Encuentro en Barcelona con Andrew H, amigo londinense, abogado de la City y seguidor del Chelsea. El motivo de su viaje es reunirse con un cliente multinacional que, en función de los resultados del 21D, se podría plantear el traslado de domicilio de su empresa a Madrid. Así que, como me temía, trae un carro cargado de preguntas.

Hemos quedado en la cafetería del Majestic, el hotel del Paseo de Gracia, en el que Antonio Machado, ya con una salud precaria, pasó sus últimos días en España, antes de cruzar a pie la frontera para exiliarse a Francia.

Aún no han sacado los croissants, cuando descarga la primera ráfaga con la impaciencia que acostumbra: “Aunque para la mayoría de los funcionarios de la Agencia Europea del Medicamento, Barcelona era la opción favorita ¿a quién se le pasó por la cabeza que tendría la posibilidad de hacerse con la sede, a la vista de las proporciones que tomaba el galope soberanista? Y como merodeo chusco y con sonrisa algo maliciosa, espetó: “¿cómo es posible que la alcaldesa no fuese una sola vez a Bruselas a hacer lobby por la candidatura de su ciudad?”.

La respuesta al fondo de la cuestión no admitía dudas: la agencia no podía “salir del brexit para meterse en el procés”. Pero, además, la mayonesa del prestigio se había empezado a cortar con el atentado yihadista de las Ramblas que, tras los episodios de Paris, Niza y Londres, dejó tal vez injustamente, la imagen de una ciudad vulnerable.

En una cena de políticos españoles en este hotel, se pactó, en 1996 una fidelidad estricta (tanto en Madrid como en Barcelona) a cuestiones sagradas, como los presupuestos y, entre otras letras firmadas a plazo, se acordó el traspaso de nuevas competencias en materia de policía de tráfico. De postre, la cabeza de Vidal-Quadras, exigida por Pujol para apoyar la investidura de Aznar. Desde entonces, aquí no se le ha cocido al PP el pan electoral.

Mi interlocutor quiere comprar una teba (chaqueta que Alfonso XIII usaba para cazar y que regaló, en una cacería, al Conde de Teba) en Bel, su tienda de ropa favorita. Se encuentra a escasos metros del hotel, trecho que aprovecha para inquirir sobre algo que le interesa esencialmente: los traslados de dos bancos y 3.000 empresas más. “Uno podría concluir que pocos empresarios catalanes habían mostrado, públicamente, tanta preocupación con la inminencia soberanista. De ahí que haya sorprendido tanto el éxodo, bastante más numeroso que el de empresas del Reino Unido tras el brexit”.

Y apuntilla: “También resulta incomprensible la indulgente reacción del gobierno catalán, renunciando a una actitud combativa, como si alcanzar la cima de la república fuese más urgente que detener la fuga de riqueza”. Le ratifico que, salvo muy escasas excepciones (Bonet, Bou Lara, Revuelta), no ha habido indicios de una reacción que pudiera anticipar la evasión, pero que aún es pronto para hacer balance de daños, porque la conmoción ha supuesto aplazar la medición de lo que ha sido algo más que un simple cambio de domicilio.

Para apreciar mejor la insoportable levedad Kunderiana, nada como evocar la frase de la cabeza de lista de uno de los partidos que podría ganar las elecciones: “Las empresas que se han marchado de Cataluña no representan el tejido productivo, forman parte de la casta, de los oligopolios del Estado”.  Y se ha quedado tan ancha.

Las encuestas arrojan pronósticos poco verosímiles. Le advierto de una elevada participación y de la existencia de voto oculto que puede distorsionar los sondeos, pero Andrew no entiende que un presidente destituido, coprotagonista de un golpe de estado, que se ha enfrentado a los jueces y exiliado en un país chollo para evitar la extradición, apañe desde allí una campaña electoral, con insultos a la UE y a España (adonde tal vez podría llegar en el maletero de un coche, para aparecer en un mitin, burlando la vigilancia policial), pueda obtener esa recompensa.

Andrew no entiende que un presidente destituido, que se ha enfrentado a los jueces y exiliado en un país chollo para evitar la extradición, apañe desde allí una campaña electoral

El abogado inglés, que no disimula su admiración y simpatía por lo catalán, no puede dar crédito a esa contradicción ¿Cómo es posible esa victoria, tras la corrupción del partido que le encumbró (3%, Palau…), la gestión económica del gobierno que encabezó (bono basura) y la fractura social, que poco hizo por evitar?.

