoral, los demócratas asumen un riesgo con el inicio del proceso, que puede saldarse con un pequeño revés para el presidente y, al final, si el Senado –controlado por los republicanos– vota en contra de su destitución y le absuelve, puede resultar contraproducente. No hay que olvidar que para sacar a Trump de la Casa Blanca sería preciso que 20 senadores republicanos voten a favor.

Pero, además, parece ser que no es este el tema sobre el que quiere hablar el país. Los electores están inquiriendo a los candidatos sobre desigualdad económica, sistema de salud, deuda nacional y cambio climático.

La ventaja que ven los optimistas es que, sometido a un intenso escrutinio, el presidente de Estados Unidos podría reducir la intensidad de sus actos ilegales, incluida la solicitud de interferencia extranjera en las elecciones. Los pesimistas se inclinan a pensar que una posible remisión podría volver a Trump aún más audaz. Y los realistas entienden que es preferible centrarse en identificar y defender a un candidato alternativo, con políticas creíbles y estrategias de campaña eficaces para vencer en las urnas, a disparar salvas, que hacen el juego a la otra parte. Conviene no olvidar que en lo que va de siglo los estadounidenses han elegido una personalidad afroamericana y televisiva, y han dado el voto popular a una mujer.

Se impone mantener la cabeza fría y dejar que sea el otro quien cometa el mayor número de errores

La discusión no está en si el impeachment supone asumir, o no, un riesgo político. La evidencia es consistente y el abuso en que habría incurrido Trump muestra un indudable desprecio por la ley del presidente y sus compadres. Pero en los próximos meses, a los candidatos demócratas les resultará más difícil llamar la atención y es posible que los moderados queden aún más marginados. La conclusion de Brooks es que una elección puede salvar el país, la pelea política de la circunvalación, no. Cuando se traslada el estaribel a la política nacional, las prioridades son: sentencia del juicio del procés , elecciones generales y formación del Gobierno. Mientras se amontonan invitaciones a la desobediencia y evidencias, todavía en fase de prueba, de violencia (por actuaciones de comités de defensa de la república), aumenta la subasta, con soluciones por parte de unos y otros, para la aplicación de medidas (155, ley de seguridad nacional, moción de censura, estado de sitio), que devuelvan a la totalidad del territorio el imperio de la ley.

Es razonable que se intente dar respuesta a lo que, a la espera del levantamiento del secreto del sumario, es algo que se amplifica y viene a coincidir con dos apremios: la sentencia y la llamada a las urnas. Por otra parte, la urgencia de la sentencia viene impuesta por los dos años que los imputados llevan en prisión preventiva. Interferencias, todas ellas inconvenientes, en un momento en que la serenidad y la templanza son ingredientes indispensables para la estabilidad del país.

Seis hombres y una mujer (conservadores y progresistas), con trayectorias y credenciales bien fundadas, que representan el último peldaño del poder judicial en España, van a dictar, tras haber escuchado a las acusaciones, a las defensas y a los 500 testigos que han desfilado por el Supremo, y con arreglo a los hechos que consideren probados, la sentencia para concluir el juicio a doce imputados, por su intento de quebrar el orden constitucional y legal. Sin prestar atención a presiones de quienes azuzan el espantajo de la injusticia avant la lettre o de quienes exigen el indulto antes de que se conozca el fallo, anticipan el correctivo de Estrasburgo o amenazan con las penas del infierno en las calles del territorio. De poco va a servir volver a trasladar a la opinión pública europea una idea mendaz de nuestro sistema: no hay separación de poderes, la justicia española no es independiente, los magistrados son nombrados por políticos de su cuerda y, por consiguiente, las sentencias que emanan de esos magistrados no son ecuánimes.

Si alguien insiste en ponerlo en cuestión, que se lo pregunten al yerno del jefe del Estado, a los ministros que han ido entrando en los últimos años en la cárcel, al jefe de la patronal o al juez que acaba de ser condenado a seis años de cárcel y 18 de inhabilitación, por prevaricación, falsedad y cohecho, al manipular una instrucción penal para perjudicar a una diputada.

A renglón seguido, unas elecciones generales malqueridas por la casi totalidad de los partidos y los votantes, sin olvidar ninguno de los asuntos que inquietan a los ciudadanos (empleo, pensiones, tambores de recesión económica, sostenibilidad del Estado de bienestar…).

De la misma manera que en Estados Unidos no resulta oportuno poner en marcha el impeachment en medio de la campaña presidencial, aquí no resulta pertinente subastar remedios, con el anuncio de medidas que contribuyen a enardecer los ánimos que, sin necesidad de calentarlos, están ya lo suficientemente inflamados.

Casi siempre es más inteligente tejer la cuerda con la que tu contrario se va a ahorcar que utilizar la fuerza bruta.

Lo que no obsta para que, cuando se hayan apagado las voces y se abra paso la objetividad, probidad y solvencia que requiere este delicado asunto, y en la medida en que continúen las llamadas a la desobediencia, se retomen –con las lecciones aprendidas del pasado– las acciones tendentes a recuperar la ley.

En definitiva, en ninguno de los dos casos, los procesos en marcha se pueden distorsionar por el empeño de los más belicosos. Se imponen las circunvalaciones, mantener la cabeza fría y dejar que sea el otro quien cometa el mayor número de errores.

Casi siempre es más inteligente tejer la cuerda con la que tu contrario se va a ahorcar que utilizar la fuerza bruta.

Artículo publicado el 5 de octubre de 2019 en La Vanguardia.