Mi padre decidió, sin derecho a réplica, que el futuro pasaba porque yo estudiase en Bilbao, en la Universidad Comercial de Deusto, territorio jesuita. Las brevas de aquella factoría de hombres de provecho se las había profetizado un amigo militar, cuyo hijo había salido ileso de la prueba.

Claro que los dominios en los que Laureano, el hijo del militar, era un astro, la estadística y la investigación operativa, eran otro cantar para los de Letras y bastante teníamos con sobrevivir a la severidad de don Félix, el titular de Teneduría.

Procedente de Castilla la Vieja y cargando con la maleta de madera, me planté con 16 años en la estación de Abando. Y ese fue mi despertar a una realidad, bien distinta a la que había vivido hasta entonces.

Mitad de los 60, tiempo para los primeros amores, buenos amigos de pocas palabras, acuerdos respetados y el kit de aprendizaje para la vida. Años de plomo con el principio del terrorismo, preludio de un inmenso e interminable dolor.

No había llegado todavía el Guggenheim y la ría estaba sucia. La polarización entre ambas orillas, muy marcada, con el epítome de Neguri, alejado de los humos de la siderurgia, como núcleo central del capitalismo macizo que dominó medio siglo de la vida económica española.

Ya entonces se produjo un cambio de paradigma, similar a lo que está sucediendo en Cataluña. Los bancos -Bilbao y Vizcaya- y la compañía eléctrica Iberduero (a la que no quedó más remedio que desmantelar la central nuclear de Lemóniz, tras interminables años en que invirtió 6.000 millones de euros) trasladaron su realidad societaria a otras urbes, de donde no volvieron.

Probé en persona la medicina del miedo, durmiendo durante años con la protección de la Guardia Civil y recibiendo del Gabinete Telegráfico, en madrugadas sincopadas, el parte del último secuestro o asesinato.

Pais Vasco Luis Sanchez-Merlo

Llegó, mucho después, el final del terrorismo y todo parecía indicar que, después de tanto dolor y con las fisuras aún abiertas en una sociedad sedienta de normalidad, el País Vasco se iba a tomar un respiro. El rechazo al plan Ibarretxe parecía indicar que se había encontrado una vacuna duradera. Pero no ha sido así.

El nacionalismo no se sacia, simplemente se queda inerte a la espera de una mejor oportunidad. Y ahora ha llegado. Aunque la ecuanimidad exija reconocer que sus reivindicaciones son derechos reconocidos por las democracias y protegidos por la legalidad vigente.

No ha bastado la munificencia del gobierno de Madrid, concediendo un pródigo fardel, a cambio del apoyo a los presupuestos, en una negociación silenciosa y ventajosa de la ley del Cupo y del apoyo a la gobernación en Ajuria Enea. Claro que las concesiones hechas en virtud de transacciones entre gobiernos por intereses mutuos, no devengan deudas, ni siquiera agradecimiento.

Algo ha debido de maliciarse el estado mayor del partido que gobierna el País Vasco para sorprender, en plena rebelión de la mitad de los catalanes, con el aviso de un nuevo encontrón. Y sucede mientras quien sigue huido, dúctil a una insondable fantasía, pretende regir, desde otro Estado miembro de la Unión Europea, el territorio donde ha conseguido un millón de votos.

La irrupción de los viejos leones (alguno bien franqueada ya la edad de jubilación), con el pretexto de la actualización del Estatuto y la inclusión del derecho a decidir, parece querer anticiparse a otra realidad: que un partido, que está en contra del Concierto y el Cupo, sube sin resuello en las encuestas de intención de voto, sin que quepa descartar que terminase encabezando las preferencias de los votantes.

Antes de que tal cosa pudiera ocurrir, los soberanistas vascos tratarían de asegurarse un nuevo estatus en las relaciones entre Madrid y Vitoria, contando con el apoyo popular cuyo gobierno está todavía pendiente de sancionar los presupuestos. Otro peldaño más. Eso sí, “refrendado dentro del marco legal y adecuándose a los procedimientos establecidos en la Ley Fundamental”.

Este cambio del ancho de vías no se compadece con la imagen templada de quienes han mantenido que “alejarían a Euskadi de la crispación y enfrentamiento que viven los catalanes’, van a lo suyo y no se sienten especialmente solidarios con el resto.

¿Era la serenidad una maniobra de despiste? Porque la declaración de intenciones, que un vieux routier del Euzkadi Buru Batzar acaba de explicitar, no deja lugar a dudas, ya que plantea una nueva relación -singular y diferenciada- con mecanismos bilaterales para resolver los conflictos, eludiendo la posible intervención del Tribunal Constitucional español. Se repite miméticamente el rechazo de los secesionistas catalanes a someterse a esta jurisdicción, reconocida sin rodeos en los estados federales y denostada aquí por quienes la califican de politizada.

Los nacionalistas vascos no renuncian al derecho a decidir, lo presentan bajo el amparo de los derechos históricos

Los nacionalistas vascos no renuncian al derecho a decidir, lo presentan bajo el amparo de los derechos históricos y proponen que se conceda un valor normativo relevante y diferenciado a la voluntad expresada por los vascos. Lo que equivaldría a una independencia de hecho, pues no se cierra la puerta a que haya nuevas modificaciones en el futuro, en función de la voluntad “libre y democráticamente expresada” por los vascos.

Lo que no deja de ser el aperitivo de un menú más ancho y largo, que abarca los vínculos con Navarra y la participación en el Consejo y la Comisión Europea y en la gestión de fondos europeos. En definitiva, un Estado foral.

Hay que reconocer que los gerifaltes del nacionalismo vasco (jeltzales) siempre ha sido gente de palabra y, en este caso, se limitan a reivindicar, sin eufemismos, que “Euskal Herria es un pueblo con identidad propia”, asentado en siete territorios articulados en tres realidades institucionales diferentes.

Y es ésta otra coincidencia con los soberanistas catalanes, que no se paran en barras, pues, proclamada la república catalana, aguardan las Baleares, el País Valenciano y el Rosellón francés: los Països Catalans.

Universidad de Deusto País Vasco

Universidad de Deusto, Bilbao / Foto: Fernando Pascullo.

En su viaje a Córcega, Macron no lo ha podido decir más claro, al mostrarse dispuesto a incluir la singularidad de Córcega en la Constitución de una “Francia indisoluble” y a defender el francés como única lengua oficial.

En esto consiste precisamente la política. En viajar al lugar del conflicto, en el momento más incómodo pero oportuno, y formular un proyecto que todo el  mundo pueda comprender. No es previsible que planteamientos concisos y sencillos como estos generen excesiva contestación.

Acertó mi padre enviándome a hacer el servicio académico en un acantonamiento tan estricto como prestigioso, pero no pudo prever que las enseñanzas de los jesuitas de la meseta poco tenían que ver con las prácticas de algunos de sus colegas del Norte, que daban cuartel a los antecesores de quienes, ahora con buenas maneras, reclaman otro escalón, aunque no lleguen al 35% del censo.

A medida que trato de dar respuesta a la pregunta de por qué rugen ahora los leones, me ratifico en la convicción de que tratan de anticiparse al devenir, a ese riesgo anunciado de que un partido, que considera que el Concierto vasco rompe la unidad fiscal de España y de Europa, pueda alcanzar el poder.

Y es que antes la gente se conformaba con sacar una oposición. Ahora quieren ser presidentes de república.

Artículo publicado el 12 de febrero de 2018 en La Vanguardia.