El final del verano deja tres protagonistas: Boris Johnson, Matteo Salvini y Donald Trump, ejemplares de la vida pública de ahora mismo y virtuosos de la cháchara que convierte el populismo ambiental en la razón de ser de la acción política y que tienen en común la locuacidad, el atrevimiento, el gusto por el disparate, la falta de complejos y una tendencia a la iracundia.

En esta ocasión, la inaudita suspensión del Parlamento británico durante un mes, la alianza de partidos antagónicos para frenar al díscolo ministro del Interior italiano y el insólito sosiego de Donald en el G-7 de Biarritz, son exponentes de una realidad mágica.

Aunque su huella ha dejado de ser local, gracias a la televisión y las redes sociales, las opiniones públicas de sus respectivos países asisten a las performances de estos artistas, horrorizadas o embelesadas, en virtud de expansiones bufonescas que no causan indiferencia sino todo lo contrario: espanto o excitación.

El ministro del Interior, que gasta actitudes y formas poco compasivas con el país al que representa, ha hecho de su negativa frontal a permitir el desembarco de inmigrantes en sus costas la seña de identidad de una política que aplauden a rabiar quienes rechazan la presencia de extraños en su territorio.

Aupado por encuestas favorables a sus postulados refractarios, se lanzó por la pendiente del adelanto electoral, sin contar con que le podían hacer la cobra y quedarse con el molde, como así ha ocurrido, aunque haya sido fruto de una alianza inverosímil: la de la izquierda de siempre con la derecha de ahora.

Salvini, que sacará muchos votos cuando haya elecciones, se ha convertido en una categoría política en sí mismo, en el hombre extremo, sin matices. Carente –del todo– de esa finezz a que siempre ha acompañado a los líderes de un país sofisticado. Dueño de una estética alejada del gusto transalpino (cadenas de oro en la playa…), modales rabisalseros de quien desprecia lo que no concuerda con su escaso equipaje cultural y, por si faltase algo, descuidado, no sólo con la forma de vestir sino también con la ley, algo reñido con la tradición de un país que ha sido cuna del derecho.

 

Este personaje se ha quedado compuesto y sin ser capo di governo, su aspiración última. Y el país así sale ganando a los ojos de amigos y aliados, aunque estos sean incapaces de ponerse de acuerdo en una política migratoria y todo lo demás.

En un verano inolvidable, prólogo de otros que vendrán, porque el éxodo no ha hecho más que empezar, el amparo de la Fiscalía italiana a los exasperados tripulantes de un barco con bandera española ha sido la última hazaña de Matteo, el canto del cisne de una extravagancia mantenida con pasión.

Boris Johnson se ha ido a ver a la reina eterna a pedirle que cierre el Parlamento y se ha salido con la suya. La soberana no tenía otra respuesta. El primer ministro lo ha hecho porque no quiere más reyertas en el viejo Parlamento de Westminster, entre quienes defienden la permanencia en la Unión Europea y los que prefieren el abandono. Otro país partido por la mitad.

Johnson, Salvini y Trump hacen del populismo la razón de ser de la acción política

Para quienes han seguido la trayectoria de Boris, nada resulta sorprendente. Desde Eaton, ha sido un histrión con arte, ya fuese como atrabiliario corresponsal de periódicos británicos en Bruselas, cantinflesco defensor ocasional del Brexit, subido en un autobús con los pantalones caídos o eludiendo a la policía que se presentaba en su domicilio ante los aullidos de su joven pareja.

Los últimos primeros ministros conservadores del Reino Unido, David Cameron y Theresa May, han terminado siendo una desgraciada experiencia para un gran país. El primero, también con origen Eaton, por su frivolidad congénita, al haber organizado un referéndum sobre cuestiones muy complejas que no caben en un simple si o un no.

Y la atribulada señora May, carente de reflejos e incapaz de seducir al apuesto francés, Barnier, negociador de la Unión Europea, ni a sus propios seguidores. Su falta de empatía le puede costar muy cara a Europa, si al final se impone la salida por las bravas y no pagan la parte de la factura que les corresponde.

 

Johnson alardea de una línea dura con fecha de caducidad. Y la pregunta que cabe hacerse es si las amenazas que apuntan a una ruptura llevarán a la UE a bajarse los pantalones, renunciando a la salvaguarda irlandesa (la integración aduanera para que no haya una frontera dura en el Ulster) ¿Y Escocia? Cuestiones de mayor cuantía a las que este simpático bufón no parece darles la trascendencia que tienen, aunque no hay duda de que se las da, aunque para ello disimule.

Los que aún aspiran a hacer descarrilar el Brexit (en Westminster, en los tribunales y en la calle) han puesto en marcha actuaciones dirigidas a ocupar puentes, carreteras y centros de comunicaciones, a fin de paralizar el país. No cabría entonces descartar que una moción de censura laborista pudiera dar con él en la lona, como le ha ocurrido, de momento, al bizarro Salvini.

Biarritz ha sido el escenario perfecto de algo inesperado, la contención de un hombre irrefrenable en su pendencia existencial. Donald Trump, con esos andares prostáticos y el aire permanentemente malhumorado, ha sucumbido a la templanza y no ha aprovechado su paso por el Hotel du Palais para declarar incendios que añadir a los que crepitan en China, Irán, Gaza et altri.

Emmanuel Macron, objeto de un visible desplome en las encuestas, tras haberlas pasado cardinas con los chalecos amarillos, ha hecho un despliegue gesticular que ha logrado cambiar el paso (y el juego) del impetuoso vaquero americano.

Hizo venir a Biarritz al ministro de Asuntos Exteriores de la República Islámica de Irán y templó la guerra comercial con Pekín, que no hacía más que extenderse, hasta llegar a la subida de aranceles a las exportaciones de vino francés, con destino al mercado norteamericano. Y eso sí que no.

Con una presencia alemana, espectadora y evanescente, sin haberse producido aun el relevo en las renovadas instituciones europeas, Macron tiró de oficio hasta el punto de apropiarse del protagonismo, aquietar al tuitero nocturno de la Casa Blanca y hurtar a los medios los resultados de la cumbre.

Cabe preguntarse si las amenazas de Johnson llevarán a la UE a bajarse los pantalones

El adelanto de elecciones demandado por Salvini, la petición de echar el cerrojo a los Comunes, por parte de Johnson y la placidez de Trump en el País Vasco francés son un bosquejo del final de un verano en el que, mientras ardía la Amazonia, otro bocazas afeaba al premier francés haberse casado con una mujer 24 años mayor que él.

Activos, fecundos, notorios, populistas, ajenos a la tentación de la salvación individual, bufones sin fronteras. Ahí está la clave: ¡el espectáculo!

Artículo publicado el 2 de septiembre de 2019 en La Vanguardia.