Tiene que ver con que una minoría independentista ha venido usurpando la opinión general, hablando siempre del “pueblo catalán” y olvidando que, en las últimas elecciones autonómicas, más de la mitad de la población votó en contra de los partidos secesionistas. Lo demás, gobernar, poco parecía importar, porque los fines sacros zanjaban la discusión sobre los medios empleados y los efectos obtenidos.

Tras la retirada de la euro orden de detención, pésima noticia para él y sus abogados a pesar del disimulo, tendrá que construir su horizonte vital fuera del oasis flamenco. Parece que no le quedaría otra opción que presentarse y arriesgarse a ser detenido, e ingresar sin fielato (dados los antecedentes de fuga) en prisión provisional. Para sufrir después un dilatado proceso judicial, hasta la resolución firme. No cabe albergar muchas dudas respecto del futuro penal que le aguarda, aunque goce ahora del fogonazo de un buen resultado.

En el corazón del Eixample, sorteando a duras penas cientos de motos que han tomado al asalto las calles de Barcelona, con velocidades más propias de un circuito y, aterrados, hacemos un alto en el Colmado Quilez: “No entiendo que estos secesionistas, siendo ricos, quieren ser más ricos y de paso hacen saltar en añicos las corduras, cuando en Europa, los líderes políticos no quieren ni oír hablar de la independencia de Cataluña”.

Este tema ya ha desaparecido de la narrativa independentista. Ni siquiera la expulsión del paraíso europeo se ve ya como un mal bíblico. Lo que ha primado es la ruptura a ultranza, coûte que coûte, de la unidad dentro de Cataluña y con el resto de España. Y en su rebeldía, la élite política ha llevado el infortunio a su propia tierra, sacrificando la armonía social y el liderazgo económico.

De camino al Camp Nou, nos detenemos para visitar en la antigua fábrica Casaramona la exposición El arte mecánico. Los Rolling, Basquiat o Marylin, transformados por Warhol en mercancía cultural.

Banderas, gritos y gestos le llevan a afirmar que el veneno de la política se ha colado en el templo del Barça: “A nadie se le ocurriría llevar a Stamford Bridge (el campo del Chelsea) el debate entre los partidarios de la salida de la Unión Europea y los que quieren quedarse. No ha lugar en la Premier League plantear cuestiones políticas, por mucho que 400 jugadores pudieran verse afectados por el brexit”.

“A nadie se le ocurriría llevar a Stamford Bridge (el campo del Chelsea) el debate entre los partidarios de la salida de la Unión Europea y los que quieren quedarse”

Para el visitante mesetario, Ca l’Isidre, en el barrio del Raval, es un restaurante de culto a cuyo propietario, la Academia Catalana de Gastronomía ha galardonado con el premio nacional, por casi medio siglo de misericordiosa cocina, de la que han disfrutado Woody Allen y tantos otros.

A pesar de que el calor y la sequia han reducido drásticamente la producción de hongos, mi amigo no se rinde y quiere cenar los “rovellons” del Pirineo con butifarra y “popets  guisats amb patates”. Entre plato y plato, vuelve a la carga: “Seria impensable que la BBC, tan pública como TV3, fuese altavoz exclusivo de los postulados de Londres frente al secesionismo escocés”.

Entrados en el tiempo de la hierbaluisa, me suelta un gancho muy de la casa: “¿Pero aparte de jubilar al gobierno rebelde, la aplicación del 155 ha servido para algo?”. Para bien poco. La aplicación del 155, con más o menos justificación, ha polarizado la opinión pública y ha hecho irreconocibles posibles convergencias entre partidos. Así, es muy difícil no pagar un alto precio.

Una  gestión de la crisis, remisa y pávida, da como resultado que el crédito, si lo hubiera, de haber convocado elecciones, se lo llevan otros, como refrendan las encuestas que reservan al partido del gobierno el último puesto.

Cuando nos despedimos en las Ramblas, me pregunta cómo visualizo el futuro. Le advierto del riesgo que supone que la cuestión catalana se está cocinando en la olla nacional, en agua hirviendo, y una campaña electoral insólita, con cuatro protagonistas del proceso en la cárcel y otros cinco en Bélgica.

El vaticinio es incierto. Se juega el futuro de Cataluña y también el de España: no solamente por la configuración territorial que derivará del envite, sino porque el resultado resolverá cuestiones de carácter preferencial para el futuro del Estado, esto es, la aprobación de presupuestos y la posible convocatoria de elecciones anticipadas.

Este guiso no siempre queda al gusto de todos y pudiera ser de digestión pesada. Cabe esperar que resulte suave, con textura firme.

Artículo publicado el 18 de diciembre de 2017 en La Vanguardia.