Aunque no tuvo mucha relación con las ferias del ganado, puesto que era más del casino y las fiestas de la Peregrina, cuando preparaba en Pontevedra las oposiciones a Registros, ya conocía que los tratantes que iban a las ferias de ganado sabían con cuantas vacas partían, pero no con cuantas regresaban. La culpa era del chirivito, una variante del póquer que se juega con baraja española, que hizo fortuna en la posguerra y ahora vuelve a estar de actualidad ya que algunos jugadores lo encuentran más entretenido que el póquer clásico.

No hace falta jugar bien, hay que contar con más dinero que el resto de jugadores, tener suerte y rodearse de verdaderos “primos”. Pero los defensores del clásico sostienen que no es cuestión de fortuna, sino de constancia, psicología y estudio. Y avisan: quienes piensen que hay azar en el póquerer tienen serias opciones de salir trasquilados.

El caso es que vienen tiempos en que la uniformidad en la vida pública va a exigir como dress code poner cara de póquer. Y será así por múltiples razones, que van desde la cuestión catalana al ejercicio aparatoso de gobernar sin presupuestos; del gambeteo con las exigencias redentoras del populismo a la estabilidad sin arrugas del déficit; de la última de Trump a la primera de May… y todo a la vez.

Esta parece ser la consigna irrevocable que ha dado el jefe a su gente: “poner cara de póquer”. Con ello, se evita facilitar cualquier asomo de las bazas que se llevan en la cartera, sean buenas o malas. Se impone la cara neutral, inexpresiva e impenetrable, para evitar que el otro sepa lo que se trae entre manos. Y si hace falta, ponerse lentejuelos –que es como llaman las aduaneras cubanas a las gafas- para evitar que la mirada te delate, uno se los pone. Se trata de no expresar emoción alguna, ni de alegría ni de disgusto. O, por el contrario, se trata de expresar lo que en realidad no se siente, manteniendo la paciencia en momentos de máxima tensión.

Y si alguien tiene dudas sobre esta equipación, que observe con atención la de Mariano Rajoy y se hará una idea precisa, pues él representa el paradigma -en la vida política- de la expresión neutra y maestro en la ocultación de sentimientos. No hay que olvidar que mide los tiempos para pespuntear, antes de enseñar sus cartas y empezar a actuar. Y eso algunos lo confunden -de forma interesada o maliciosa- con desgana, quietismo, abulia, inacción, desidia… con el Marca.

Pero la verdad es que pone cara de póquer porque el buen jugador no reparte alegría cuando recibe buenas cartas (sonrisa de media ración de aprecio de Merkel, palmada mecánica de Obama en la espalda o llamada telefónica de Trump con trasportín de traductor) ni se pone mustio cuando son malas (insultos L y XL, tweets enojados, editoriales esquinados, farolillo rojo en catas demoscópicas y coces de encargo).

Los interlocutores principales de MR y sus próximos, en las biosferas interior y exterior, son apenas media docena, sin contar los de reparto:

Desde Donald Trump, con quien no tiene nada que ver -si bien el magnate le ha mostrado consideración al meterle en el primer paquete de llamadas telefónicas, reembolso de gratitud a la amable acogida del gobierno español, lejos del repudio ambiental-; a Theresa May, que pronto empezará a negociar el Brexit y colocará a Gibraltar en un brete, pues la colonia no puede continuar con el mismo estatus que tiene ahora y no tiene muchas más opciones que aceptar la cosoberanía española. Y pasando por Angela Merkel y Schäuble -su ministro de confianza-, de cuya condescendencia con los déficits estructurales de nuestra economía depende que nos sigan invitando a las cumbres europeas.

Poner cara de póquer es tal vez el mejor consejo que se le puede dar a quien le interese perpetuarse en política y tenga el don de la rigidez facial

En casa, Carles Puigdemont -con Mas a babor y Junqueras a estribor- tiene complicada la marcha atrás del referéndum y la DUI, si es que antes no se da de bruces con el 155.

En el caso de Albert Rivera, con el que disputa el mismo espacio sociológico, la cosa es más peliaguda, ya que la decisión de Ciudadanos de pasar de la socialdemocracia al liberalismo progresista y entrar -de una vez- en los gobiernos, les sitúan en mejores condiciones para competir con los Populares. Tendrá que andarse con mucho tino para que no se le caiga el quebradizo tenderete de apoyos que le permiten gobernar en Madrid y en unos pocos gobiernos regionales.

Y como estrambote, la apuesta ganadora en Vistalegre -más calle, menos moqueta-, que coloca a Pablo Iglesias en la pole de la oposición al PP, a la espera de la recomposición socialista, otra ecuación de la que depende buena parte de todo lo que hay que hacer para consolidar la frágil estabilidad.

Y es que, entre unos y otros, más de un dolor de cabeza parlamentario le puede costar a este gobierno al que quieren desmantelar las reformas de cuando tenía mayoría absoluta. Y por ahí sí que no, sobre todo la laboral. Así que tendrá que mantener la expresión impávida mientras oculta sus sentimientos y suavizar la rigidez muscular, porque hasta el más mínimo gesto delator puede inducirle a cometer un error grave.

Pero la contención del que aparenta indolencia tiene límites, como ocurrió cuando Pedro Sánchez le espetó en un debate en la Ciudad de la Imagen: “Usted no es una persona decente”. A MR le subió la dopamina y reaccionó con cuajo: «Hasta ahí hemos llegado».

Mariano Rajoy va dejando que el resto de jugadores abandonen la partida por desgaste o por ruina

Y eso que en la protesta no asomó el lenguaje corporal -elemento fundamental que el jugador debe conocer e interpretar a la perfección-, muestra inequívoca de que en ese preciso instante había dado por finalizada la aceptación del tiro al plato y muchos telespectadores cayeron en la cuenta de que al señor tranquilo también le puede hervir la sangre. No es algo habitual en él, pues sabe que con autocontrol gestiona mejor sus reservas de energía.

Poner cara de póquer es una habilidad supeditada al control de las emociones partiendo de la base que los acontecimientos no son buenos ni malos; simplemente, son. Este evangelio resulta básico para un hombre con escasa carga latina, al que no le embiste la torrentada judicial o televisiva y que siempre se sentirá más cómodo en el Berlaymont que dando un mitin en una plaza de toros.

¡Qué difícil ser MR! Tan frío, en medio de la fogosidad y vehemencia ambiental. Y es que va dejando que el resto de jugadores abandonen la partida por desgaste o por ruina, a veces incapaces de leer su pensamiento o intuir qué mano lleva.

Poner cara de póquer es tal vez el mejor consejo que se le puede dar a quien le interese perpetuarse en política y tenga el don de la rigidez facial. Como prueba de esta verdad, ahí esta la fecha de sus comienzos: 1981.

Mucho me temo que a alguno no le va a quedar más remedio que aprender, con sentidiñoo, las reglas del chirivito, sobre la marcha, en la misma mesa de juego.

Artículo publicado el 2 de marzo de 2017 en La Vanguardia.