Coincidiendo con el arranque del divorcio ya inapelable del Reino Unido, aparece en el trémulo escenario europeo un joven holandés, ministro de Hacienda de su país, pelo ensortijado y ocho consonantes en un apellido impronunciable, que ha metido la pata a base de bien y, de momento, se niega a sacarla.

En unas declaraciones al Frankfurter Allgemeine Zeitung ha dejado dicho: “El pacto dentro de la zona Euro se basa en la confianza. En la crisis del euro, los países del Norte han mostrado su solidaridad con los países en crisis. Como socialdemócrata considero la solidaridad extremadamente importante. Pero quien la exige también tiene obligaciones. No puedo gastarme todo mi dinero en licor y mujeres y a continuación pedir ayuda. Este principio se aplica a nivel personal, local, nacional e incluso a nivel europeo”.

El neerlandés preside el Eurogrupo, reunión informal que congrega, al menos una vez al mes, a 19 ministros de Economía y Finanzas de los Estados miembros de la UE, cuya moneda es el euro y a la que asisten también Draghi (presidente del Banco Central Europeo) y Katainen (Comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios).

Las declaraciones del presidente del Eurogrupo se alejan de principios generales y valores superiores que conforman el proyecto europeo

Hay que recordar que es reincidente. Cuando se estrenó como presidente del Eurogrupo (marzo de 2013), se despachó –entonces en el Financial Times– con que la solución adoptada en la crisis bancaria chipriota sería el modelo y eso suponía que los depositantes tendrían que absorber pérdidas. Un golpe al núcleo central de la estabilidad financiera, la confianza de los depositantes. Algo que ya fue muy polémico en Chipre (donde los depositantes eran fundamentalmente grandes inversores extranjeros, sobre todo de origen ruso) pero que en absoluto estaba acordado como regla general europea, ya que las normas estaban aun sujetas a discusión.

De hecho, el supuesto patrón chipriota no se ha vuelto a repetir. A partir de aquel sonoro traspié, se produjo un hundimiento inmediato de las bolsas, el estallido de las primas de riesgo de España e Italia, la retirada de depósitos y un revuelo global. En aquella ocasión, apagó el incendio con un desmentido fulminante.

Y es que a pesar de que mezcla la elocuencia –tiene un inglés muy apreciable- con la sagacidad, en ocasiones no se expresa acorde con el puesto que disfruta. Como en esta ocasión en que ha mezclado, con torpeza, conceptos tan dispares, como las ayudas financieras a países del sur de Europa (que las han pasado cardinas) con remedios aleatorios. Lo de siempre, el culo y las témporas ¿sabrá esta criatura de lo que habla cuando mezcla el euro, la social democracia, las reformas, los ajustes o los recortes, con “ardores y pasiones” que no vienen al caso?

Cuando los perplejos eurodiputados le han mostrado la puerta de salida, se ha sacudido el mandado, tartamudeando algo tan manido como que ha sido un malentendido. Asevera que el suyo es un estilo directo, calvinista, propio de la sinceridad de los oriundos de los Países Bajos y que aquellos que se han sentido aludidos no han sabido entender. La culpa, cómo no, al maestro armero.

Cabe pensar que le haya traicionado el inconsciente, la doctrina calvinista -en la que probablemente creció- según la cual el estado natural del hombre es el de depravación total y, por consiguiente, su inhabilidad integral para ganar o contribuir a su salvación. Es decir, en su imaginario, la depravación serian “las mujeres y el alcohol”.

De lo que no quiere darse cuenta es que justamente estas prácticas son las que contribuyen a engrosar las filas populistas

Hay que recordar que fue el único candidato que se postuló para suceder al frente del Eurogrupo a Juncker (a quien no se privó de criticar en televisión, insinuando que fumaba y bebía, incluso durante sesiones de trabajo) obteniendo el voto favorable de todos sus miembros, salvo España que votó en contra. No cabe descartar que alguna venganza anidase cuando, en posterior intento, Guindos aspiró al cetro de la jefatura del Eurogrupo y, tras pelear el objetivo, se enquistó el titular, quedando el aspirante a las puertas.

Tampoco hay que ignorar que su partido –el Partido del Trabajo, socialdemócrata- ha sufrido un descalabro en las recientes elecciones holandesas lo que haría improbable que siga siendo ministro de Hacienda en el gobierno de coalición que finalmente salga del sudoku post electoral.

Su inmediata reacción ha sido decir que no se va, que no ve motivo para ello. Y de lo que no quiere darse cuenta es que justamente estas prácticas son las que contribuyen a engrosar las filas populistas. En democracia, el error se salda con la dimisión, no vaya a ser que en nuestra convulsa Unión suponga lo mismo el acierto que la equivocación, como sucede en otras zonas del mundo.

Para completar el cuadro, siempre hay un andoba (en esta ocasión, independentista catalán) dispuesto a aliviar del bochorno al holandés, provocando su sonrisa cómplice: “Si usted quiere criticar a España no hace falta que hable de licor y mujeres, ahí tiene los trenes de alta velocidad sin viajeros que no van a ninguna parte, los aeropuertos y las autovías sin tráfico”.

Las declaraciones del presidente del Eurogrupo se alejan de principios generales y valores superiores que conforman el proyecto europeo, desafecto que exhibe indignamente en un tono jocoso, impropio de su cargo. Y al no retractarse, sus declaraciones dividen a la UE y recuerdan a los fornicadores del sur, como en el siglo XVI, que el dinero cuesta, vale y tiene precio. Calvino estaría orgulloso.

Artículo publicado el 23 de marzo de 2017 en Diario Abierto.