La peripecia de las espeleólogas extraviadas en una cueva de Cantabria trae al recuerdo aquella película británica, ‘The Descent’ (2005), en la que seis mujeres luchaban para sobrevivir en una cueva de los Apalaches.

La claustrofóbica atmósfera del film y la intensidad de las situaciones que depara la cueva, alimenta una corriente de cercanía con las tres espeleólogas, desorientadas durante su recorrido por la cueva de Cueto-Coventosa y finalmente rescatadas sanas y salvas.

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Por eso se entiende aún menos la reacción iracunda de una de las rescatadas, que ha protestado por la atención mediática que ha despertado el caso, calificándolo de “espectáculo de mierda”.

Según los testimonios más solventes, se trata de una cueva muy complicada, con 6,7 kilómetros de recorrido y casi 850 metros de desnivel, con galerías interiores que suman 35 kilómetros y por tanto adecuada para “deportistas especializados».

Este suceso, de paso, ha servido para reabrir la discusión pública sobre riesgos y costes de aventuras individuales que se saldan con gravosas facturas que terminan yendo a la cuenta del contribuyente, cuando el suceso no está asegurado.

Los conocedores de la práctica de este ejercicio de alto riesgo convienen en que se trata, casi siempre, por la preparación física y técnica tan elevada que exige, de un deporte de riesgo.

Se encontraban “más o menos a mitad del recorrido desorientadas y agotadas por no dormir” y, con buen criterio, se pararon a la espera de ser rescatadas. Según el jefe del operativo de emergencia, contaban con los medios técnicos adecuados para realizar esta ruta, caracterizada por su dureza y dificultad.

Esto no deja de ser relevante porque cada vez son más frecuentes los episodios de tentativas temerarias que tienen desenlaces graves que conmueven a la opinión pública.

En uso de su libertad individual, cada ciudadano -por su cuenta y riesgo- es libre de dedicar su ocio como mejor le parezca, emprendiendo la práctica de un deporte de riesgo, como escalar una montaña, trepar un acantilado, hacer rafting o torrentismo.

En ese proceso de elección de peligros potenciales no se debe entrar porque forma parte de la esfera privada de cada uno. Lo que si cabe señalar es que en deportes que entrañan peligro, hay que evitar aquello que pueda superar al protagonista, aunque él mismo crea que sí que está en condiciones de afrontarlo.

Según los expertos, el excursionista o montañero de nivel bajo o medio el que más problemas genera «El gran alpinista o montañero no suele generar urgencias. En las pequeñas, se las ingenian ellos solos para salir».

De las hazañas emprendidas por ciudadanos españoles nos enteramos por los medios y ese conocimiento oficial suele coincidir con la llamada al rescate de los que están en apuros. Las circunstancias de cada salvamento varían en función del lance de que se trate.

En última instancia, el trance se suele resolver con la intervención de medios públicos, ya sea Guardia Civil, Fuerzas Armadas, Ministerio de Asuntos Exteriores u otros agentes, en territorio nacional o en países lejanos, a sabiendas de que cuánto más lejanos los destinos, más abultada será la factura del rescate.

El Gobierno de Cantabria (comunidad autónoma donde hay 8.000 cuevas, 10 de ellas consideradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, 390 federados de espeleología y un total de 20 clubs) ha planteado cobrar, en torno a 1.800 euros la hora, por las salidas del helicóptero de rescate, utilizado habitualmente en zonas de montaña.

El equipo de salvamento y rescate está formado por 14 personas y emplea en cada salida de rescate a cinco: rescatador, médico, gruista, piloto y copiloto. Las de Coventosa salieron por su propio pie, sin ningún tipo de lesión o simple magulladura.

La ordenanza municipal de Protección de Espacios Públicos califica como «muy grave» la «provocación inadecuada y maliciosa de la movilización de los servicios de urgencia» y las multas que se prevén oscilan entre los 1.500 y 3.000 euros.

No deja de ser un buen remedio disuasorio para evitar que, con dinero de los contribuyentes, se «paguen caprichos» en forma de deportes extremos.

Aunque en esta ocasión el rescate no haya supuesto un gasto extra al gobierno regional, la factura a pagar debe correr a cargo de quien asume el riesgo, de su familia o del seguro contratado, al que está obligado cualquier deportista federado en alguna de las autonomías.

En ningún caso, debería correr por cuenta de quienes no han intervenido en el proceso de elegir el peligro que conlleva la aventura.

Esto puede sonar incorrecto e insolidario pero la realidad es que no puede ser más considerado con aquellos ciudadanos que no tienen el tiempo, los medios, la salud o las fuerzas suficientes para recrearse con deportes que entrañan experiencias y sensaciones inolvidables.

Como las que experimentaban las chicas de la película, a medida que se iban adentrando en las angosturas cavernarias de Carolina del Norte.

Artículo publicado el 21 de julio de 2019 en La Nueva España, el Faro de Vigo, Levante EMV y La Información.